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    Pantalla total

    Tercera temporada de Black Mirror: serie futurista, ahora por Netflix

    Sigue mostrando el futuro a través de situaciones que están ocurriendo en este preciso momento, y sigue causando incomodidad e inquietud. El motor de la trama es la tecnología o, más bien, los peligros, las adicciones y hasta el horror que puede generar la tecnología. Sin embargo, hay algo diferente en la tercera temporada de la serie británica Black Mirror. Y ese “algo” lleva el nombre de Netflix, ahora a cargo de su producción. Como consecuencia, algunos episodios tienen escenarios y personajes estadounidenses, lo que significa que se suaviza, un poco, y que se pierde, un poco, la oscuridad y crueldad británica.

    Las dos primeras temporadas de Black Mirror estuvieron producidas por un canal inglés y se terminaron de transmitir en 2013. En aquel momento sorprendió, no tanto por su visión de un futuro oscuro, como es habitual en los creadores de ciencia ficción, sino por lo original de sus guiones y por el formato de capítulos unitarios solo vinculados por un tema: el poder de las pantallas en la sociedad.

    Su creador, el humorista británico Charlie Brooker, pensó una serie breve, de tres episodios cada temporada, que tuvieran diferentes directores. Y no tuvo piedad en sus tramas: mostró cómo el “espejo negro” va dominando la política, las relaciones de pareja, los sentimientos, en fin, la vida. Algunos de los primeros episodios fueron memorables y ubicaron a Black Mirror como una nueva serie de culto, y a Brooker como un ácido crítico social.

    En la tercera temporada, precedida por un escalofriante “especial de Navidad” (White Christmas) —protagonizado por Jon Hamm (Mad Men)— el guionista vuelve a ser Brooker, aunque en algunas historias lo acompañan otros escritores. Ahora el formato es menos breve, tiene seis capítulos y se esperan otros seis para 2017.

    Esta tercera temporada no es pareja, y tal vez resulte menos atractiva porque la sorpresa estaba en las anteriores, que por cierto tampoco fueron parejas. “Tengo que esforzarme para que Black Mirror resulte más sorprendente y retorcida que la realidad, porque el mundo suele ponerse muy raro a veces”, dijo Brooker en una entrevista a propósito de su nueva temporada.

    En los recientes capítulos no hizo más que seguir el curso de ese “mundo raro”. Sin demasiada metáfora o simbolismo, la trama se proyecta unos pocos años hacia el futuro. Esto es claro en la primera historia, Nosedive (Caída en picada), que tiene ecos de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, por su visión de un porvenir en apariencia luminoso y perfecto.

    Los personajes tienen sonrisas blanquísimas, se mueven en escenarios norteamericanos color pastel y adquieren estatus social, buenos trabajos o buena asistencia en salud si tienen un buen puntaje. Porque en ese mundo, las personas deben puntuarse a través de sus dispositivos electrónicos. Y gana más puntos quien elige la mejor foto para subir a las redes, trata con simpatía al peor vecino y nunca pierde la calma. El final para la protagonista que empieza a “caer en picada” es predecible. Y la simetría con los “me gusta” de las redes sociales no necesita demasiada explicación.

    Otro episodio, el más flojo de la temporada, utiliza los recursos típicos del terror. En Playtasting un muchacho queda atrapado en un juego de realidad virtual que mide la tolerancia al miedo. Nada nuevo: hay una casa antigua y demonios interiores que se ven como reales.

    Entre los mejores está Shut Up And Dance (Cállate y baila), protagonizada por Kenny (Alex Lawther), un adolescente inglés tímido que un día empieza a recibir mensajes intimidantes en su celular porque hizo algo que otros grabaron en un video. Entonces lo amenazan con reenviarlo a todos sus contactos si no sigue las órdenes que le envían que, por supuesto, son muy desagradables. La actuación de Lawther es estupenda, llena de matices que van desde el miedo a la desesperación y al salvajismo.

    El capítulo más esperanzador, y también el más logrado por su reflexión en torno a la muerte, es San Junípero. Hay una historia de amor entre dos muchachas (Mackenzie Davis y Gugu Mbatha-Raw) que atraviesa diferentes épocas, porque ellas pueden ir y venir en el tiempo. Entonces a veces son ancianas y otras, unas jóvenes que se encuentran en un balneario, una especie de limbo virtual y pasajero que tiene una discoteca con música de diferentes décadas. Solo por este capítulo, donde no hay “terror tecnológico”, vale la pena ver la serie.

    Las otras historias apuntan al control: el del Ejército norteamericano sobre sus soldados y civiles indeseables (Men Against Fire) o el del gobierno a través de unas abejas que todo lo vigilan, incluso llegan a intervenir cuando hay odio en las redes sociales (Hated In The Nation).

    Posiblemente las dos primeras temporadas de Black Mirror sean las mejores en cuanto a creación y originalidad. Pero en su conjunto, la serie produce algo poco habitual y es un efecto de “inquietud prolongada”. No por miedo a la pantalla, sino a quienes la usan y la miran.

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