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    Quemarse por dentro

    Pasan los años, las décadas, los siglos, y esta obra sigue con la misma fuerza. Uno podría pensar que con todo lo que ha acontecido en los últimos 10 o 15 años en la sociedad occidental, una historia como esta, ambientada hace 120 años, que retrata personas muy infelices que mantienen una relación clandestina mientras tratan como pueden de sostener las apariencias, podría haber quedado vetusta. Pero no. Está a la vista, una vez más, que esta historia está hecha de acero inoxidable. Desde principios de octubre, los lunes de noche un centenar de personas agotan las dos funciones de esta Doña Ramona modelo 2022 que dirige con buena mano Fernando Amaral.

    Estamos en el Uruguay del 1900, en aquella sociedad dividida entre la gente bien y el populacho que vive intensamente la ola de transformaciones sociales de raíz liberal impulsadas por el batllismo. La separación de la Iglesia del Estado acapara la discusión pública y también puertas adentro, mientras que los sectores más conservadores se mueven como pueden para resistir las inexorables reformas y se aferran a las viejas estructuras. En ese marco, nos adentramos en esta casa montevideana de alta sociedad en la que viven cuatro jóvenes hermanos (tres mujeres y un hombre) que han perdido a sus padres. Una familia acaudalada venida a menos. El varón (Mauricio Chiessa) ocupa la figura paterna. De él depende el sostén económico. En la mayor de las mujeres (Gabriela Quartino) ha recaído el rol maternal, que implica mantener el rigor moral en los hábitos y el comportamiento social. Es también el rostro de la postergación personal. La hermana del medio (Soledad Gilmet) es la más idealista, muy influida por las nuevas ideas progresistas y libertarias. Y la menor (Rosario Martínez) es la que mantiene el deseo de casarse con un “buen partido”, léase con dinero y buena posición. La criada (Cristina Cabrera) representa a la clase social más baja, sin educación, eternamente dependiente. En ese marco, el nuevo jefe de hogar, desbordado por las nuevas responsabilidades, contrata una ama de llaves para que “ajuste las riendas” del hogar. Entonces irrumpe en escena Micaela Larroca, en la piel de la protagonista.

    La joven, implacable y segura en apariencia, llega desde el interior e intenta devolver a la familia el fervor religioso perdido. Con un férreo apego a las normas, intenta imponerse desde la autoridad y el poder. Pero en poco tiempo todo se complica cuando la nueva jefa y el hombre de la casa se ven atrapados en una inevitable espiral de atracción, de la que no pueden escapar, pero que intentan —en vano—reprimir. La lucha interna de ambos —sobre todo de ella— entre el deber ser y las verdaderas pulsiones y emociones que los dominan, es el corazón dramático de esta historia. Y el secreto de su vigencia.

    Basado en la novela homónima de José Pedro Bellán, el dramaturgo Víctor Manuel Leites escribió la adaptación teatral a comienzos de los años 70. La primera versión se estrenó en el teatro El Galpón en 1973 con dirección de Amanecer Dotta. Pero la más recordada es la de Teatro Circular, estrenada en 1982 con dirección de Jorge Curi y con Jorge Bolani en el rol coprotagónico. Fue uno de los baluartes de la resistencia cultural a la dictadura, pues ese contexto represivo la resignificó completamente. Tres décadas después, Bolani la dirigió en uno de sus últimos trabajos con la Comedia Nacional, con Jimena Pérez en el rol protagónico.

    La puesta en escena saca el máximo provecho de la vieja casona donde está La Cretina, escenario ideal, y pasea la acción por todos sus ambientes. Y el elenco sostiene la acción con gran solidez. Cada uno en lo suyo. Larroca sorprende por su aplomo. Quartino y Chiessa hacen muy bien de papá y mamá. Gilmet y Martínez componen con prestancia el díptico entre rebeldía y sumisión. Una ya revela la génesis del feminismo y la otra refleja los primeros pasos de la exposición pública de la sexualidad, como estrategia de supervivencia. Y Cabrera es la portadora del humor como válvula de escape de tanta presión. Amaral supo construir una historia potente y seductora, y superó el exigente desafío de renovar el atractivo de esta escenificación del violento choque entre el siglo XIX y el XX en el Río de la Plata.

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