“Todos los educadores hemos vivido situaciones muy duras, durísimas, las más oscuras que se pueda imaginar”, dijo Gabito a Búsqueda en su oficina ubicada en el ala educativa del centro Complejo Belloni, ex- Batallón Nº 9 del Ejército, que alberga a 39 internos, siete en régimen de semilibertad. “Pero esto que hacemos, en muchos casos, es como un apostolado”, agregó. Dos días después, una noticia mostró lo dura que puede llegar a ser la realidad en los centros del Inisa: el domingo 29 se suicidó un joven recluido en el centro Desafío, el quinto adolescente que se mata en una cárcel de adolescentes bajo la actual gestión del Inisa, informó La Diaria.
Aunque a veces el entusiasmo mengua, dijo Gabito, los educadores creen que vale la pena el esfuerzo. “Hay profesores que acá hacen milagros con los chiquilines, esto es muy vocacional”, dijo con afecto piadoso la jerarca, quien es magíster en Educación en Valores por la Universidad Católica, apoyada en su fe.
El edificio y el decorado del ala de educación del centro Complejo Belloni parecen confirmar sus palabras. Las aulas donde estudian los jóvenes detenidos muestran orden, prolijidad y limpieza. Los corredores largos y estrechos de pisos y paredes grises que conducen a los módulos de celdas también lucen varios pasajes coloridos, con murales inspirados en Joaquín Torres García.
La cartelería propone múltiples actividades, cursos formales y talleres socioeducativos: desde informática, electricidad, logística, hidroponía y equinoterapia hasta peluquería, belleza, artesanía, plástica, música, yoga y “cinemate”. También hay fútbol, rugby, gimnasio y boxeo, natación y canotaje en verano, y talleres opcionales de carnaval y de religión. Además, realizan visitas culturales y paseos para socializar, romper la rutina y tener menos horas de encierro.
“Actividad, actividad, actividad”. Esa es apuesta del Inisa para estimular el desarrollo socioeducativo de los jóvenes. Fulco dijo que el objetivo es atender “especialmente” a los adolescentes que estén fuera del sistema escolar con intervenciones pedagógicas destinadas a “nivelar estudios” y “reintegrarlos”.
La educación es “la gran herramienta de inclusión y de construcción de un proyecto de vida”, agregó Gabito.
Los jóvenes infractores llegan a los centros del Inisa a partir de los 13 años y permanecen allí hasta que cumplen la medida impuesta por la Justicia, a veces hasta los 23 años.
Los jóvenes infractores llegan a los centros del Inisa a partir de los 13 años y permanecen allí hasta que cumplen la medida impuesta por la Justicia, a veces hasta los 23 años.
En general, esta población desertó del sistema educativo formal y no tiene incorporados hábitos sociales —puntualidad, higiene, buena presencia y trato—. Por eso, dijo Gabito, en los centros de reclusión todo se hace a una hora fija: el sueño, la vigilia, el estudio, las cuatro comidas, los ocios, el deporte.
“Persona humana”.
Es viernes de tarde y llueve en el Complejo Belloni. Un perro, al que los encargados de la seguridad llaman Rubio, se expurga a la entrada. La directora resopla al enterarse de que alguien dejó una canilla abierta y desbordó un balde que provocó un charco en el pasillo del espacio educativo del Inisa —donde funcionan los talleres por la mañana y luego el liceo—, una zona que da a una huerta donde el aire huele a tierra mojada. Varios profesores de Secundaria faltaron a clase debido al mal tiempo. Algunos jóvenes se embarran con una pelota, otros pasan las horas en el gimnasio o en las celdas. El año empezó con 80 internos, unos 20 por módulo; ahora la población se redujo a la mitad.
Algunos lucen ropa “de marca” o de feria, remeras ajustadas, gorritas de béisbol, tatuajes, mucho desodorante. En uno de los celdarios se escucha cumbia a tope, entre chirridos de rejas que se abren y se cierran. En cada centro se repite más o menos el esquema.
“Estar acá me ayudó abundante. En la calle estaba mal, me mandé muchas cagadas. Pero acá te tratan como si fueras una persona humana”, cuenta Oscar, de 18 años, detenido por un delito de rapiña. Tiene el pelo rubio cortado casi al ras, jeans, caravana en la oreja, campera y championes Nike. A Oscar, que cursa segundo de liceo, le brillan los ojos cuando habla de su hijo de 11 meses, que el viernes lo visitó.
'Estar acá me ayudó abundante. En la calle estaba mal, me mandé muchas cagadas. Pero acá te tratan como si fueras una persona humana', cuenta Oscar, de 18 años.
Oscar ocupa el módulo A, de preegreso o de internos que salen a estudiar o a trabajar en régimen de semiprivación de libertad. Comparte módulo con un joven que trabaja en la Intendencia de Montevideo y otros dos en Ancap. En agosto, Oscar empezará una pasantía en Antel, tras aprobar un “riguroso” examen psicotécnico, dice a Búsqueda la educadora social Ana Paula Rodríguez, subdirectora del centro.
Alumno ejemplar, según sus profesores, abanderado del pabellón nacional y delegado del módulo por elección de sus compañeros, Oscar dice que ahora quiere vivir tranquilo, hacer las cosas bien, sin armar lío, por su bebé. Antes pateaba el barrio, Gruta de Lourdes, Instrucciones, “todo el día en la calle, las juntas, las drogas y eso”.
“Estábamos aburridos y ta, hicimos lo que hicimos. Ya habíamos robado, pero esta vez me tocó perder... Y ta”. Oscar ahora se permite hasta bromear con la comida. “A veces le falta de todo”, dice con picardía. Ese día almorzaron albóndigas con arroz, pan, agua y fruta.
Los nuevos internos llegan del centro de diagnóstico y derivación al módulo de ingresos (C), donde son evaluados, y luego al de permanencia (B), donde reciben las primeras visitas familiares. Después pasan al de reinserción social (A), con salidas a trabajar o estudiar, en régimen de semilibertad. Un cuarto módulo (D) está destinado a internos con problemas de convivencia y con menos circulación.
“A veces lo que se vive en la sociedad también se refleja acá: gurises que reproducen las rivalidades de barrio. Algunos conflictos se logran sanar con mediaciones. Pero no hay graves problemas de conducta”, cuenta Rodríguez.
El área de educación de los adolescentes está a cargo de dos coordinadores nacionales, seis adscriptos, siete referentes y 86 profesores de Secundaria, que reciben un plus por trabajar en centros penitenciarios. La mayoría del plantel docente lo integran mujeres “con mucha experiencia de aula y en escuelas de contexto”, informó la maestra Lilián Baute, subdirectora de Educación.
El área de educación de los adolescentes está a cargo de dos coordinadores nacionales, seis adscriptos, siete referentes y 86 profesores de Secundaria, que reciben un plus por trabajar en centros penitenciarios.
En Montevideo hay dos internos analfabetos, ambos en Belloni. En Canelones hay otros cinco, repartidos entre el Centro Sarandí, que alberga a cuatro, además de un par con dificultades de aprendizaje, y otro en el Centro Granja, donde convive con otro que es “prácticamente analfabeto”. Con todos ellos se trabaja de manera personalizada. Los educadores usan aplicaciones de las ceibalitas para motivarlos y con enunciados muy sencillos en imprenta mayúscula para potenciar la lectoescritura, con material audiovisual, juegos y chistes.
“La alfabetización va más allá de la enseñanza del alfabeto”, de los números, la escritura y la lectura de las palabras y textos simples, dijo Gabito. “Buscamos propiciar el desarrollo de las habilidades básicas para que al salir de aquí los chiquilines puedan enfrentar situaciones elementales de la vida cotidiana, y comprendan, aprovechen y usen la lengua escrita con sentido”.
Dos adolescentes administran la nueva biblioteca del complejo educativo, coordinada por Silvana Torres, maestra de Inisa. Todos saludan con un beso y cuentan que el ejemplar que más llevan los internos es La Constitución en historietas.
Información Nacional
2018-08-02T00:00:00
2018-08-02T00:00:00