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    Orquestas y pianistas por dos

    La Ossodre, la Orquesta Juvenil del Sodre, Barry Douglas y Bruno Gelber se presentaron en el Auditorio Adela Reta

    La Sinfónica Juvenil del Sodre sigue y seguirá dando que hablar. Cuando actúa, no solo el escenario se puebla de caras inusualmente jóvenes; las localidades del teatro también se colman de un público entusiasta, joven en su mayoría, diferente del más veterano habitué de los conciertos y óperas en nuestro medio. Lo más gratificante es que esa respuesta fervorosa de público se continúa durante el concierto en una actitud de escucha atenta y de verdadero disfrute y festejo con aplausos y bravos.

    Y es justo que así sea porque esta orquesta suena cada vez mejor. El Adagietto de la “Quinta Sinfonía” de Mahler, fragmento escrito solo para cuerdas, es una prueba de fuego para estas y fue sorteado airosamente. Las cuerdas sonaron tersas y compactas; frasearon con sentimiento y sin afectación. Hubo una graduación inteligente de la dinámica, iniciada con un espléndido pianissimo.

    Ariel Britos hizo un Mahler sosegado y controlado en el tempo, tan legítimo como otras aproximaciones más neuróticas. El escenario se llenó hasta completar más de 100 jóvenes para la “Marcha eslava op. 31” de Chaikovsky, breve y fulgurante pieza que dio oportunidad para el lucimiento de todos los sectores de la orquesta, que respondieron con gran profesionalismo, redondeando una marcha sonora y brillante.

    Fue sin duda un honor y un compromiso para esta Orquesta Juvenil tener que secundar a un solista de la talla de Bruno Leonardo Gelber (Buenos Aires, 1941) en el “Concierto N° 1 op. 23” de Chaikovsky. Se notaba en el ambiente de los jóvenes músicos un lógico nerviosismo. Quizás ignoraban que el pianista que iban a secundar es, además de un músico de sensibilidad exquisita, un hombre al que le sobra elasticidad para ensamblarse con la orquesta, cosa que hizo con Britos coordinándose con las miradas en los pasajes claves de cambios de tiempo. Aún con algún brevísimo pasaje semiborroneado, Gelber sigue fraseando y matizando como pocos, logrando acordes de sonoridad nunca golpeada, luciendo una mano izquierda que por momentos suena como si fueran dos pianos, cantando en la cadencia con hondura y musicalidad singulares. La tensión inicial traicionó a los cornos, que deben atacar a la intemperie y con decisión las primeras notas de la obra, pero eso no logró empañar un dignísimo acompañamiento juvenil para un pianista que está entre pocos elegidos.

    Al día siguiente, el mismo escenario fue ocupado por la Ossodre y su director estable Stefan Lano. El solista invitado fue Barry Douglas, pianista irlandés que visita por tercera vez nuestro país. En lo que seguramente fue una primera audición en nuestro medio, se hizo el “Concierto para piano y orquesta, Resurrección”, de Krzysztof Penderecki (Polonia, 1933), prolífico compositor que tuvo su momento de mayor auge desde mediados de los 50 hasta mediados de los 70, período al que pertenecen algunas de sus obras más famosas, como el “Treno por las víctimas de Hiroshima” (1959), “De natura sonoris” (1966), “La pasión según San Lucas” (1961) y el “Concierto para violonchelo y orquesta” (1971).

    El concierto “Resurrección” es una obra reciente, compuesta en 2002 en respuesta a los atentados de setiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York. Como bien dice el programa de mano, el lenguaje de este concierto no es rupturista ni vanguardista sino que nos encontramos “… ante un compositor que, entrado en edad, echa mano a varios estilos…”. La obra transcurre en 40 minutos sin interrupción y a poco de comenzada se descubre ese eclecticismo en su escritura, con guiñadas a Stravinsky, Mussorgsky, Brückner, Prokofiev y Bartok, entre otros. Se trata de una sucesión de estados de ánimo contrastados —el contraste marcado es un recurso caro a Penderecki— tanto en tiempo como en sonoridad. Es posible pasar de un ritmo frenético a una suerte de melodía de cajita de música en el piano, para después volver a la turbulencia. Dentro del interés relativo que ofrece la obra, es sin duda más atractiva la parte de orquesta que la de piano. Salvo escasos momentos, el piano es aquí mucho más percusivo que melódico. El pianista generalmente resulta envuelto por la orquesta pero debe hacer frente, entre otras cosas, a una fenomenal técnica de escalas y acordes y en particular a una dificilísima concertación con la orquesta. Esta dificultad vale también como es obvio para el director y corresponde decir que tanto Douglas como Lano lo hicieron de manera excelente. La batuta clara y por momentos filosa de Stefan Lano logró una muy buena lectura de esta obra compleja. A esa estupenda concertación que logró con el solista, seguramente no es ajeno el hecho de que Douglas sea, además de pianista, director de orquesta.

    Una sugerencia: Barry Douglas tiene una notoria empatía con el público uruguayo y no se hace desear con los bises. El año pasado hizo fuera de programa un magistral “Momento Musical” de Rachmaninov. Esta vez logró otro momento mágico con un “Intermezzo” de Brahms. ¿Por qué entonces no se le contrata para un recital de piano solo, al margen de lo que haga con orquesta? Parecería que se está desaprovechando la presencia de un pianista de primerísimo nivel, que tiene mucho más para decir, a solas con el piano.

    En la segunda parte se hizo la “Sinfonía N° 6 op. 74, Patética”, de Chaikovsky. La versión avanzó en general con corrección. Habríamos preferido un tiempo algo más lento en el segundo movimiento y quizás alguna pausa que permitiera respirar un fraseo más libre; en el tercer movimiento faltaron algunos matices que hicieran sonar menos repetitivo el tema. Lano encontró finalmente su mejor momento expresivo en el Adagio lamentoso final. Extrajo de las cuerdas excelentes pianissimi y logró un fraseo hondo, de tiempo flexible, con el que supo transmitir un final ciertamente patético.

    Rodolfo Ponce de León

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