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    Otra semana para el mejor recuerdo

    Entre el 30 de julio y el 6 de agosto se desarrolló en la Sala Verdi el quinto Festival Internacional La Escena Vocal. Como ha ocurrido en otras oportunidades, su curadora María Julia Caamaño supo detectar con certera puntería a jóvenes valores de la lírica internacional que están en el umbral de su eclosión artística, y logró acercarlos a nuestro país antes de que se vuelvan económicamente inaccesibles.

    Así pudimos conocer este año a la joven soprano francesa Elsa Dreisig, reciente ganadora del primer premio en el concurso Operalia 2016 en Guadalajara, que de inmediato se conquistó al público con su simpatía y un torrente de voz de gran generosidad. Es una cantante de apenas 25 años, triunfadora en otros varios concursos de prestigio, que tiene todo lo que hay que tener para una gran carrera. En un muy correcto castellano leyó una breve explicación previa a cada interpretación. Por momentos su línea de canto suena algo agresiva en volumen y uno desearía que bajara algunos decibeles. Pero frente a este descuento menor, Dreisig exhibe una gran versatilidad que le permite transitar con brillo desde Manon, de Massenet (Je marche sur tous les chemins), pasar por Ricardo Strauss (Zueignung) y por Berg (Die Nachtigall), seguir por la canción francesa (Duparc, Debussy, Poulenc, Hahn, Fauré) y aterrizar en el musical de Broadway, que hace con gran desenfado escénico como lo mostró en I feel pretty (Bernstein). Notable despliegue en el registro medio y grave en Summertime (Gershwin) y expresividad a flor de piel en la canción Te quiero (Ich liebe dich), de Grieg.

    Otro descubrimiento fue la también joven soprano italiana Lavinia Bini. No tiene la versatilidad de repertorio de la francesa y se la ve más cómoda en los autores de su tierra, afirmación esta que debo relativizar con la salvedad de que no llegué a escuchar sus interpretaciones de Bizet y Gounod. En el aria Deh vieni non tardar de Las bodas de Fígaro (Mozart) con la que abrió el recital, hizo gala de un legato que dio cuenta de su estatura técnica. Pero fue con los italianos Bellini, Rossini, Donizetti y Puccini que despegó y ganó altura en su vuelo, tanto en la cuerda romántica y dramática con Vaga luna, de Bellini, o Sole e amore, de Puccini, como en la picaresca y humorística Regata Veneziana, divertido trío de canzonettas que Rossini compusiera en sus últimos años y que integra el grupo de obras que él mismo llamó “Pecados de vejez”. La línea de canto de Bini es menos espectacular que la de Dreisig pero muestra una gran calidez de timbre y un control en la emisión de volumen que jamás llega a herir los tímpanos.

    La gala lírica reunió a los invitados extranjeros intercalados con mayoría de jóvenes cantantes nacionales, con muy buen libreto explicativo de Caamaño. De esa cantera juvenil hubo algunos desempeños destacados: un excelente dúo de las sopranos Sofía Drever y Manuela Hernández en la maravillosa canzonetta Sull’aria de Las bodas de Fígaro (Mozart); otro no menos notable de la ya nombrada Hernández, junto al contratenor Maximiliano Danta, que lograron un momento mágico en canto y en expresión escénica en el Pur ti miro, pur ti godo, de La coronación de Popea (Monteverdi). También debe subrayarse el desempeño del bajo Sebastián Bartaburu en el aria de Sarastro In diesen hell’gen (En estas naves sagradas), de La flauta mágica (Mozart). Tiene un vozarrón privilegiado, de lindísimo timbre. Carla Ferreira Romaniuk fue la responsable de un correctísimo acompañamiento al piano. Como invitado especial junto a las dos sopranos extranjeras, el barítono compatriota Federico Sanguinetti, con algún problema en la zona aguda del registro, mostró su veteranía y oficio haciendo con conmovedora entrega la Visión fugitiva de la ópera Herodíade (Massenet). El festival ya tiene su pequeña historia y por eso fue una feliz ocurrencia intercalar durante la gala videos de algunas actuaciones pasadas, útiles para recordar y reafirmar el sostenido nivel de calidad que nos han brindado.

    Como dos años atrás, el cierre estuvo en las manos —o mejor dicho en la voz— del bajo barítono francés Edwin Crossley-Mercer. Se había anunciado que haría el ciclo de canciones de La bella molinera, de Schubert, pero luego a pedido del propio artista se sustituyó esa obra por el ciclo El viaje invernal, del mismo autor. Según se informó, el artista fundó su pedido en el hecho de que su voz se había corrido a la zona grave y consideraba más adecuado al actual color de su timbre el “Viaje” que la “Molinera”.

    Y este año no hubo sorpresa al descubrirlo pero sí se repitió el asombro frente a un intérprete mayor. Crossley-Mercer sigue teniendo un timbre de gran belleza, probablemente más oscuro que hace dos años. Pero esa oscuridad es como anillo al dedo para interpretar este sombrío ciclo de 24 lieder que Schubert compuso en su último año de vida sobre poemas de Wilhelm Müller. Aquí no hay espacios de alegría o de levedad; es un recorrido desgarrador por las reflexiones de un joven abandonado por su amada, mientras camina por un paisaje solitario y helado. Los breves instantes de respiro en la tensión dramática se dan en algunas canciones compuestas en tonalidad mayor, pero de inmediato se vuelve a la tonalidad menor, dominante en el ciclo, para subrayar con la música la desolación de la letra. Es imposible detenerse en cada una de las 24 maravillas que el cantante hizo con las canciones. Cada canción fue “interpretada” con mínimos gestos, apenas un desplazamiento sobre el escenario, un cambio en la mirada, siempre en concentración absoluta. Así, en medio de un silencio reverencial de los espectadores, el cantante llegó al final de su viaje con una sobrecogedora interpretación de El organillero (Der Leiermann), última del ciclo, que dejó a más de uno con un nudo en la garganta. Una visita de lujo; que vuelva pronto.

    Puede resultar curioso que en un festival de voces la palma se la lleve el pianista acompañante. Pero es que el argentino Fernando Pérez es muchísimo más que eso. Colaborador reiterado del festival, fue en esta quinta edición donde más se mostró. Acompañó a los tres cantantes extranjeros y al compatriota Federico Sanguinetti, y así transitó desde Las bodas de Fígaro hasta West Side Story. Entremedio transitó por la canción y la ópera francesa, italiana, española y alemana, siempre mutando de temperamentos y estilos con una facilidad superior. Son poquísimos los pianistas con este rango dinámico, esta capacidad de matización, ese buen gusto infalible en el fraseo y ese sonido siempre tan sugerente donde se escuchan voces interiores subrayadas por algunos dedos, que nunca hemos escuchado en otras versiones. Pérez disfruta todo lo que hace y sus enfoques irradian autoridad musical; cuando uno lo escucha, se convence de que esa es la mejor manera de interpretarse lo que está tocando. Es de esos escasos pianistas que se amalgaman de forma tal con el cantante que por momentos parecen estar guiándole el camino. Algún colega lo llamó el Gerald Moore del Río de la Plata. Con franqueza y el mayor respeto al colega, creo que Fernando Pérez es más completo que el notable pianista inglés.

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