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    Oro en un galeón hundido

    Con dos extraordinarios rescates arqueológicos, el sello Ayuí-Tacuabé comenzó a celebrar su medio siglo de existencia. Las primeras tres placas de vinilo que publicó el sello fundado, entre otros, por Coriun Aharonián y Daniel Viglietti, plasmaban las tres principales líneas editoriales que transitaría el sello: música popular, con Hasta siempre, de Los Olimareños; música culta antigua y contemporánea, con Música Coral Armenia, del Coro Gomidás; y la voz de poetas y narradores leyendo sus obras, con Capagorry cuenta a los niños, del poeta Juan Capagorry.

    Entre los más de 600 discos publicados por Ayuí están algunos de los grandes nombres de la música uruguaya, como Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños, Rubén Rada, Eduardo Darnauchans, Dino, Leo Maslíah, Jorge Galemire, Jaime Roos, Rumbo, Travesía, Los Que Iban Cantando, Carlos Canzani, Numa Moraes, Mariana Ingold, Alberto Wolf, Larbanois & Carrero y Fernando Cabrera. Más acá en el tiempo, grabaron para Ayuí Jorge Drexler, Jorge Schellemberg, Walter Bordoni, Rossana Taddei y Samantha Navarro. En paralelo, el sello continuó con sus líneas folclórica (Osiris Rodríguez Castillos, Aníbal Sampayo, Marcos Velázquez, Eustaquio Sosa), de música culta (Nybia Mariño, Héctor Tosar) y sus registros de literatos populares como Mario Benedetti y Eduardo Galeano. En el plano del rock, por ejemplo, están los álbumes fundacionales de El Cuarteto de Nos, Exilio Psíquico y La Trampa.

    Tesoros desenterrados

    Para conmemorar el año en el que se cumplen 50 años de la fundación del sello, Mauricio Ubal y Rubén Olivera, sus responsables desde inicios del siglo, continuaron la línea de rescates de piezas patrimoniales dentro del enorme acervo de originales en cintas, vinilos y otros soportes.

    “Cuando la noche del martes 27 de marzo de 1973, guardé el máster de lo que pensábamos sería unos meses después el primer vinilo de los conciertos Desenchufazo, junto con las demás cintas grabadas en vivo por Henry Jasa, creía que, a pesar del momento que estaba viviendo el país, de la sombra déspota que crecía y presagiaba tiempos aún peores, llegaríamos a editarlo. Todo lo que vino después fue el comprobante de ese presagio y duró demasiado tiempo, un tiempo de crueldad, injusticia y larga noche oscura. Como tantas otras cosas, la posible edición del disco del proyecto Desenchufazo quedó archivada hasta algún futuro posible. Y como muchos archivos que tienen vida propia, se fue ocultando y durmiendo sin que nos diéramos cuenta”, recuerda el periodista y productor musical Esteban Leivas, en las notas tituladas Las cintas perdidas, escritas desde Valencia, incluidas en el librillo de El desenchufazo (Montevideo 1972. Las grabaciones recuperadas), publicado por primera vez, en CD, con diseño gráfico de Rodolfo Fuentes, el 29 de diciembre de 2020.

    La edición pone fin al periplo de casi medio siglo de silencio del registro de un histórico ciclo de recitales, que tuvo lugar el 7 de noviembre de 1972 en el cine Novelty Theatre (en Libertad y Trabajo, donde hoy funciona un garaje, pero cuya fachada se conserva intacta) y el 27 de diciembre de ese año en el Teatro Nuevo Stella, la emblemática sala enclavada en Mercedes y Tristán Narvaja, organizados por Leivas y su colega Hamlet Faux. Ambos, junto con el multinstrumentista y compositor Jorge Barral, quien entonces integraba el power trío uruguayo Días de Blues, y actuó en solitario en este recital, son los persistentes responsables del proyecto de su publicación, varias veces postergado. Las cintas, guardadas en cajones y luego en depósitos, estuvieron perdidas durante décadas hasta que fueron encontradas en 2010. Luego fueron limpiadas, restauradas y digitalizadas en Madrid bajo la supervisión de Barral, junto con técnicos europeos, con apoyo económico del Fondo Nacional de Música.

    A través de las 13 pistas de este concierto enteramente acústico se puede tener una idea cabal de cómo sonaba el fermental rock uruguayo de aquel momento. Aunque no hay sonido eléctrico, es posible captar el espíritu da la primigenia canción de protesta en la interpretación de Yabor, nombre artístico con que se presentaba el cantautor Miguel Ángel Nemer, que abre el disco con Ver las cosas y Escuche, mi general, solo con su guitarra y su voz clara y luminosa y su musicalidad melódica y directa, fuertemente influida por trovadores como Bob Dylan y las entonces voces emergentes de la nueva trova cubana. A veces me hace llorar ver las cosas / que algunos hombres le hacen a otros, canta en uno de sus versos.

    La triste certeza de que se venían tiempos dictatoriales ya estaba en el aire a fines del año más cruento del enfrentamiento entre la guerrilla tupamara y las fuerzas conjuntas del gobierno de Juan María Bordaberry, que en los meses anteriores se había cobrado decenas de vidas de guerrilleros, militares y civiles. Canciones como Mi partida, de Miguel López, No destrocen mi canción, de Jorge Vallejo, y Los ciegos, de un jovencísimo Carlos Pájaro Canzani presagiaban la realidad que se instalaría dos meses más tarde con el inicio del golpe, en febrero de 1973, y luego se consolidaría con la estocada final, en junio.

    “Seguramente la idea de realizar el primer Desenchufazo nació en el Bar Asencio. ¿En qué otro lugar podría haber sido? Porque ese era el punto de encuentro de aquella inolvidable tribu de musiqueros, escritores, soñadores y paracaidistas varios que literalmente ‘tomaban’ el local una noche sí y otra también”, recuerda Hamlet Faux en el librillo, de 36 páginas, que también contiene textos de los investigadores y divulgadores musicales Fernando Peláez y Nelson Caula, que brindan una necesaria contextualización histórica, acompañada de completas reseñas biográficas de cada uno de los artistas participantes. También están los textos de las canciones y fichas técnicas de los registros, además de una breve evocación de Tabaré Rivero (quien con 15 años estaba en el público), que enriquecen el documento en el plano historiográfico y musicológico. Lástima que (al menos por ahora) la edición no haya sido en vinilo, no solo por las bondades de ese formato para reproducir fielmente este tipo de registros sonoros, sino por el considerable tamaño que podría tener el librillo, lo cual haría justicia con el valor histórico de este rescate fonográfico.

    El desenchufazo permite apreciar con elocuencia al primer Eduardo Darnauchans, meses antes de su debut con Canción de muchacho, quien con apenas 19 años recién cumplidos canta Canción para un joven contemporáneo, tema hasta hoy inédito que demuestra que ya tenía bien afilada su poética combativa y visceral: Le canto al muchacho triste / Que ve la vida lejana /Al que quiere hacer un muro / Con humo de marihuana (…) Y a vos te nublan la vista / Te dan droga y distorsión / Escuchando progresiva / No molestás al patrón.

    Está presente también la flor y nata del blues rock nacional de aquellos tiempos, el trío protagonista, en los años anteriores, de Opus Alfa y Días de Blues: Jorge Flaco Barral, quien canta Rincón de la Bolsa, Daniel Bertolone, quien arremete con No es un tema y una versión de un clásico de Louis Armstrong traducida como El tren se llevó a mi nena, y Jesús Figueroa, uno de los mejores cantantes de la historia del rock uruguayo, radicado desde poco después en Estados Unidos, donde sigue viviendo. El cantante de Opus Alfa canta junto con Barral Susana se va, un blues interpretado con una hilaridad tal que contagia las risas a toda la platea.

    Al final, suenan Sugerencia y A los niños, dos tremendas interpretaciones con extensos pasajes de improvisación y ensamble del grupo Creación y Testimonio, compuesto por el cantante y guitarrista Alberto Jiménez, Darío Otorgués en percusión y un tal Jorge Lazaroff a cargo de la flauta traversa.

    El Dino perdido

    El otro lanzamiento histórico de Ayuí es la primera edición en CD y digital de Punto y raya, de Gastón Ciarlo, Dino. Grabado y publicado en 1984, pero solo en casete, por el sello La Batuta, que operó durante un período muy breve, y solo en el formato más pobre en términos de calidad de conservación, este álbum tuvo una difusión y circulación muy reducidas, y cayó en el olvido. Poco después de publicado este álbum Dino emigró a Suiza, de donde regresó a mediados de los años 90, se radicó en Dolores y volvió a sus raíces sonoras marcadas por la austeridad instrumental y el protagonismo de su voz y su guitarra. En 2019 fue restaurado y remasterizado por el músico y técnico de sonido Diego Azar, responsable de la línea de rescates fonográficos de Ayuí, que ya tiene varios volúmenes. El resultado sonoro es sorprendente por su calidad sonora, con una riqueza y diversidad instrumental totalmente opuesta a sus anteriores discos como Vientos del sur y Hoy canto, decididamente en plan songwriter testimonial. Al talento de los músicos que grabaron se suma la sapiencia de Darío Ribeiro, técnico responsable de la grabación, quien en los hechos ofició como un verdadero productor artístico.

    Para Punto y raya, Dino había armado una banda llamada Kien, un verdadero dream team de aires rockeros y de jazz fusión —incluso por abundantes momentos con una marcada intención progresiva— y con una fuerte impronta del entonces ferviente movimiento del canto popular, con abundantes cruces entre el rock —género predominante en el disco—, el candombe y la milonga. Junto con su voz y guitarra, participaron Danilo Di Candia (teclados), Horacio Costa (bajo), Waldemar Rama (guitarra), Humberto Careca García (percusión y coros) y Gastón Aguilera (batería).

    El recientemente fallecido poeta y comunicador Atilio Duncan Pérez, Macunaíma, escribió en el librillo de aquella primera edición: “Dino ha pasado por la música popular sin envejecer. Sus canciones siguen siendo urticantes para aquellos que nos hacen maldecir a la vida. Y para las sencillas gentes, en cambio, siguen siendo esa frazada tibia, como la entrañable Milonga de pelo largo”.

    Entre lo mejor del disco, sin dudas hay que destacar a María Julia, una notable milonga rock compuesta por Dino con letra de Washington Benavides, junto con la canción que da nombre al disco, la tremenda versión de Qué dirá el Santo Padre, el clásico de Violeta Parra, con gran despliegue percusivo de Humberto Careca García en percusión, y Casi milonga para mi perro, que cierra con un descomunal duelo entre el guitarrista Waldemar Rama y el batero Gastón Aguilera. Mucho gusto, en ambos sentidos de la expresión.

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