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El hincha, que siempre cree tener razón cuando lo que en realidad tiene implantado en sus ojos es un vidrio esmerilado con el color de una sola camiseta, divide a los equipos en ganadores y perdedores. Es el maniqueísmo, tan viejo como el primer código moral o valorativo. Si ese hincha además pretende sostener un costado filosófico, hablará del peso de la historia o de camisetas con mística. Está claro: nadie desea ver a sus jugadores derrotados en el campo de batalla, lamentándose por un penal errado, cubriendo sus cabezas de vergüenza con la camiseta o sencillamente llorando.
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Gary Medel nunca fue un jugador simpático. Defensa retacón y con rostro de roedor malo, ha demostrado varias veces su mala leche en la cancha. Pero el temple desplegado contra Brasil en cada cruce y trancazo fue admirable. Jugó desgarrado, con ambas piernas emparchadas. Y bancó como un espartano en las Termópilas contra los delanteros brasileños, contra las tribunas y contra todos los que afirman que los chilenos arrugan en las bravas. Chile tiene un historial negativo contra Brasil, nunca puede ganarle. El toro tampoco puede contra el torero, pero jamás arruga, siempre da pelea y deja su sangre en la arena. Y así murió Chile. La derrota como un destino inexorable se la estampó en la piel Mauricio Pinilla, el hombre que reventó una pelota contra el travesaño en el alargue. Con esos tatuajes, Chile, siempre te van a matar.
Uruguay posee más títulos —y se jacta de poseer más testículos también— que Colombia. Muchos más (títulos, no testículos). Sin embargo no pudo superar a un sólido equipo. A veces es sencillo: gana el mejor en la cancha, no el que tiene más historia o una mejor vitrina.
México, que hizo un buen partido hasta los últimos minutos, se vio superado por Holanda, que ya lleva tres finales del mundo disputadas y ninguna ganada. “Esos perdedores de naranja”, diría el hincha de mirada esmerilada. Por su parte, la parcialidad azteca sostiene con histéricos gritos que los goleros adversarios son todos homosexuales. A la visión esmerilada se agrega la ya clásica descalificación sexual. Y además, el D.T. mexicano dijo que los arbitrajes los perjudicaron. Al parecer, hay persecución contra Suárez y también contra los mexicanos.
Nigeria, que también luchó, se fue a los vestuarios en silencio contra Francia, potencia nuclear y una vez campeona del mundo. El dato de color lo aportó el francés Matuidi, que con la pierna un poquito en alto quebró al nigeriano Onazi y se ganó una intrascendente amarilla. Para la FIFA —que recordemos es una asociación ejemplarizante en el juego limpio y sin fines de lucro— quebrar a un futbolista no es tan grave como morderlo, a menos que vuelvan a actuar de oficio, me tapen la boca y deba realizar una disculpa pública desde estas mismas páginas.
Argelia incomodó a la poderosa Alemania, que necesitó la transfusión del alargue para pasar a cuartos de final. Eran tres copas del mundo contra... ¿contra qué?
Si el resultado siempre estuviese cantado de antemano, no existiría la pasión del juego, que tiene mucho de talento, disciplina táctica y azar. Y si no, pregúntenles a los arqueros Julio César y Romero, que todavía están besando los palos que salvaron a Brasil y Argentina, respectivamente.
Favoritos y convidados de piedra. Camisetas con las copas estampadas y camisetas a secas. Pero lo más atractivo del fútbol, cuando suena el pitazo inicial, es la incertidumbre de que Robben te pinte la cara o Neymar la tire a la mierda.