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    Popurrí nupcial

    Las señoras Hemingway, de Naomi Wood

    Amaba los gatos, el boxeo, el alcohol, los toros, la caza, la pesca. Fue soldado, camillero y corresponsal de guerra. Del periodismo heredó un estilo sobrio y directo que luego aplicaría en sus obras, por las que llegó a ser uno de los grandes narradores del siglo XX, ganador del Premio Pulitzer en 1953, con El viejo y el mar, y del Premio Nobel en 1954. Ernest Hemingway vivió en Estados Unidos, Cuba, Italia, París, España. En todas sus residencias tuvo varios amores fugaces y siempre alguna amante permanente que luego se convirtió en esposa, hasta que llegaba otra amante y otra esposa. Sin embargo, no hubo mujer que pudiera salvarlo del alcoholismo ni de la depresión, y se terminó suicidando con un tiro de escopeta en la boca. Era el 2 de julio de 1961 y tenía 62 años.

    Muchas investigaciones biográficas, e incluso la propia obra del escritor, han aportado cantidad de datos sobre su vida y sus múltiples amores. De ese material se nutrió la narradora inglesa Naomi Wood (Reino Unido, 1983) para escribir Las señoras Hemingway (Lumen, 2014), una novela “alentada por la imaginación”, que no es una biografía pero que se termina leyendo como si lo fuera. A través de cuatro personajes, que son las cuatro esposas que tuvo el escritor, surge la figura de un Hemingway al mismo tiempo genial y terrible, apasionado y egoísta, vital y depresivo.

    Con una aparente sencillez narrativa, al mejor estilo Hemingway, la autora compone personajes complejos y auténticos en sus reacciones y emociones y los ubica en un contexto de época sólido que describe con bellísimas imágenes, algunas de ellas muy poéticas. En conjunto, el libro es una buena competencia a la mejor de las biografías de Hemingway.

    “Apoyando la frente en el vidrio alcanza a ver la habitación de la amante de su marido”. Quien así mira por la ventana es Hadley Richardson, la primera esposa de Hemingway y madre de Jack, “Bumby”, su primer hijo. Su ventana está frente a la habitación de su amiga, Pauline Pfeiffer, conocida como “Fife”, que escribía para Vogue, era esbelta, moderna y atractiva.

    Cuando está mirando por la ventana, es 1926 y Hadley sabe que Fife tiene un romance con su marido, pero igual la invita a veranear con ellos en Antibes, balneario de Francia.

    Hemingway había conocido a Hadley en una fiesta en Chicago, en 1920. Él tenía 21 años y era hermoso. Ella tenía ocho años más, venía del Medio Oeste americano y se sentía como “una campesina guapetona”. Él venía de la Gran Guerra con una herida de mortero en la pantorrilla derecha y el desengaño de un amor llamado Agnes, la enfermera que lo había cuidado en el hospital de Italia.

    Hadley era muy dulce y comprensiva, y desde el comienzo Ernest se sintió muy cómodo con ella, que era su amiga y confidente. Lo curioso es que con el tiempo también sería la amiga y confidente de las otras esposas. Él ya era periodista cuando se conocieron, pero lo que realmente quería escribir era una novela: “Algo contundente, esencial. Sin nada de relleno”. Y logró escribir esa primera novela, pero en un viaje Hadley dejó por descuido el manuscrito en el compartimento de un tren. La valija con el manuscrito nunca apareció y la sombra de aquella pérdida estuvo siempre rondando la vida de la mujer.

    En los primeros años fueron muy pobres, pero ella “siempre se había considerado afortunada por el mero hecho de ser la señora Hemingway”. Hasta que apareció Fife, y al poco tiempo Hadley supo que era la amante de su marido. Entonces le puso un plazo a Ernest: “Lo hago por nosotros. Cien días, Ernest. Pasarán enseguida. Después de eso sabrás lo que necesitas”. En menos de ese plazo, Hemingway supo que necesitaba casarse con otra mujer y lo hizo con Fife.

    Mejor ser amante

    “Qué fácil era entonces, cuando Hadley era la mujer de Ernest y ella la amante”. Así piensa Fife cuando vive en la casa de Cayo Hueso, Florida, en 1938, rodeada de una vegetación exuberante, de sirvientes y de sus hijos, Patrick y Gregory, pero sin su marido. En ese momento, Hemingway era corresponsal en España y cubría la guerra civil. La mujer se sentía atrapada en ese lugar, que aún era un “poblacho”, y deseaba volver a reunirse con sus amigos, “ir de una lado a otro, hablar y reír”.

    Fue por la dedicatoria de un manuscrito que Fife se dio cuenta de que Ernest tenía una nueva amante. “A Marty con amor”, decía. Esa “Marty” era Martha Gellhorn, una corresponsal que había causado sensación en Estados Unidos por sus crónicas de la guerra civil española. La llamaban el “Peligro Rubio” por el color de su cabellera y por la garra para meterse en las trincheras y describir lo que veía.

    Ella y Ernest se encontraron por primera vez en Cayo Hueso cuando Martha estaba de vacaciones con su madre y su hermano. Habían entrado al bar Sloppy Joe’s y allí estaba Ernest: gordo, con un short atado con un cinturón de piola y esperando a que le preparan un Papá Doble, una bebida con mucho alcohol y limón, hecha a su medida y con su apodo.

    Martha ya había leído Fiesta, Adiós a las armas y Muerte en la tarde. Admiraba el estilo de Hemingway y quería aprender de él. “Cuando escribía se esforzaba mucho por manipular las palabras para que resultaran frías y secas, igual que hacía él, como esculpidas a cincel de la dura roca”, dice la narradora sobre Martha. Fue Ernest quien la invitó a cubrir la guerra civil y allí fueron felices en medio de la muerte. Se casaron en 1940, trece días después de que Hemingway se divorciara de Fife. Martha había tenido sus reparos y le había dicho: “Tienes que aprender a no casarte, Ernest”, pero él no aprendió y ella tampoco.

    Hemingway continuaba bebiendo mucho y muy pronto comenzó a destratar a Martha. Ella decidió abandonarlo en París, justo en el momento en que la ciudad se estaba liberando del nazismo. “La guerra era lo único que los había mantenido vivos”, piensa la mujer.

    En una habitación de hotel en París, Martha encontró a su marido muy borracho. También encontró en un rollo de papel higiénico un poema escrito por Ernest con una dedicatoria: “A Mary en Londres”. Entonces descubrió a Mary Welsh, la nueva amante. Esta reportera inglesa del Time se convertiría en la cuarta esposa de Ernest y abandonaría su trabajo, su ciudad y a su marido por seguirlo.

    Ni una sola gota

    Lo primero que la impresionó fueron los estragos del alcohol en el rostro de Hemingway, “un veneno del que abusaban todos los corresponsales que había en Londres”. Lo segundo fue la violencia que despertaba en él la bebida. Mary lo supo el mismo día de su casamiento, cuando estuvo a punto de dejarlo, pero no lo hizo.

    “Ernest no tenía manos de escritor: estaban surcadas de cicatrices y curtidas por la vida del mar. Si pudiera conjurar cualquier cosa de nuevo, sería la confirmación de su tacto”. Esto piensa Mary en el despacho revuelto de Hemingway, en Idaho, cuando él ya se había suicidado. Allí la mujer recuerda cuánto le costaba a Ernest seguir escribiendo, “ya no me queda dentro ni una sola gota por exprimir”, le había dicho. También recuerda la detonación, “como la de un cajón que se suelta de los rieles y cae con estrépito al suelo”.

    Ella afirmó durante mucho tiempo que el disparo había sido accidental, pero poco a poco pudo hablar de la depresión de Ernest, del tratamiento de electrochoque que había recibido, y al que él llamaba “freír panceta”, del suicidio del padre de Hemingway. “Fue un hijo de puta por hacerlo. Un cobarde sin agallas (...) No vio otra solución para ahogar la voz de mi madre. Dios sabe que yo habría hecho lo mismo”, dice el Ernest de Naomi Wood, sin saber que tendría ese mismo final.

    Entre las pertenencias de su despacho de Idaho, Mary, la única esposa que escribió sus memorias, encontró el manuscrito de una novela que se publicaría con el título París era una fiesta. Esa vez no había ninguna dedicatoria hacia una nueva amante, pero sí un cofre con varios recuerdos. “En cada fotografía aparece una pareja acechada por el fantasma de una esposa”, dice la narradora, antes de poner en boca de Mary las palabras que tal vez fueron las del propio Hemingway: “Se acabó. Ya basta”.

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