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Una vez diluida la ola rockera de la posdictadura, sobre el final de los 80, mientras concluían varias aventuras musicales como Los Tontos y Los Estómagos y otras tenían que aguardar varios años aún para alcanzar el ansiado favor del público, una banda inició su camino. Justo en ese tiempo de depresión para el rock uruguayo. La última década del siglo XX fue el tiempo de Níquel, la banda fundada por Jorge Nasser en la segunda mitad de los 80 y disuelta en 2001 tras completar todas las pantallas que podía enfrentar una banda de rock en un país como Uruguay y en un mundo muy anterior al de las redes sociales y las multipantallas: ascenso, auge, masividad, permanencia en el primer plano, rutina, desánimo y separación. Tras 19 años de carrera solista, principalmente como crooner criollo, y tras un último disco (Llegar, armar, tocar, de 2018) en el que adelantó su retorno al sonido eléctrico, Nasser decidió volver a sus raíces: tras la postergación pandémica, este sábado 7 y domingo 8 Níquel vuelve a escena en el Auditorio del Sodre (entradas en Tickantel de $ 590 a $ 990), con gran parte de su vieja formación y un repertorio que abarcará éxitos y no tanto de sus dos lustros y medio de trayectoria. Luego iniciará una gira nacional que abarcará al menos el próximo semestre.
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Pero este retorno está lejos de ser un mero revival nostálgico. En noviembre de 2019, sin anuncio previo, se produjo la primera reunión de la banda, en pleno concierto de Nasser en el Movie. La nueva formación reunió a los históricos Pablo Pato Dana (bajo), Roberto Rodino (batería) y Wilson Negreira (percusión), junto con Gonzalo De Lizarza, un guitarrista muy bien pertrechado, en sustitución de Pablo Faragó, quien hace rato que cambió el chip y se dedica a otras actividades sonoras como la musicoterapia. A ellos se suman, como invitados en esta nueva formación, Pablo Gómez (teclados y sintetizadores) y Daniel González (segunda guitarra). En aquella oportunidad tocaron dos clásicos del grupo, Nancy & Sid y Sangre y rosas, la misma dupla devenida en piezas de difusión de este relanzamiento, que repitieron días atrás en la entrega de los premios Graffiti. Por lo que se oyó en ambas oportunidades, el ensamble suena compacto y bien afiatado.
La carrera de Níquel fue intensa: ocho discos de estudio y dos en vivo, en 13 años, a los que se suma la reciente edición digital de Blues al Sur (en vivo), el registro de un concierto de la banda junto con Pappo en 1997 en La Factoría, la mítica sala rockera que funcionó en el Prado, en la sede de Wanderers, durante los 90.
Tras un primer disco solista de Nasser muy en línea con aquel Jaime Roos experimental e innovador (de hecho, Jaime fue el productor de ese disco), Níquel debutó con un disco homónimo en 1988 y llamó poderosamente la atención con un disco sonoramente adelantado para su época, bautizado con atractivo y misterio: Gusano loco. De este modo, Níquel largaba en los 90 con una propuesta muy bien definida, y en pleno rodaje, de un rock clásico, bien enraizado en la tradición beat uruguaya predictadura. De hecho, con De memoria (la tercera placa, de 1991) hicieron punta en el rescate de aquel sonido blues-rock primigenio de Días de Blues, Psiglo, Los Delfines, un solista de culto como Jesús Figueroa y Moonlights, la primera banda de Dino. Ese disco fue, sin dudas, el principal puente entre dos generaciones que habían quedado totalmente incomunicadas en términos de influencia musical.
Mientras que el bajista, Pato Dana, que venía de grabar los tres primeros discos de Los Traidores, aportó una acentuada impronta punk en el sonido de Níquel, la veta blusera fue labrada con personalidad y talento por su guitarrista Pablo Faragó, un músico proveniente de Argentina, virtuoso técnicamente y dueño de un importante carisma interpretativo, tan devoto de Stevie Ray Vaughan que no tuvo vergüenza de imitar todos sus trucos y hasta su apariencia en escena, con su melena, sus ropa de cuero y su clásico sombrero cowboy. Negreyra y Rodino contribuyeron con una sólida sección rítmica y Nasser puso todo su oficio como el carismático cantante de rock que supo ser antes de volcarse a otras góndolas de la música popular, en las que conservó y hasta amplió su popularidad. Además de popes del folclore como Pepe Guerra, El Sabalero y Larbanois & Carrero, si hubo dos cantantes capitalinos que llenaron plazas y canchas de fútbol en todo el interior durante el último cuarto de siglo, fueron Pablo Estramín (fallecido en 2006) y Jorge Nasser.
La consagración popular de Níquel llegó tras la publicación del CD doble Gargoland (este año reeditado en forma digital; seguimos esperando el vinilo), que explotó en el plano popular en el verano de 1992 de la mano de Candombe de la Aduana, una crónica urbana del barrio de la infancia de Nasser, con un sonido bastante más pop que estrictamente candombero, que excedió con luz los límites del rock y que rápidamente se transformó en un clásico. La masividad que alcanzó Níquel en los años siguientes, con giras continuas por todo el país e importante presencia mediática, se debió en buena medida al éxito de esta canción y de otras en la misma línea, como Amo este lugar, junto con otras piezas pop simples y directas como No tengo timón y Fucky fucky. Se podría decir que la veta más rockera y blusera de la banda —la que se aprecia nítidamente en el disco en vivo con Pappo, por ejemplo— no fue ni de cerca lo más conocido de Níquel.
Del mismo modo, hay que decir que Níquel fue seguramente la primera banda de rock uruguaya en reunir en una misma audiencia a jóvenes, adultos y hasta niños. Mucho antes de las fiestas de la X, los Pilsen Rock y de que los recitales de Buitres, No Te Va Gustar y El Cuarteto de Nos se convirtieran en multitudinarias fiestas familiares. Junto con el éxito, Níquel también reunió abundantes detractores entre los puristas, tanto por el perfil mediático alto de su frontman como por sus incursiones más allá del rock, en proyectos como Níquel Sinfónico (con una orquesta dirigida por Fernando Condon en el Teatro de Verano, en 1993), por entonces interpretados como traición estética por buena parte del público de rock, embanderadísima en aquel tiempo con la dicotomía Rock vs. Todo lo que no es rock. Con el diario del lunes, esa era una actitud muy infantil, y hasta soberbia, de las huestes rockeras, pero en ese tiempo era cosa muy seria.
Reencarnación
“Más que una reunión o una vuelta, esto se trata de una reencarnación”, dijo Nasser a Búsqueda esta semana, consultado sobre las sensaciones que le produce esta rentrée. El término, nada menor, alude al duro trance de salud que afrontó Nasser en los últimos años, vinculado a su columna vertebral, que lo tuvo varias temporadas fuera de escena. Esta reunión es, en buena medida, una de las consecuencias de esa convalecencia. “Volver 19 años después es algo difícil de explicar, algo que estamos disfrutando de una forma muy intensa, en un ambiente de trabajo inmejorable. La idea es rockear, y más que trabajo es una gran diversión”, agregó el músico, que en un mes cumplirá 64 años.
“Tocaremos nuestro repertorio, nuestras queridas canciones que para nosotros tienen un significado muy grande, pero que también al ser tocadas intentan confirmar su vigencia en cuanto a sonido, letras y estructura”, respondió Nasser sobre cómo se armó la lista de temas que sonará en el Sodre: “El repertorio se eligió solo. Lo más difícil fue condensar, porque hay un montón de temas que queríamos tocar, y somos conscientes de que son las que tenemos que tocar. Fue un proceso bastante democrático. Digamos que mi liderazgo dictatorial ya no existe más. Todo el mundo mete cuchara, fundamentalmente Pato y Wil. Así llegamos a estas veintipico, casi 30 canciones que nos van a acompañar este fin de semana y en la gira. Muchas estarán fijas y algunas otras van a entrar y salir. Estamos muy satisfechos con la lista a la que arribamos”.
La ausencia de Faragó era el principal desafío a sortear para que se produjera este retorno. “Lo procesamos de la mejor forma posible, como ha sucedido todo en esta reencarnación, asumiendo que él no estaba en la misma frecuencia que nosotros respecto a la idea de juntarnos. No fue fácil: al ser miembro fundador y la primera guitarra, evidentemente, fue algo fuerte, nos movió. Pero por otro lado encontramos rápidamente a Gonzalo De Lizarza, que entendió todo y asumió la responsabilidad de ese rol protagónico en la banda, y creo que lo hace en forma excelente. Está divino cómo entró en el grupo, y pese a que es de otra generación se parece mucho a uno de los nuestros. Toca lo que tiene que tocar y tiene los mismos códigos de Pablo y del resto de nosotros. Y sabemos que cuenta con la bendición de Pablo, y eso está buenísimo”.