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    Pequeñas cosas en la tarjeta de memoria

    Joan Manuel Serrat inició la gira por sus 50 años de carrera en Montevideo

    La pareja entró a la sala con el concierto ya iniciado e incordió a toda una fila hasta que alcanzó su lugar. “¿Dónde se habían metido? ¡Estábamos todos preocupados por ustedes!”, los saludó Joan Manuel Serrat a las nueve y cinco de la noche del martes 24, en el estreno mundial de la gira que celebra su medio siglo de carrera. Fue con El Carrusel del furo, canción perfecta para tal fin. “Buenas noches, bienvenidos todos a su casa hermosa que no conocíamos”. Así recibió a las dos mil personas que llenaron el Auditorio Adela Reta en el primero de los seis encuentros casi agotados que mantendrá con el público uruguayo hasta el martes 3, para los cuales solo quedan plateas disponibles.

    Dos horas y media más tarde se despedía solo con su guitarra, en el tercer bis, con Aquellas pequeñas cosas, un mimo a los insistentes que se rompieron las manos para hacerlo volver, cuando la mitad del público iba escaleras abajo. El beso al micrófono fue la cereza de la torta, y todos contentos.

    Algunos pueden achacarle que ha perdido la mitad de su voz, que su caudal es estrecho, su ataque proverbial aparece en cuentagotas, pues debe medir sus energías para cubrir todo un año de shows por delante. Es cierto. También es cierto que su show transita a marcha moderada: su oficiosa banda comandada por Ricard Miralles, un baluarte en la obra de Serrat, toca a un volumen atenuado (los oídos agradecidos) para favorecer el ensamble con la voz de Serrat, que brilla en los pianos y pianísimos y sufre un poco cuando la canción pide garra. Es cierto que la primera parte del show lució algo lánguida, aunque no hay nada que reprocharles a los músicos, entre los que se destaca el tecladista Josep “Kitflus” Mas, un verdadero hombre orquesta que sustituye él solo a las secciones de bronces y cuerdas.

    Todo tan cierto como que Serrat conserva a pleno su carisma y naturalidad para seducir a una platea con un gesto, un chiste o una guiñada. La emotividad es el diferencial del cantautor. Y tan cierto que cuando el viejo catalán calentó su gola afloró el Serrat que arranca lágrimas y hace saltar los cuerpos de la butaca.

    “Cuando empecé a cantar no existía el oficio para mí, tenía otros argumentos, y ahora el argumento es el oficio, hacerlo lo mejor que pueda”, dijo el lunes 23 en la conferencia de prensa, un encuentro bastante bizarro en el que algunos participantes confundieron los roles y se creyeron los protagonistas. Pues ese oficio sale a relucir cuando canta De vez en cuando la vida, Lucía, Me gusta todo de ti o Hoy por ti, mañana por mí. Su capacidad de emocionar está intacta cuando libera toda su dimensión actoral, que lo transforma, como a su compadre Joaquín Sabina, en un notable entertainer.

    Solo un artista con el talento para conmover de Serrat logra hacer verdad aquello de que Esos locos bajitos suena distinta luego de tener un hijo. Vaya revelación. Es que, como el tango, Serrat está esperándote, y después de los 35 te lo cruzás a la vuelta de la esquina y te canta Es caprichoso el azar, la de “No te busqué, ni me viniste a buscar”.

    Ataviado ante la prensa y ante el público con su clásica indumentaria —saco y camisa oscuros, corbata negra, jean y mocasines—, Serrat es el prototipo de un clásico, un hombre común y corriente que se gana la vida cantando sus canciones. En la conferencia atiende, gentil, a la maroma desesperada por un autógrafo. “Es cierto que las antologías no suelen elegirlas los autores, porque suelen aparecer cuando los autores han desaparecido, y ya tienen poco para decir. Esta es desordenada porque no busqué un orden temporal ni temático, ni nada que la ordenara. En este caso lo dirigí todo. Las canciones, las versiones, las grabaciones, los arreglos y los invitados, lo decidí todo de un modo artesanal, por teléfono, por mail y presencialmente”.

    En el show bromeó con efemérides como los cien años de las ocho horas en Uruguay, los 500 años de la llegada del hombre blanco al Río de la Plata (le erró por uno, se cumplen en 2016), o los dos mil y pico de la Batalla de las Termópilas para desembocar en los 50 años en escena que celebra. Sentado junto a una mesita con agua, en el segmento costumbrista, recordó la primera vez que vino a Montevideo, su impresión por las genovevas (modelo de auto popular en España a mediados del siglo XX), los carros de caballos, las pamplonas, el mate y su mundo y las diferencias entre Concepción y Conchita.

    En esas estábamos cuando cayó el mayor aplauso de la noche con El sur también existe, un texto preglobalización un tanto anacrónico, que mezcla unas buenas verdades con algo de maniqueísmo y abundante autocomplacencia. Pero no hay dudas de que es una canción potente, que sigue encendiendo el espíritu.

    Uno de los mejores momentos es la tripleta de clásicos en catalán: Cançó de bressol, precedida por la jota aragonesa que la inspiró, Paraules de amor (“la más popular de mis canciones catalanas, goza de gran prestigio en bodas, bautizos y funerales”), la primera de la noche en arrancar aplausos al inicio, y Fa vint anys que tinc vint anys: “La canción más amortizada de mi repertorio”, dijo con respecto a las mutaciones que le aplicó a medida que fue ganando edad. “A los 20 somos inmortales, a los cuarenta estamos a medio camino y hacemos gimnasia, a los 60 hacemos el amor con mucha ilusión y nos llevamos muchas desilusiones, y a los 80 ya veremos qué pasa”, agregó, convertido en comediante de stand up.

    La mayor sorpresa de la noche fue cuando llamó al escenario a “un par de amigos”: primero entró Fernando Cabrera para cantar a dúo El titiritero y luego Cristina Fernández en Es caprichoso el azar, haciendo gala de sus buenas dotes líricas. Cabrera pareció un poco incómodo en la circunstancia, quizá no era el mejor tema para él, pero salió a flote con oficio.

    Cerca del final comenzó a disparar munición gruesa con Para la libertad. Un popurrí concentró las tonadas célebres de Penélope, Barquito de papel y Tu nombre me sabe a hierba, antes del bombardeo masivo con Mediterráneo y Hoy puede ser un gran día, el primer bis con Lucía y Cantares, con un enérgico coro de dos mil gargantas coreando “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Para el segundo bis cayeron No hago otra cosa que pensar en ti y Fiesta. Y cuando medio teatro estaba buscando un taxi, volvió para regalar la última emoción: “Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia”, verso que quedó guardado en cientos de celulares que transgredieron las estrictas reglas anunciadas por la locutora 150 minutos antes. “En un rincón, en un papel, en un cajón”, o en una tarjeta de memoria.

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