En 1957, Gabriel García Márquez era un joven corresponsal en París para el diario colombiano El Espectador, además de un escritor que ya había publicado su primera novela, La hojarasca, una muestra incipiente de su genialidad literaria. En ese año, emprendió un viaje de tres meses por varios países de Europa del Este con dos colegas: Jacqueline, diagramadora de una revista parisina, y Franco, corresponsal para una revista de Milán.
“Franco había comprado para el verano un automóvil francés y no sabía qué hacer con él, de manera que nos propuso ‘ir a ver qué hay detrás de la cortina de hierro’”, contó el escritor en el inicio de su crónica sobre la travesía que lo llevó por Alemania Oriental, Checoslovaquia, Polonia, la Unión Soviética y Hungría.
Las crónicas de aquella experiencia, que se publicaron por entregas en varios números de El Espectador, ahora se pueden leer en De viaje por Europa del Este (Sudamericana, 2015), un volumen en el que aparece el García Márquez periodista: lúcido, irónico y gran observador de la realidad menos obvia.
Lo excepcional del libro, y su valor no solo como crónica periodística sino como registro histórico, es que la mirada del hombre idealista y de izquierda no contamina su trabajo como reportero. En el futuro, García Márquez sería amigo personal de Fidel Castro, y nunca cuestionó, por lo menos públicamente, al régimen cubano; sin embargo en estos textos sobre Europa del Este aparece toda su amargura ante una situación más nefasta de lo que se imaginaba.
El pueblo más triste.
Los viajeros partieron de Frankfort un 18 de junio de 1957, y apenas cruzaron la frontera que separaba las dos Alemania aparecieron las primeras situaciones absurdas. Allí, en una tierra sin cultivar y “todavía despedazada por las botas y las armas como al día siguiente de la guerra”, estaba la “cortina de hierro”: unos guardias muy jóvenes, tras “un palo rojo y blanco”, con uniformes pobres y sucios que los hicieron esperar horas, primero mientras terminaban de almorzar, luego mientras inspeccionaban con gran dificultad de lectura sus documentos.
“Yo estaba sorprendido de que el gran portón del mundo oriental estuviera guardado por adolescentes inhábiles y medio analfabetos. (…) Nuestra paciencia soportó hasta el desdichado instante de dictar y escribir el lugar de mi nacimiento: ‘Aracataca’”, escribió García Márquez.
Ese fue el primer impacto, después vino el estado anímico de la gente. Al entrar a un restaurante, se asombraron tanto del abundante desayuno que estaban consumiendo los parroquianos, como de sus rostros. “Nunca olvidaré la entrada en ese restaurante. Fue como darme de bruces contra una realidad para la cual yo no estaba preparado. (…) Franco examinaba la clientela con una expresión deprimida. (…) Era gente estragada, amargada, que consumía sin ningún entusiasmo una espléndida ración matinal de carne y huevos fritos”.
Hundidos en el tedio y despojados de su vida, aquellos alemanes estaban deseosos de encontrarse con extranjeros, incluso de abalanzarse sobre ellos para regalarles cigarrillos y cajas de fósforos. Los tres viajeros quedaron en silencio al salir del lugar. Solo la francesa pudo articular en el auto: “Pobre gente”.
Si en la frontera la cortina de hierro no era una cortina, en Berlín lo que separaba el lado occidental del oriental era solo una puerta, la Brandenburgo, “donde flotaba la bandera roja con la hoz y el martillo”. Aún no existía el muro de Berlín, que se construyó en 1961, pero las diferencias de vida entre un lado y otro de la ciudad eran notorias.
En su crónica, García Márquez tampoco es complaciente con Berlín Occidental, a la que consideraba “un laboratorio” en el que los Estados Unidos llevaban la batuta: “Yo creo humildemente que es una ciudad falsa. (…) Los anuncios de los almacenes, la propaganda, la carta en los restaurantes están escritos en inglés. En el territorio de Alemania Occidental hay cinco emisoras donde nunca se ha transmitido una palabra en alemán”.
Sin embargo, frente a ese bullicio luminoso invadido por los norteamericanos, estaba el lado oscuro tras la bandera roja: “La réplica socialista al empuje del Berlín Occidental es el colosal mamarracho de la avenida Stalin”, dice al encontrarse con “una indigestión de todos los estilos que corresponde al criterio arquitectónico de Moscú”.
Pero lo peor que ve García Márquez no es el mal gusto de la decoración en general, ni “los horribles vestidos de espantapájaros” que confecciona la industria que no tiene incentivos ni competencia, ni tampoco que los edificios permanezcan desfondados tal como los dejaron años atrás los bombardeos, ni que la gente no tenga servicios sanitarios ni agua potable. Lo peor es una ciudad “donde nada es completamente cierto, donde nadie sabe muy bien a qué atenerse”, por eso “viven en un estado de ansiedad permanente”.
De Berlín a Leipzig la situación de pobreza y deterioro espiritual aumenta: “Para nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania Oriental se hubiera tomado el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones y, sin embargo, fuera un pueblo triste, el pueblo más triste que yo había visto jamás”.
Remendados, pero no rotos.
Checoslovaquia fue el país que mejor le impresionó a García Márquez. La agilidad con la que le dieron la visa para entrar y permanecer por 15 días fue la primera buena sorpresa: 10 minutos. Sin embargo, para permitirle entrar a la Unión Soviética, el trámite le había costado “seis años de insistencia”.
En el viaje hacia Praga le llamaron la atención las mujeres con uniforme de hombres a cargo de las estaciones de trenes y la prolijidad de los vagones. En uno de esos trenes, un pasajero le explicó el porqué de la prosperidad económica de Checoslovaquia, que contrastaba con la pobreza de otros países del bloque: “Era el surtidor de maquinaria de muchos países occidentales y de todo el mundo socialista, incluyendo la Unión Soviética”.
García Márquez quedó enamorado de Praga, tanto, que comenta: “No encuentro ningún indicio de la diferencia de sistema”. Pero un detalle, de esos en los que se sabe detener un buen cronista, le mostró la punta de un iceberg más profundo. El capítulo se llama Para una checa las medias de nylon son una joya, y es un agujero en la media de nylon de una cantante la señal de que aquel no era un mundo feliz como parecía.
La pobreza mayor la vio en Varsovia, pero también allí constató el mayor antisovietismo. “Destrozados por la guerra, rematados por las exigencias de la reconstrucción y los errores de sus gobernantes, ellos tratan de seguir vivos con una cierta nobleza. Están remendados, pero no rotos. (…) Dentro de sus ropas viejas y sus zapatos gastados los polacos conservan una dignidad que infunde respeto”.
Lo cierto es que los polacos desconcertaron a García Márquez. Eran antisoviéticos y antiamericanos, y algunos eran católicos a la vez que comunistas, como lo era una mujer que le explicó al periodista: “Las dos cosas conducen al mismo fin. (…) Lo estamos aprendiendo en la experiencia polaca”.
En la URSS se encontró con la suntuosidad y la enormidad de Moscú, al mismo tiempo que con la precariedad de las aldeas por las que pasaba el tren, que lucían una “burda” ornamentación de realismo socialista.
“Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita”, comenta García Márquez cuando relata su estadía como invitado a un gigantesco Festival Internacional. “A los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar”, agrega.
Lo que descubrió de esa URSS “acabada de levantar” fue una kafkiana burocracia (aunque Kafka era uno de los autores prohibidos) y los perversos mecanismos de censura: las radios tenían “un solo botón” para sintonizar radio Moscú y la prensa un solo diario: Pravda. Como curiosidad para el lector uruguayo, al describir el tránsito “abigarrado” en torno a la plaza Roja de Moscú, comenta: “El nuevísimo Cadillac del embajador del Uruguay —el del embajador de USA es un modelo antiguo— contrasta con los automóviles rusos de colores neutros”.
Un año antes de este viaje, la URSS había invadido Hungría y se había desatado una represión dura contra cualquier muestra de rebeldía. Cuando García Márquez llegó a Budapest como parte de una delegación de observadores, tenía un obvio interés periodístico por saber qué pasaba en ese país. Pero le fue difícil, porque se encontró con un régimen marcial, dirigido por el húngaro Janos Kadar, y una población que no quería hablar porque desconfiaba tanto de las autoridades como de sus invitados. En una recepción oficial, después de los pesados discursos, un delegado le dijo al oído: “Esta gente se está muriendo de miedo”.
De viaje por Europa del Este es un libro escrito con la calidad literaria de quien sería Premio Nobel de Literatura. Pero en este caso, lo más importante es su calidad testimonial y periodística capaz de resumir en 147 páginas una realidad tan compleja como terrible.
“Cuando la gente calla —por miedo o por prejuicio— hay que entrar a los sanitarios para saber lo que piensa”, escribió después de sentir cómo todo el mundo dejó de hablar cuando él entró a un bar en Budapest. Entonces fue al baño, y allí encontró las palabras que nadie le decía: “Kadar, asesino del pueblo”, “Kadar, traidor”, “Kadar, perro de presa de los rusos”.
Con esas leyendas termina su crónica por Europa del Este. Justo ahí, cuando las paredes húngaras empezaban a gritar.