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    Falcó, la nueva saga de Arturo Pérez-Reverte

    Con la serie de exitosas novelas que tienen como héroe al capitán Diego Alatriste, el prolífico escritor cartagenero Arturo Pérez-Reverte pintó el Madrid del siglo XVII, lleno de bandoleros y pícaros.

    Ahora, dos décadas después, aparece con otro guerrero solitario inventado. Este es tan solitario que, en lugar de un paje como tiene Alatriste, hay un jefe que cubre sus espaldas, pero que se queda en casa mientras su agente transita aventuras en las que siempre sobrevive jugándose el pellejo y el alma, al borde de todo.

    El nuevo personaje, presentado con una tapa tan poco original que fue usada al menos tres veces antes, se llama Lorenzo Falcó y da el nombre a la novela, ambientada en el comienzo de la guerra civil española (1936-1939).

     “Ya descansarás cuando estés muerto”, le lanza como estímulo para el peligroso trabajo su comandante, el Almirante, nacido en el pequeño pueblo gallego de Betanzos. El viejo marino, flaco, pequeño, con espeso pelo negro y un mostacho amarillento, está al frente del Servicio Nacional de Información y Operaciones, “núcleo duro” de la inteligencia del franquismo. Es un tipo con un ojo de cristal, que escucha a Carlos Gardel mientras lee y fuma en una pipa Dunhill que carga con parsimonia.

    Es que Lorenzo Falcó, a diferencia de la mayoría de los personajes de las novelas sobre la guerra civil, en lugar de estar en el bando republicano, sirve a los nacionales del general Francisco Franco.

    En ese “detalle” parece estar la mayor originalidad de este nuevo libro de Pérez- Reverte, porque para contarnos acerca de Falcó describe por dentro, y con muchos detalles bien investigados, el lado de los alzados durante el primer año de la guerra. Entonces sueñan con Madrid, pero saben que aún deben conformarse con Salamanca, ya que a diferencia de lo que dice la propaganda, el conflicto está destinado a ser largo, porque en él se enfrentaron “la mejor infantería del mundo contra la mejor infantería del mundo”.

    Igual que en las aventuras del capitán Alatriste, aparecen hechos y personajes verdaderos mezclados con otros nacidos de la imaginación del autor. En este caso, una de las estrellas latentes es José Antonio Primo de Rivera, el líder falangista, mascarón de proa del fascismo ibérico de los muchachos católicos de camisas azules con el yugo y las flechas bordados sobre el corazón.

    En el mismo lado, pero mirando de reojo a los falangistas, están los militares franquistas, los nazis alemanes y hasta los italianos. Cada uno con su estilo y características. Los de la Kriegsmarine, por ejemplo, son “de piñón fijo”, como la Guardia Civil.

    Igual que Bernhard Gunther, el detective alemán en tiempos de Hitler, creado por el escocés Philip Kerr, Falcó se mueve dentro del sistema, pero eso no significa para nada que comparta las ideas en boga. Descree de ambos bandos y al comenzar el alzamiento solo pregunta con cinismo: “¿estamos a favor o en contra?”.

    Eso hace más interesante a este galán recio y elegante, que fue expulsado de la Armada por inconducta y que recibió la primera formación con su “buena familia andaluza”, que vivía de exportar vinos a Inglaterra.

    El Almirante reclutó a Falcó en el puerto rumano de Constanza, en medio de una operación de contrabando de armas. La primera opción era liquidarlo.

    Con buen ojo profesional pensó que mejor que matarlo era contar con los servicios de este “lobo en la sombra”, que se mostraba “ávido y peligroso” y que no se gastaba bromas con su Browning FN modelo 1910 de 9 mm o con la hoja de Guillete que guarda en la badana de su sombrero.

    A los 37 años, Falcó cuenta con un currículum cargado de sangre, mujeres hermosas y accesorios finos que comenzó bastante antes de que sacaran la franja morada de la República de la bandera rojigualda española.

    El agente atraviesa por sus propios medios la línea del Frente, banca hasta cierto punto las torturas de los chequistas rojos y se aprovecha, pero rechaza la de los fascistas. Además de papeles falsos y una buena leyenda para resistir los primeros interrogatorios, lleva una carga de bastantes cafiaspirinas para sus frecuentes migrañas y una ampollita de cianuro potásico para tomar un atajo si los naipes vienen “mal dados”.

    Junto a cojones y aventuras propios, el agente ha recibido formación rumana. En 1931, por indicación de su jefe, fue entrenado en un campo secreto de la Guardia de Hierro, en Tirgu Mures, para convertirse en profesional del sabotaje y el asesinato bajo el código del escorpión: mira despacio, pica rápido y vete más rápido todavía.

    El Almirante funciona como referencia y comparte con Franco no solo su origen gallego, sino también una forma de ser que lo convierte en una persona de esas que “cuando uno se los cruza en la escalera no sabe si suben o bajan”.

    La lectura, además de buenas y atrapantes descripciones, de transitar muchos lugares comunes del estilo James Bond, con cócteles y escenas de cama incluidas, tiene varios aprendizajes que el autor no quiere dejar sin subrayar: los buenos están en ambos bandos, la “chusma de retaguardia”, los “patriotas de ocasión” dispuestos a saldar cuentas con su vecino y los canallas abundan más que los valientes, que también están a ambos lados de la trinchera. El Almirante, su paisano el Caudillo y hasta los soviéticos demostrarán a Falcó y al lector que “en asuntos de guerra es vergonzoso decir: no lo había pensando”.

     Falcó, de Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, 2016, 291 págs.

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