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No se puede entrar comiendo. Los niños dejaron el vaso de helado afuera a merced de las palomas. No desentona un vasito que chorrea con la mugre que ofrece el portal del edificio central del Banco República (Cerrito y Zabala) a las tres de la tarde del domingo 25, pocos días después de la lamentable muerte del dibujante uruguayo Nelson Romero.
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Nadie barrió, aunque se acaban de abrir las puertas para la visita a la Primera Bienal de Montevideo, un acontecimiento que reúne a 51 artistas de diferentes partes del mundo bajo el título y la consigna de “El Gran Sur”. De China a Afganistán, de países europeos a los más cercanos de la región y varios nacionales, y con propuestas de distintas disciplinas, con evidente primacía del video y la instalación. De la puerta para adentro, custodiada por amables policías, invade el enorme espacio, limpio, iluminado por la luz del día que entra por exuberantes ventanales. Se ve el hall central, enorme, desnudo, sin rastros de la actividad anterior, salvo por los mostradores de mármol y las viejas cajas vacías, enrejadas, históricas. La primera sensación proviene del propio edificio, de estilo neoclásico, construido entre 1926 y 1938. Golpea la belleza de ese lugar tan especial, ahora un ex banco, hasta hace poco lleno de gente apurada que hacía cola frente a las cajas con dinero en la mano, transformado en algo parecido a un espacio cultural.
El espectador recorre en silencio y se familiariza con algunas imágenes: un montón de dibujos en hojas blancas que salen volando de las viejas cajas en fuga ascendente o la propuesta de un grupo de artistas uruguayos que recupera una estadía en el pueblo de Tambores y que recrea su experiencia con una instalación visual y sonora. La otra hilera de cajas desnudas, poblada de plantas trepadoras, ofrece un poco de vida a la dureza del metal y un juego de sentidos al tránsito anterior de dinero y ambiciones. Una gran cruz en el piso llena de pelotitas de plástico al estilo pelotero realizada por el uruguayo Javier Abreu (“del Sur, ¿entendés?”, explica un visitante a su hijo luego de leer la referencia), un árbol construido en base a diferentes especies nativas, un grupo de lubolos en papel maché realizado por un artista chileno, un enorme panel en tonos de rojos y figuras apocalípticas del collagista Juan Burgos, otro destacado artista nacional, con una iconografía abrumadora elaborada a partir de rastros históricos, religiosos y culturales de muy diverso origen. Al fondo, un árbol recostado sobre el piso, al costado una estantería también enorme, sobre una pared con un cambalache de objetos que recuerdan la exhibición de un remate de cosas viejas más que una instalación artística contundente, novedosa, jugada, que apueste a un golpe certero y profundo a los sentidos. Hay un video supuestamente irónico de Martín Sastre. Pero es preferible olvidarlo.
Hay demasiado proyecto, demasiada evidencia y rastro de “procesos creativos”, demasiado juego de explicaciones y sentidos, demasiada obviedad, demasiada racionalidad. Está muy bien que una artista investigue en las raíces culturales de la negritud en estas tierras, pero de ahí a que el resultado sea un grupito de lubolos en papel maché, hay un largo trecho. Y, es curioso, tampoco lo más interesante se impone como una imagen poderosa, pues nada sale al paso del espectador como un golpe que “te dé vuelta la cabeza” como se escucha en la voz de algunas figuras mediáticas que salieron a promocionar esta Bienal de Montevideo. La primera impresión es que con ese viejo y maravilloso edificio no se puede. Es tan determinante, tan colosal en su estructura, tan pesado en su historia y estilo, que todo pierde interés. Es discutible, es cierto.
Pero la sensación que uno tiene es que pasea entre un maravilloso edificio vacío que basta para dejar en shock al transeúnte, para dejarlo con los pelos de punta. Es un placer en sí mismo. El problema es que el resto poco se luce y que pierde notoriamente en calidad y en presencia. Problema de los artistas en todo caso, y no del edificio. En realidad, algunos eludieron la lucha titánica y apostaron a una especie de arte de guerrilla.
En un pasillo, un creador chino colocó cientos de ramitas secas diminutas y construyó una especie de alfombra natural, un intrigante bosque a ras del piso que, si uno se agacha, percibe en su paciente y elaboradísima construcción. Paró ramita por ramita, como un ejército, en un cuidado despliegue de talento y sensibilidad. En lo alto de una pared, al fondo, aparecen los sutiles dibujos del uruguayo Ricardo Lanzarini, sus despojados luchadores de Sumo. Hay también una obra notable de una artista boliviana que vive en India y que ofrece un “cuadro” de recipientes con especias y pigmentos colocados en el piso de la Iglesia San Francisco de Asís, ubicada enfrente, casi en ruinas. El resto son videos. La mayoría exhibidos en el edificio Anexo del BROU, más maleable en sus dimensiones pero con impecable ambientación. Proyectados simultáneamente en las dos paredes centrales, los contenidos y la elaboración de los trabajos ofrecen un verdadero festín. Hay que detenerse, dedicarles tiempo y dejarse llevar por un grupo de artistas tremendamente sólido, diverso y profundo.
La primera Bienal en la historia del Uruguay, que les llevó más de dos años de trabajo a sus organizadores, se completa con una instalación muy interesante de los uruguayos Alonso+Craciún en la antigua Aduana, otro edificio histórico y más chico pero ubicado en la calle Zabala, una cuadra más abajo.
“El Gran Sur. Primera Bienal de Montevideo”. Exposición central en edificio del BROU (Cerrito y Zabala), Anexo BROU (Zabala y Cerrito), Aduana Atarazana (Zabala y Piedras), Iglesia San Francisco de Asís (Cerrito y Solís). Hasta el 30 de Marzo de 2013, de martes a domingos de 14 a 20 horas.