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    Prueba de fuego superada

    “3”, de Pablo Stoll, irá al Festival de Cannes

    Muchos se preguntaban qué haría Pablo Stoll, coautor de dos de las más aplaudidas películas uruguayas (“25 watts” y “Whisky”), luego de que su colega (y hermano del alma) Juan Pablo Rebella desapareciera trágicamente en 2006. Y Stoll no se quedó quieto. En 2009 presentó “Hiroshima”, una película muy personal, familiar, intimista, donde su propio hermano era el centro del asunto. La acogida fue diversa, pero en general favorable, aunque su exhibición muy limitada (solo una vuelta los fines de semana en una única sala) fue impuesta por él mismo sin mayores explicaciones.

    En carpeta había sin embargo un proyecto concebido por el trío Rebella-Stoll-Delgado que, por razones obvias, quedó guardado por varios años hasta que Stoll lo desempolvó y prácticamente lo reescribió antes de pasárselo a Delgado para su revisación. De ahí surgió 3 (cuyo título debe escribirse con números, no con letras, y que acaba de ser seleccionada para la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes), que alude a los tres integrantes de una familia montevideana de clase media y situación bastante común hoy en día: padres divorciados e hija adolescente que procesa su difícil trayecto hacia la madurez, con algunos mínimos personajes laterales y una historia concentrada, minimalista, ajustada a una idea muy concreta que maneja humor y drama con igual solvencia.

    Al comienzo es difícil sentir simpatía por Ana (Anaclara Ferreyra Palfi), una chica de 16 años que no puede justificar sus reiteradas ausencias a clase ante una adscripta (Inés Bortagaray) que le tolera su indolencia solo porque ha sido antes una buena alumna y no desea expulsarla. Y Ana en realidad no hace nada durante esas rabonas, porque ya se la ha visto con su novio imberbe (a quien masturba sin muchas ganas pero con quien no tiene sexo) y sus viajes en ómnibus hacia ninguna parte (excepto para seguir obsesivamente a un muchacho mayor sin hacer otra cosa que pedirle un encendedor de recuerdo). O sea que Ana es, según se diría vulgarmente, una pelotuda que busca lo que no sabe y no encuentra nada que la satisfaga. Se aburre y no halla motivación siquiera en el viaje de estudios del cual es apartada porque no vende números de rifa y tiene muy bajas calificaciones.

    Ana vive con su madre Graciela (Sara Bessio), una mujer aún muy atractiva, taquígrafa en alguna institución oficial, que pasa las noches cuidando a una tía enferma terminal en el CTI y se aburre hasta que conoce a Dustin (Néstor Guzzini), acompañante de otra persona en estado similar. Entre ambos se entabla una amistad muy particular que se intuye puede terminar en romance. Quien anda mediando entre esas dos mujeres que son madre e hija pero se comunican poco es Rodolfo (Humberto de Vargas), dentista y amante de las plantas, que se divorció de Graciela hace diez años y está casado con otra mujer a quien nunca se ve salvo por las colillas de cigarrillo que va dejando diseminadas por cuanto cenicero hay en la casa.

    Rodolfo es un maniático del orden. De perfil bajo, habla con voz tenue y pausada. Juega al fútbol de salón con el hijo de su actual mujer (el argentino Santiago Pedrero), pero ni ahí puede encontrar solaz en la vida. Sus continuas visitas a su hija, a quien protege y aconseja a la antigua, sin que ella atienda ni una sola de sus palabras, indican que se siente feliz en su viejo hogar. Quiere ser útil cambiando bombitas de luz, mandando albañiles a reparar humedades en techo y paredes, trayendo chivitos para la cena y tratando de congraciarse con Graciela porque su matrimonio se cae a pedazos (con esa mujer que fuma mucho y que nunca se ve).

    Pero Graciela se molesta (y a la vez se siente halagada) por las toallas prolijamente dobladas en el baño (ella siempre las deja arrolladas) y por las tres bombitas de luz que su ex marido ha repuesto sobre el espejo y que ella apaga para no gastar. Esa mujer no está hecha para acostarse sola frente al televisor mientras come pizza, ni para pasar horas en el CTI cuidando a una tía a la que tampoco nunca se ve, salvo porque allí está también Dustin, que se parece bastante a Rodolfo aunque no es tan pelmazo. Ahí se siente otra vez atractiva, deseada, importante. No sabe dónde anda su hija y no quiere que su ex marido la importune, porque piensa que tiene derecho a una segunda oportunidad y ese momento puede haber llegado.

    El libreto de Stoll y Delgado está bien armado. Se atiene a lo que importa y no se ocupa de asuntos laterales. Quiere describir puntillosamente a esa familia que se ha desintegrado pero donde ninguno está satisfecho. Ana no sabe lo que quiere, hasta que se contacta con un albañil casado y experimenta el sexo con mayúscula, no la pasiva relación con su novio imberbe. Graciela quiere llenar su vacío existencial pero quiere y no quiere que Rodolfo la vigile de cerca y cuide de ella. Este, por su parte, nunca levanta la voz (ni cuando es agredido en un partido de fútbol por un irascible Alfonso Tort), busca un lugar para sus desalojadas plantas, se va de la casa y se sospecha con fundamento que añora la calidez de su viejo hogar.

    Una película construida de esta manera, con la atenta cámara de Bárbara Álvarez y el montaje ajustado de Fernando Epstein para centrarse en primeros planos, crear una ambientación cerrada pero nunca opresiva, que funciona como el espejo espiritual de esos personajes en busca de sí mismos, de lo que perdieron y no están seguros de volver a encontrar, es la prueba de fuego que Stoll necesitaba para demostrar que sigue siendo tan buen director como lo era junto a Rebella. Tiene un estilo muy reconocible (incluso su discutible gusto musical) y es fiel a una manera de narrar siempre precisa y atenta a los detalles.

    Cuenta con un elenco excelente, donde Humberto de Vargas muestra una veta desconocida para quienes lo han apreciado solo como engolado locutor de televisión. El hombre ha probado ser un consumado actor teatral y acá resiste la intimidad de la cámara con un tono apagado, casi ratonil, que le va como anillo al dedo a su personaje, a quien entiende cabalmente y logra comunicar todos sus pliegues, casi sin diálogos y solamente con la fuerza de su presencia. Es grato comprobar que el cine uruguayo cuenta con él y que Pablo Stoll reafirma sus condiciones en un filme desde ya imprescindible.

    “3”. Uruguay-Argentina-Alemania, 2012. Dirigida por Pablo Stoll. Duración: 115 minutos.

    Vida Cultural
    2012-04-26T00:00:00

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