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    Procesamientos y judicialización de la política

    Los procesamientos judiciales de gobernantes ponen sobre el tapete varios asuntos de sumo interés político. Zimmer fue procesado con prisión debido a escaramuzas derivadas de la guerra de las patentes. Dichas escaramuzas estaban reñidas con las normas establecidas. Desde ese punto de vista la sanción a Zimmer fue correcta, aunque por la gravedad de la situación, el encarcelamiento es un exceso, comparado con acontecimientos en otros ámbitos como el deporte y como el mismo delito cometido por el ministro Lorenzo y por el presidente del Banco República, Calloia. En ninguno de los tres consta que se hayan beneficiado económicamente, pero Lorenzo y Calloia no solo han incurrido en excesos de poder sino que además, han dejado millonarias pérdidas para el país, han beneficiado (digitado) a un empresario con ambiciones monopólicas sobre el transporte en el Rio de la Plata y regional, además de estar al tanto de una parodia empresarial de “alto vuelo” iniciada por el ministro de Transporte y Obras Públicas (seguramente a pedido del presidente de la República) con una fachada legal de remate que resultó trucho. Y un tema no menor, dejaron en la calle a cientos de funcionarios de la única empresa de aviación de bandera uruguaya. Hay pérdidas económicas muy importantes, se perdió una empresa, se perdió interconexión aérea con la región (fundamental para el Turismo, primer o segundo lugar en ingresos para el país), y centenares de funcionarios que aún no trabajan. W. Zimmer y el Secretario de la Intendencia de Colonia falsearon documentos e hicieron tramoyas para obtener un rédito para su Departamento, pero en términos generales el país no perdió un solo peso, nadie quedó en la calle por trabajo, no cerró ninguna empresa importante del Estado y no afectó una fuente importante de ingresos para el país como lo es el turismo. Esto por supuesto no los exime de responsabilidad. Todos metieron la pata.

    Ante esto, otra vez varios dirigentes políticos salen con el tema de la “judicialización de la política”(al decir de E. Valenti, “es peligroso para la política y para la democracia”), anteponiendo una vez más lo político sobre lo jurídico, y haciendo actos políticos de desagravio a los procesados, en crítica a las decisiones del Poder Judicial. Si bien es necesario rever la amplitud de la ley que castiga el abuso innominado de funciones para los administradores públicos, no es prudente eliminar la única herramienta que hay para castigar a los políticos o administradores públicos que meten la pata (siquiera la mano en la lata). Castigar solamente por ley ordinaria de malversación de fondos o enriquecimiento ilícito, es un muy mal paso para el control de la Administración Pública. No solo es delito beneficiarse económicamente abusando de las funciones, también lo es hacer las cosas mal (más si hay pérdidas para el Estado). Ser un administrador público implica responsabilidad sobre los recursos de todos los uruguayos, y su impacto es mucho más general que el de una empresa privada. Afecta positiva o negativamente a quienes aportan mediante impuestos y que a su vez con ello se les paga el sueldo. Imaginarse que lo hecho por Calloia, Lorenzo y Zimmer no sea penado es un delirio con el que sueñan muchos políticos. Dar carta blanca y no ser responsables legalmente por sus actos como administradores de gobierno, es un disparate. ¿Solo se les juzgaría si roban? ¿Será el pueblo quien los sancione con su voto y no la justicia? Es una falacia, porque simplemente la habilidad de comprar silencios mediante pseudo-obras sociales es una de las mejores armas de la política: la demagogia. Nadie está libre de cometer errores, pero los administradores públicos tienen el deber y la obligación de obrar bien y de rendir cuentas (cosa rara de ver), y también tienen la obligación de responder por sus malos actos. El Tribunal de Cuentas, auditor por excelencia de la Administración Pública, no tiene poder sancionatorio ante desvíos de las normas legales en actos de administración gubernamental, y por la misma razón los políticos en cargos de gobierno hacen, en la inmensa mayoría de las veces, caso omiso a sus observaciones y advertencias. La sordera a no pocas observaciones realizadas por el Tribunal han perjudicado al Estado y por ende a todos nosotros (con pérdidas económicas que solventamos con impuestos). Entonces, ¿se debe dejar al libre albedrío del sistema político la sanción de los casos de faltas sin beneficio (dolo) personal de los administradores? ¿Sería válido el argumento del Ministro Lorenzo sobre que todo lo que hizo fue en bien de la República sin tener más sanción que la crítica de los partidos de oposición? Es un reverendo desatino y una discrecionalidad inaudita, que alimenta el argumento banal de la judicialización de la política, que no es más que una artimaña que pretende dejar sueltos de manos a los políticos (y muchas veces a los pseudo-políticos que entraron por la ventana con otras intenciones), con la excusa de que es por el bien de los uruguayos y de la República, como si se tratara de un “bien preferente” en que los ciudadanos no tenemos capacidad de discernir tratándonos de tontos e ignotos. En los países serios, quienes cometen faltas (y muy menores), directamente renuncian, piden perdón y se someten a la Justicia. No hacen actos políticos de desagravio; tienen vergüenza. El Poder Judicial tiene su cometido y toda persona que obre en contra de la ley debe comparecer ante él y atenerse a sus fallos. Somos todos iguales ante la ley, con el debido proceso. Quizás, habría que darle herramientas sancionatorias al Tribunal de Cuentas. Si las normas no son las correctas para una buena administración, que se cambien por la vía que corresponde, pero dar carta blanca a los gobernantes, no pasa más que en las republiquetas.

    Mag. Alvaro Sánchez Balcewich

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