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    Postales de burocracia

    Estoy en uno de los bares-pecera más tradicionales de Montevideo. Miro por la ventana y echo de menos algo. La vereda luce triste y desangelada: han quitado las plantas.

    Este bar había logrado conjurar la fealdad nacional plantando, protegiendo y regando una larga serie de tupidas plantitas. Sucesivas macetas que ocupaban poco más del ancho del cordón de la vereda.

    Así, para los parroquianos era un placer mirar por la ventana. O quien en una noche calenturienta optaba por las mesitas afuera tenía una fresca muralla verde junto a sí…que lo protegía de la visión del tránsito o los contenedores de basura.

    Le pregunto al mozo qué ha sucedido. “La Intendencia”; “se quejaban los camiones”; “nos multaron”.

    Quedo azorada. En la mesa contigua dos clientes, indignados como yo, empiezan a recitar nombres de bares que ocupan las veredas no solo con innumerables mesas sino con espantosas fuentes y cachivaches diversos.

    El mozo se encoge de hombros y se va.

    Las plantas de este bar eran una iniciativa privada, ecológica, simpática. Todo el que pasaba por ahí sentía ganas de sentarse, protegido por ese mundillo verde, a tomar algo fresco.

    Pero la Intendencia se puso severa con las plantas. Seguramente quería dinero por el hecho de que estuvieran allí. Qué voraz.

    Pienso en la cantidad de objetos espantosos que perlan la ciudad porque pagan: las banderitas de Antel Vera que se alinean a lo largo de 18 flameando como si hubiera una fiesta popular, las horripilantes luminarias de la plaza del Entrevero que supuestamente homenajean el carnaval, los ruinosos quioscos céntricos cuyos techos inclinados por el deterioro amenazan caer sobre todo aquel que lee los titulares de los periódicos.

    Mas luego pienso en toda la porquería que inunda la ciudad y que no paga. Inmundicia no siempre medible en centímetros cúbicos pero sí en cuadrados. Por ejemplo, la inmensa masa de carteles de papel de publicidad de conciertos pegados donde venga. Propaganda gratuita que ofrecen los muros de la ciudad a codiciosos empresarios. No son anónimos por cierto: los garroneros firman y lo curioso es que contratan teatros públicos para hacer sus negocios. Eso sí: con mi ciudad no hacen ningún acuerdo para enchastrar sus paredes. Lo hacen y punto.

    Luego recordé la cantidad de palos, hierros, andamios y demás porquerías oxidadas que sostienen casas u obras abandonadas y que ocupan metros y metros de veredas. Durante años.

    Luego pensé en las cacas: de perro, de caballo, de ser humano, de paloma de monte temible (como la plaga de la Plaza Matriz) que todas juntas deben caber en decenas de metros cuadrados.

    Y finalmente recordé, no ya a los vendedores ambulantes —que son sagrados—, sino a unas extrañas bases de material que usan para sostener sus mesas. Cuando se retiran, esa basura pétrea queda eterna y tirada, como sucede en la Peatonal Sarandí, para que los turistas se pregunten de qué clase de monumento se trata.

    Así es la Intendencia. La burocracia. Implacable o inexistente.