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Faldas, vestidos, pompones, apliques, gorros, vinchas, trajes de una pieza o varias, esferas y lunares de todas las formas, tamaños y colores: rojo, amarillo, rosado, celeste, fucsia, violeta, naranja y verde (oscuro y manzana). El vestuario de la célebre diseñadora española Ágatha Ruiz de la Prada, creado especialmente para el elenco, es el protagonista excluyente de la versión de La bella durmiente, del jueves 15 al jueves 29 por el Ballet Nacional del Sodre, en el debut del español Igor Yebra al frente de la compañía. Pese a la ida de Julio Bocca, el público respondió más que nunca: se agregaron dos funciones y se batió el récord de público del BNS: 27.554 personas en 16 funciones.
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Esta puesta en escena es el emporio del contraste: el magnético diseño va desde lo monocromático a un radical choque de tonos. Los atuendos bailan un juego con reglas propias, en el que, sin embargo, todo vale. Trajes de varón ajustados junto a damas enfundadas al tono. Todo muy lúdico.
De la mano de la formidable música de Chaikovski (junto a El lago de los cisnes y Cascanueces, Bella completa su trilogía de grandes ballets), la vista se va de paseo por contornos, texturas, aristas, circunferencias y esa multitud de chirimbolos colgados en la pareja de monarcas-arbolitos-de-Navidad. Se vislumbra la influencia de artistas plásticos contemporáneos como la japonesa Yayoi Kusama, la reina de las esferas. La camaleónica escenografía de Hugo Millán, de color neutro, cambia de color según la luz, pero sin competir con el vestuario, monarca absoluto de este reino.
Esta sugestiva creación contrasta notablemente con una obra pesada, lenta, predecible y muy floja en emoción. Aunque para el grueso del público esto no sea un problema. El elenco mantiene su excelente nivel. El viernes 16 brilló la brasileña Paula Penachio —ascendida en 2017 a primera bailarina— como la princesa Aurora, que se sumó al conocido despliegue de talento de Ciro Tamayo.
Llamativamente, la sobria coreografía del maestro argentino Mario Galizzi —nombre fuerte en la danza latinoamericana— desaprovecha el momento de la obra: la escena del beso, que parece un trámite en el que el oficinista y el usuario apenas se miran a los ojos. Y luego, hay que soportar casi media hora de un tercer acto anodino e insulso, que se limita a cumplir la burocrática función de repartir solos. Pese a que fue recortado a la mitad de su duración, y que es así de aburrido en París, Nueva York o Montevideo, sería interesante que se debatiera sobre la tensión entre tradición y entretenimiento cuando una forma artística somete al espectador a tal grado de tedio.