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    Oscar 2015: la noche del domingo de González Iñárritu

    87ª edición de los Premios Oscar

    Colaborador en la sección de Cultura

    Tres horas y media de transmisión televisiva. A las que pueden sumarse, si se quiere, si se dispone de voluntad, la acumulación de minutos previos, el desfile por los 152 metros de alfombra roja que conducen al interior del Teatro Dolby, donde se entregan los premios de la Academia al Mérito, tal el nombre oficial de los célebres y populares Oscar, que el domingo 22 llegó a su octogésima séptima edición.

    Lo de siempre. Un animador y dispensador de chistes relacionados con la actualidad social, política, cinematográfica y, en especial, con la realidad del planeta Hollywood y las producciones y las figuras que aspiran a los principales galardones de una de las noches más comentadas del año, lleva adelante la ceremonia entre tandas, números musicales más o menos aparatosos, momentos que se sugieren emotivos, discursos de agradecimiento y material muchas veces olvidable por el gran público, los rubros técnicos, o sea, las verduras hervidas dejadas al borde del plato en comparación con lo que realmente importa, los premios en las principales categorías: actor y actriz, guión y guión adaptado, actor secundario y actriz secundaria, director y película.

    El anfitrión es Neal Patrick Harris, actor, mago, cantante, comediante televisivo. Galas presentadas anteriormente: dos Emmy y cuatro Tony. En cine se lo vio en Invasión y recientemente en Perdida, obsesionado con el personaje de Rosamund Pike. Arranca ejerciendo sus dotes para la canción, entonando Moving Pictures. El tema recorre títulos premiados por la Academia e involucra a varios de los presentes, entre ellos el nominado Benedict Cumberbatch, con petaca de whisky incluida, a Anna Kendrick y a Jack Black.

    El primer galardón, el de actor de reparto, va para J.K. Simmons, por su sádico profesor de música símil sargento símil entrenador de boxeo en Whiplash. Los papeles de duro y desquiciado fascinan casi tanto como los de personas con enfermedades degenerativas o psiquiátricas. Simmons, ganador del Bafta y del Globo de Oro: “Si tienen suerte de tener a sus padres, llámenlos, no les manden mensajes de texto, no les escriban un mail”. Aleccionador.

    Quedó atrás la época en la que los animadores eran parte del atractivo de la ceremonia. Cada vez más, las estrellas son, junto con los ganadores, los discursos. Esta ceremonia es modélica en ese sentido. Algún número musical, algún tributo, absorbe la atención, como ocurre con Everything is awesome, la canción de Lego, la película, y la actuación de Lady Gaga en la celebración de los 50 años de La novicia rebelde, coronada con la presencia de Julie Andrews en escena. Momento lacrimoso: la interpretación de Glory, del filme Selma. La canción, receta infalible que combina pop, gospel y rap, se lleva el Oscar, y su versión en vivo, de parte de John Legend y Common, cosecha aplausos y mares de lágrimas. “Hay más hombres negros en el sistema penitenciario de lo que había en la esclavitud”, dice Legend.

    Patricia Arquette, Mejor actriz secundaria por su trabajo en la maravillosa Boy­hood. Agradece a quienes la ayudan en la organización givelove.org. “Hemos peleado por la igualdad de derechos de todos los demás”, dice. Aplausos. “Es tiempo de tener igualdad de salario e igualdad de derechos en EEUU”. Meryl Streep, con 19 nominaciones, vitorea de pie, como en la tribuna de la NBA: “¡Yes, Yes!”. Al lado, Jennifer Lopez se sube al carro. Momento Everest.

    Harris se cambia de saco cada 15 minutos e interpreta un gag que emula la secuencia de Birdman en la que Michael Keaton va por Times Square en calzoncillos, a contramano, en medio de un desfile, y culmina el número diciendo: “Actuar es una profesión noble”. Cada vez que el director de cámaras decide mostrar a Keaton, el hombre parece tener la intuición de que es su noche. Irradia seguridad y autoconfianza. Mastica chicle de una forma un poco exagerada y sobreactuada a pesar de que pueda ser lo más sincero y natural que esté haciendo en ese momento. Mientras tanto: ese imaginativo y agridulce relato de intriga, humor, misterio y aventuras El Gran Hotel Budapest acumula galardones de los técnicos: diseño de vestuario, maquillaje, banda sonora original y diseño de producción. Hay gente muy talentosa trabajando con el talentoso Sr. Anderson.

    Más discursos. “Gracias a Edward Snowden por su valor, a los informadores y a los periodistas que destapan la verdad”, dice Laura Poitras, directora del mejor documental, Citizenfour, que trata, precisamente, de conversación con Snowden. “Si se sienten diferentes, sigan igual”, dice Graham Moore, premio a Mejor guión adaptado por El código Enigma, segundos después de confesar que se sintió agobiado por ser diferente y haber querido suicidarse a los 16. “Necesitamos hablar del suicidio abiertamente”, sostiene Dana Perry, directora del mediometraje documental “Crisis Hotline: Veterans Press 1”, cuyo hijo de 15 años se quitó la vida.

    Figuras que parecen haberse sometido a sofisticadas técnicas de embalsamamiento o de criopreservación con nitrógeno líquido entran en escena. Nicole Kidman presenta el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Gana el filme polaco Ida, pierde Relatos Salvajes. John Travolta, que la edición pasada presentó a la cantante Idina Menzel como “Adele Nazeem”, en esta oportunidad empieza dando la nota con un beso de garrón a Scarlett Johansson en la alfombra roja y presentando el premio a la mejor canción junto a la misma Menzel, riéndose del involuntariamente cómico incidente del año pasado. Ataviado de saco y camisa negra, un peinado o peluquín color betún que es la comidilla de Twitter, Travolta parece tener puesta una máscara de Travolta. Y todo lo hace con esa inmunidad que le otorgan los años de haber estado muerto y haber resucitado en Tiempos violentos.

    Julianne Moore llega a esta noche con su cuarta nominación y gana por Siempre Alice, un filme que podría ser del montón de no ser porque está ella, que es enorme y emociona. Como lo hace Eddie Redmayne en La teoría del todo, encarnando a Stephen Hawking, y arrebatándole el premio a Keaton. Por un instante se alcanza a ver la imagen barrida del mascador hiperactivo guardando en el esmoquin el discurso de agradecimiento cuando se anuncia al ganador de la categoría. Ya es viral. Redmayne no puede más de la emoción. Su lenguaje corporal está en sintonía con sus palabras. Dedica el premio a la familia Hawking y a todas las personas con esclerosis lateral amiotrófica. Afirma que él es un simple custodio de esa figura dorada de 34 centímetros de alto y 3,8 kilogramos bañada en oro.

    No es la ceremonia más vista en la historia de los Oscar: 34,6 millones de espectadores (la anterior convocó a 40,2). En la segunda pantalla de las redes sociales, ese territorio donde florecen la queja y el sarcasmo, quedan pocos defendiendo a Harris.

    Al final de la noche, el mexicano Alejandro González Iñárritu sube por tercera vez al estrado, después de recoger los premios al mejor guión original y mejor película por Birdman, polémica, de las que se veneran o se detestan. La producción, espuma controlada que trata, entre otros asuntos, sobre la búsqueda desesperada de reconocimiento y de legitimación, es reconocida y legitimada por la Academia, por el tío Oscar. Por segunda vez consecutiva un mexicano gana como mejor director (antes fue Alfonso Cuarón, por Gravedad). Y en el año de los discursos, Iñárritu dedica la distinción a sus compatriotas, a los que están en México y a los que viven en EEUU. Y concluye: “Espero que podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos”. Asegura llevar puestos los calzoncillos que Keaton usó en Birdman, como cábala. Dice: “They are tight and smell like balls” (“Son ajustados y huelen a bolas”). Funcionó.

    Vida Cultural
    2015-02-26T00:00:00

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