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    martes 11 de junio de 2024

    París era una librería

    Sylvia Beach y Shakespeare and Company

    Cuando el público promedio piensa en librerías en París, lo primero que viene a la mente son los bouquinistes a orillas del Sena, donde el turista con ansias literarias puede descubrir un rarísimo, añejo, muy pirata y sumamente caro ejemplar de Tintin contre Batman que en cuanto el comprador se aleje unos metros será repuesto por uno exactamente igual extraído de los fondos del puestito.

    Lo segundo que viene a la mente es Shakespeare and Company, la legendaria librería que nucleó gran parte de la vanguardia literaria de la segunda década del siglo XX y cuya propietaria, Sylvia Beach, tomó bajo su responsabilidad la primera edición del Ulysses, de James Joyce, para quebrar la maldición de polémica, censura y prohibiciones que impedían su aparición.

    Shakespeare and Company todavía existe, en la Rive Gauche frente al Sena (y a los bouquinistes) y a poca distancia de la catedral de Notre Dame. Su fachada escueta y agradablemente anticuada ahora está adosada a un café mucho más amplio que de hecho es parte de la librería. Respecto a su autenticidad, hablaremos luego.

    Una americana en París

    Corría el año 1917 y París estaba a punto de convertirse en una fiesta (París era una fiesta es el título en español de A Moveable Feast, de Ernest Hemingway, quien también tiene que ver en esta historia). La Primera Guerra Mundial seguía su marcha, pero ya se anunciaba su desenlace. Por las calles de la ciudad deambulaba Sylvia Beach, una estadounidense de 30 años, enamorada de los libros y la literatura. Era la hija del medio de un clérigo estadounidense inusualmente liberal que toleraba y fomentaba con discreción las inquietudes artísticas de sus hijas: Cyprian, la hermana más chica de Sylvia, era actriz y tenía un papel menor pero recurrente, bajo su apellido artístico Gilles, en un serial francés muy popular. Y acompañar a su hermana fue la excusa de Sylvia para volver a París, donde ya había estado una década antes cuando su padre fue ministro de la American Church entre 1902 y 1905.

    Mientras estudiaba literatura francesa contemporánea, Sylvia se entera de la existencia de una librería llamada La Maison des Amis des Livres, que también funcionaba como una biblioteca que prestaba libros a intelectuales empobrecidos. Visita entonces la librería y conoce a su propietaria, Adrienne Monnier, una de las primeras libreras francesas en abrir su propio negocio. Se hacen ojitos, se enamoran y pasan juntas como amantes, socias o amigas, según la época, los siguientes 38 años.

    Sylvia se entusiasmó tanto con el negocio de Adrienne que decidió abrir el suyo propio. Su madre le prestó 3.000 dólares (que la historia no registra si los llegó a devolver o no) y con ese capital y el asesoramiento de Adrienne abrió, primero justo enfrente de La Maison des Amis des Livres, a partir de 1921 a unas pocas cuadras, Shakespeare and Company. No era competencia de Adrienne porque se dedicaba a la literatura en inglés, mientras que el local que la inspiró se dedicaba a la literatura francesa.

    Durante el período de entreguerras París se convirtió en un hervidero cultural, en todo rubro imaginable. En la literatura en concreto, como si ya no hubiera un nutrido mundillo local, se sumaron al caldo decenas de expatriados europeos, soviéticos y sobre todo estadounidenses, buscando un toque de locura, creatividad y (principalmente, digamos todo) una vida barata. Y comenzó la fiesta, que duraría hasta la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi.

    La fama de la librería fue creciendo de manera vertiginosa y uno a uno los por entonces casi desconocidos integrantes de la diáspora literaria de habla inglesa fueron haciéndose clientes, amigos y más. Por la librería comenzaron a frecuentar el mencionado Hemingway y una larga lista de intelectuales que incluye, sin pretender exhaustividad, a André Gide, F. Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Man Ray, Paul Valéry, Aleister Crowley, Berenice Abbott, Walter Benjamin y Giselle Freund. Y destacadamente, el irlandés James Joyce.

    Joyce penaba con su monumental novela Ulysses, que no lograba publicar en ninguna parte. Incluso inédita, el adelanto de unos fragmentos en la revista estadounidense The Little Review en 1920 llevó a una batalla legal y a la prohibición de posteriores ediciones. La revista fue declarada pornográfica y durante la siguiente década el Servicio Postal estadounidense quemó abundantes ejemplares del libro que catalogaba como contrabando. Las cosas no iban mejor en Inglaterra, donde su publicación estuvo prohibida hasta 1936.

    Así las cosas, Sylvia Beach decidió apoyar a su amigo y editar ella misma la obra. Y el 2 de febrero de 1922, día del cumpleaños 40 de su autor, vio a la luz la primera edición de 1.000 ejemplares de una de las novelas fundamentales del siglo XX. Y comenzó una larga y agitada serie de idas y venidas que culminaron en 1934 con Joyce autorizando la primera edición legal estadounidense bajo el sello Random House (le hicieron una oferta de 45.000 dólares que no pudo rechazar) sin decirle nada a su primera editora. Un poco se pelearon, un poco se amigaron, y en 1936 hicieron las paces. También fue el año en que Adrienne dejó a Sylvia, mientras esta visitaba a su familia, por la fotógrafa Giselle Freund. Sylvia se mudó al apartamento encima de la librería que tradicionalmente usaba como alojamiento para escritores en la mala, y en fin, París, años locos, savoir faire, ambas mantuvieron relaciones muy cordiales hasta que Adrienne se suicidó en 1955.

    Un fragmento de historia

    Ese segmento de la vida de Sylvia y su librería es el que elige la canadiense Kerri Maher para novelar en La librera de París (Navona, Barcelona, 2022): desde su encuentro con Adrienne hasta el rompimiento de la pareja y su reconciliación con Joyce. Ambos, su pareja y su amigo, tienen un peso similar en la historia, desde lo íntimo a lo público. Maher ha declarado sentirse fascinada por la historia de Beach desde que varios años atrás encontró de casualidad un ejemplar de su autobiografía, y no es para menos: la peripecia y la personalidad de la librera y fugaz editora (salvo el Ulysses, solo publicó un breve volumen con textos de Hemingway, y viendo el dolor de cabeza que fue la obra de Joyce es fácil entender por qué) son fascinantes. Sin más preparación que un amor incondicional por los libros y el apoyo de varias personas clave, Beach fundó y mantuvo una de las librerías más famosas de la historia, se codeó con figuras cumbre de la literatura del siglo XX, editó una de las obras más importantes de su época y se convirtió en referente literaria para toda una generación de intelectuales que compraban (o la mayoría de las veces, llevaban en préstamo) en su local. Y todo eso mientras se sumergía deslumbrada en el ambiente liberal y efervescente de lo que hoy llamaríamos el mundillo queer del París de los años 20, porque en el fondo seguía siendo una chica algo inocente y discretamente sáfica (la definición es de Maher) de Baltimore en el que por entonces era el único país del mundo donde las relaciones homosexuales no eran ilegales.

    Maher dice que estudió a fondo la vida y las circunstancias de su personaje y de sus notorios secundarios y parece ser cierto, aunque ya en las primeras 20 páginas hay un error: la novela dice que la hermana de Sylvia actúa en Judex (1916) cuando en realidad lo hace en La nouvelle mission de Judex (1917). Sacando eso, la catarata de datos, citas de correspondencia y recreación de encuentros y eventos dejan claro que, en efecto, Maher hizo sus deberes con empeño y dedicación. Tanto que por momentos da un poco de pena que no se haya dedicado a redactar un ensayo biográfico en lugar de una novelización.

    La librera de París es un texto amable, para nada erudito a pesar de su nutrida investigación previa, y con un buen uso de citas de correspondencia (casi toda de Joyce). Pero la historia de Sylvia y su librería es tan jugosa que casi se cuenta sola, y el propio discurrir de los hechos supera cualquier intento de convertirlos en novela. Un buen recuento histórico, como quien dice el material en bruto de esta historia, con un uso adecuado de citas y digresiones sería tan entretenido y apasionante como cualquier novela. Viendo el calibre de los secundarios que asoman página por medio, solo contar sus apariciones ya sería narrativamente insuperable. Y flaco favor le hace a la vida de Sylvia Beach que el texto se llene de “detalles de color” que pretenden dar aire de época a lo narrado y no aportan más que algún nombre o detallecito que en lugar de francés suenan a francilismo. Un ejemplo al azar de la página 178: “—Ay, Sylvia —rio Margaret, al tiempo que apuraba la copa de Côtes du Rhone —, qué poco divertida eres”. La marca del vino como torpe toque de color que busca autenticidad no agrega nada, distrae más bien, sobre todo tomando en cuenta que en realidad es Rhône y no Rhone.

    Pero bueno, así es como la autora decidió contar la historia y por fortuna el material original, jugoso y variado sobrevive a toda decisión narrativa. Se cuente como se cuente, la vida de Sylvia Beach y los acontecimientos en su librería son fascinantes.

    Después...

    La novela, como se dijo, cierra en 1936, con buen criterio. Pero deja fuera un par de sucesos posteriores dignos de contarse. Para empezar Shakespeare and Company cerró en 1941, durante la ocupación alemana. Un oficial invasor entró al local, curioseó por los estantes y quiso comprar un ejemplar de Finnegans Wake, de Joyce. Sylvia se negó a vendérselo. El alemán se puso loco y prometió volver al otro día a clausurar el local. Esa noche los amigos de la librera la ayudaron a trasladar todo al piso de arriba y al otro día los alemanes no encontraron nada que clausurar. Sylvia nunca volvió a abrir su amada librería y murió en octubre de 1962. En 1964 otro estadounidense que tenía una librería en otra calle, llamada Le Mistral, decidió renombrarla Shakespeare and Company como “homenaje” y ahí sigue hasta hoy atrapando turistas frente al Sena, Notre Dame y los bouquinistes, sin más relación con la original que el nombre.

    Antes de eso, durante la guerra, Sylvia fue internada seis meses en un campo de concentración (por suerte, de los menos terribles), de donde la liberó la gestión de uno de sus antiguos clientes. Cuando los norteamericanos entraron en París, por supuesto Hemingway venía entreverado con ellos, y en su típico estilo machote fue directo a liberar en persona “su” librería. Claro, no sabía nada del incidente con el nazi y el vaciamiento del local, así que descubrió que no tenía nada para liberar. Levemente desilusionado saludó a Sylvia y partió furibundo a liberar el bar del Hotel Ritz. Para su frustración, lo encontró completamente libre de alemanes.

    Vida Cultural
    2023-05-10T17:24:00