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    Pianista deslucido para Brahms

    La Filarmónica de Montevideo con David del Pino en el Teatro Solís

    El programa en la noche del martes 16 en el Teatro Solís fue equilibrado: dos compositores del siglo XX en la primera parte, representantes del llamado nacionalismo musical (Fabini y Chávez) y para la segunda esa mezcla de clasicismo y romanticismo tardío, que es Brahms.

    La “Fantasía para violín y orquesta” del uruguayo Eduardo Fabini (1882-1950) es una obra curiosa. Concebida para violín y piano, su autor eliminó luego el piano y lo sustituyó por orquesta. El resultado es una obra más atractiva desde el punto de vista orquestal que desde el solista. Más allá de la corrección y hasta de los esmeros de Cecilia Penadés como violín solista, parece notorio que el autor se encontraba más cómodo y puso más garra en lo que escribió para la orquesta acompañante, que termina siendo más protagonista que acompañante. Las armonías de cuño impresionista, la apelación a la forma “estilo” del folclore como recurso melódico, todo dentro de un eclecticismo que equilibra el toque local con la formación europea de Fabini. Esto es de alguna manera el sello del autor y esta “Fantasía” no es la excepción. El director peruano David del Pino Klinge fue muy cuidadoso en el balance de la orquesta con la solista aunque, vale la pena repetirlo, hay un balance infranqueable entre ambas partes desde la misma partitura.

    Al aire melancólico de Fabini siguió la escritura exultante del mexicano Carlos Chávez (1899-1978) en su “Sinfonía India N°2”. Obra breve, empieza con un despliegue frenético de diferentes ritmos entrecruzados. Siguen cinco o seis fragmentos en donde se alterna el sosiego con el brío. En uno de los pasajes lentos es inevitable la asociación con Aaron Copland, más específicamente con tramos de su “Primavera en los Apalaches” si bien es justo decir que esta obra es de 1944 y la de Chávez de 1936. Pero es una prueba de que la intertextualidad existe no sólo en literatura sino también en música. Termina la sinfonía con una danza furiosa y alegre. El carácter sanguíneo del director peruano pudo explayarse a gusto con esta obra. Logró una respuesta muy adecuada de la orquesta con el único descuento que la sonoridad de los bronces debió ser algo más filosa en el conjunto.

    En la segunda parte se hizo el “Concierto para piano N°1 en re menor” de Johannes Brahms (1833-1897), una de las grandes obras de todos los tiempos para piano y orquesta. Detalle notable: mientras Eduardo Fabini compuso su “Fantasía para violín y orquesta” a los 46 años y Carlos Chávez su “Sinfonía India N°2” a los 47 años, Brahms compuso este concierto durante cinco años; fue la obra que le insumió más tiempo para darle su forma definitiva. Pero esos cinco años fueron entre sus 21 y 26 años de edad. Y cuando uno lo escucha, no puede creer que esa densidad en la escritura, que esa belleza y nobleza en sus melodías, hayan salido de la cabeza de un joven de esa edad. Pero bueno, es lo que tienen los talentos, que afortunadamente existieron y seguirán existiendo.

    El pianista alemán Andreas Henkel no estuvo a la altura de la obra que abordó. Para empezar su digitación no es muy prolija, con algunos yerros en los tres movimientos del concierto, aunque más notorios con la velocidad del primero y el último. También debe atribuirse a falencias de su mecanismo el escaso atractivo de su sonido y la cortedad de su rango dinámico. Pareció despertar cuando acometió la sucesión de acordes fortissimo por la mitad del Adagio, único momento donde se le vio más comprometido con la expresividad. Pero antes y después de ese momento fugaz, su enfoque de Brahms fue insulso. Se mostró más a gusto cuando fuera de programa hizo una de las varias “Canción sin palabras” de Mendelssohn, para premiar así los aplausos de un público que evidentemente no debe opinar lo mismo que este cronista.

    David del Pino extrajo de la orquesta una respuesta más enjundiosa que la del solista. Algún ensayo más no habría venido mal al conjunto, sobre todo por algún desajuste en el primer movimiento, pero aún así la orquesta sonó bien y el maestro peruano supo apretar el pedal lírico de Brahms en los dos primeros movimientos. La batuta de Del Pino es muy buena para la orquesta y muy disfrutable para el oyente. Será interesante verlo en un par de semanas haciendo Elgar y Strauss.