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Nacido en Londres en 1926, John Berger murió el lunes 2 en París, a los 90 años y luego de construir una sólida obra literaria compuesta por ficción, ensayo y crítica de arte, a lo que sumó la poesía, teatro y guiones para cine. Berger fue pintor, fue amante del arte, fue comunista y también crítico del estalinismo.
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Su padre fue un converso al cristianismo, de quien el escritor decía que había heredado cierta facilidad para la pintura, así como una admiración por “la moral” de los soldados, a quienes respetaba pues “son conscientes de las consecuencias de lo que hacen”. Por otro lado, su madre fue clave en su desarrollo creativo porque, según reconoció, le permitió “ser muy libre”. A los 16 años, Berger se fue del St. Edward’s School de Oxford para dedicarse a estudiar arte. Ganó una beca para asistir al Central School of Art de Londres, pero pocos años después tuvo que enrolarse en el ejército británico, donde estuvo entre 1944 y 1946.
Al finalizar la guerra, comenzó estudios en el Chelsea School of Art, gracias a una beca otorgada por el ejército. Entre el 48 y el 55 dio clases de dibujo en la misma escuela en la que Henry Moore enseñaba escultura. Fue en esos años cuando se vinculó con el Partido Comunista británico y comenzó a editar artículos en el Tribune, bajo la supervisión de George Orwell. A los 30 años Berger decidió dejar de pintar para dedicarse a la escritura, interesado con expresar sus posiciones con relación a la Guerra Fría.
En 1951 comenzaron los diez años en los que colaboró con la revista New Stateman, en la que se desempeñaba como crítico de arte marxista, gran defensor del realismo. Rojo permanente, editado en 1960, es un libro que reúne sus artículos en esta revista.
Un pintor de nuestro tiempo fue su primera novela, aparecida en 1956. Aunque se narraba en primera persona, era una ficción que trataba sobre un refugiado húngaro exiliado en Londres. El libro causó malestar en los sectores anticomunistas, a tal punto que al mes de estar en el mercado, la editorial Secker & Worburg decidió retirarla de circulación. Apenas pudo, Berger se fue de Inglaterra y se estableció en Francia.
Con la novela G. ganó en 1972 el Premio Booker Prize y donó la mitad del dinero al movimiento afroamericano Panteras Negras. En ese año también dirigió el programa de televisión Modos de ver, en el que analizó cómo los modos de ver inciden en la forma de interpretar. Tomaba muchas ideas de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), icónico texto de Walter Benjamin.
La serie recibió premios y refrescó la teoría del arte. En ella, Berger escritor analiza cuatro características de la interpretación de la pintura al óleo: su origen relacionado con el sentido de la propiedad, el uso de la mujer como objeto pictórico, el vínculo entre la herencia visual de la pintura y la publicidad y, por último, la mutación del significado de la obra con relación a sus diversas reproducciones. El programa sirvió de base para el libro Modos de ver, una introducción a la crítica de arte para estudiantes.
Considerado como uno de los pensadores británicos más destacados del último medio siglo, su obra fue seguida por filósofos, poetas, pintores y músicos. Dos talentosas mujeres de la música y el cine lo admiraron y le rindieron tributo: Patti Smith y Tilda Swinton, quien con frecuencia lee públicamente sus textos favoritos de Berger.
En la década de 1980 fue publicando la trilogía De sus fatigas, que le llevó 15 años de escritura y que describe el pasaje de la vida rural a la urbana y las consecuencias para la vida y sensibilidad de las personas. Primero apareció Puerca tierra, luego Una vez en Europa y finalmente Lila y Flag.
Hace unos años, Berger fue objeto de un gran homenaje. El Centre d´Arts Santa Mónica de Barcelona en abril de 2009 y la Casa Encendida de Madrid en 2010, organizaron una exposición en su honor titulada From I to J. Un homenaje de Isabel Coixet a John Berger, con la colaboración de la arquitecta Benedetta Tagliabue y las actrices Penélope Cruz, Monica Bellucci, Isabelle Huppert, Maria Medeieros, Sarah Polley, Tilda Swinton y Leonor Watling.
Gran parte de su vida y obra la llevó adelante junto a una copiloto con quien compartía pasiones: su esposa Beverly Bancroft, editora de Penguin Books y primera lectora de sus textos, con quien además tuvo tres hijos: Jacob, director de cine, Katya, escritora y crítica de cine e Yves, artista plástico. Junto a este último, Berger publicó un pequeño volumen llamado Rondó para Beverly, un sentido homenaje a su esposa después de su desaparición física en 2013.
“Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O, para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia. Estaba escuchando una grabación del Rondó N° 2 para piano de Beethoven. Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti. Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura. Estamos escribiendo esta elegía para ti, y es algo parecido a una respuesta a ese rondó. Al mismo tiempo es un mensaje al lector sobre ti. Para ti y sobre ti. Y sobre los cuarenta años que vivimos juntos y trabajamos en las mismas cosas”.
El escritor se detiene en la descripción morosa y sensible que ha caracterizado su literatura. “Te gustaba cuidar las plantas porque era una manera de acariciar el futuro, de acomodarlo, de forma parecida a como me colocabas la bufanda junto a la puerta antes de salir al frío. Eras una apasionada del futuro, y no porque creyeras en utopías, sino porque esa pasión nos permite impugnar y, a veces, superar el presente. Atravesaste el presente como una corredora que llevara mensajes del pasado al futuro, y tenías cuerpo de corredora, de amazona y de patinadora”.
En torno a su 90 cumpleaños, en una entrevista que le hicieron en su casa en las afueras de París, Berger opinó sobre el trabajo creativo. En esos días había aparecido Confabulations, una obra en inglés que InterZona publicará este año en castellano. “Cuando escribo un libro imagino una obra en construcción, llena de constructores, personas a las que estoy leyendo, de mis amigos. Para cada libro, la obra es diferente. Yo no entiendo la ficción como categoría. Si uno quiere contar una historia, lo que se hace es escuchar a la gente. El contador de historias es ante todo uno que escucha. Y lo que busca son historias que cuentan los demás, normalmente sobre su vida o sobre la vida de sus amigos”.