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    Queridos frikis

    Los dibujos de Álvaro Amengual son tan inquietantes como magnéticos. Su mundo creativo está poblado de fenómenos de circo, familias de muertos, personajes históricos o de la cultura que muestran su costado más extraño, viudas macabras, mujeres exageradamente voluptuosas y muchos animalitos que aparecen en los lugares menos esperados. En estas obras de grandes dimensiones es todo muy “goyesco”, aunque condimentado con una pizca de humor y de parodia. El conjunto es un gran cuento fantástico o surrealista. La muestra se llama El dibujo al alcance de todos, y se exhibe hasta fines de diciembre en Diana Saravia Gallery (Rincón 622, de martes a viernes de 14 a 18).

    Para entender el espíritu de la exposición, hay que detenerse primero en la dedicatoria que figura en su catálogo: “Dedico humildemente esta exposición a Andrew Loomis, mi querido maestro de la infancia a quien nunca conocí”. Amengual recuerda que cuando era niño en su casa había unos diez libros y cinco eran de Loomis. Fue de las pocas herencias que le dejó su padre. El amor por el dibujo comenzó con ese ilustrador que fue adquiriendo más valor con los años. Ahora, cansado de que el arte se interprete con palabras “oscuras” como “deconstrucción epistémica, disruptivo, procrastinar, recursividad, contrafactualidad”, Amengual afirma: “Yo me bajo acá. Estoy harto y vuelvo al barrio a hojear nuevamente los libros de mi querido amigo Andrew Loomis, con la esperanza de que otra vez el arte vuelva a estar al alcance de todos”.

    Sus dibujos son de diferentes épocas. Uno de los últimos se titula El rapto de Europa, y muestra un toro enorme en cuyo lomo hay un planisferio del mundo en el que falta Europa. Al lado del toro, un hombre pequeñito mira asombrado un globo terráqueo en el que sí existe ese continente. “El rapto de Europa es un clásico, muy recreado por la pintura. Yo lo hice con tono humorístico. El toro es Zeus, que en la mitología griega rapta a una ninfa llamada Europa. En este caso, en el planisferio vacuno falta Europa”, explica Amengual a Búsqueda.

    Trabaja principalmente en carbonilla, y sus dibujos tienen todos los matices del blanco y negro. Frente al toro-Zeus, un retrato de Paul Klee mira con sus ojos penetrantes. Es uno de los artistas que más admira Amengual, uno de sus referentes.

    “Aunque no lo parezca, esta es una mujer”, dice frente a su obra Flip de Yucatán, que integra su serie Los fenómenos. Son obras impactantes, una verdadera galería de seres deformes. Flip y Pip eran las “gemelas de Yucatán”, que nacieron con cráneos anormalmente pequeños. Aparecieron por primera vez en la película Freaks (1932), de Tod Browning.

    Amengual encontró la foto de Flip y la dibujó con un cuerpo gigantesco y una cabeza pequeñita en forma de triángulo, igual que sus orejas, que sobresalen como alas. “Obviamente que yo amplifiqué su figura. Todo lo que hago es a partir de modelos sacados de fotografías antiguas que reinterpreto. Altero las proporciones”, explica.

    El hombre oruga y su esposa es una de las cuatro pinturas a pastel de la muestra, también parte de Los fenómenos. El hombre no tiene brazos ni piernas, su cuerpo es enorme y está sentado en una silla junto a su mujer menuda. “Este tipo trabajó en el mismo lugar que Flip de Yucatán, en el circo de fenómenos. En la película Freaks, aparece sacando un cigarrillo de la caja con la boca y lo prende, mientras habla con otra persona. Tuvo una vida relativamente normal, se casó, tuvo hijos”.

    Obviamente Amengual siente una atracción especial por estos seres deformes. ¿Por qué? “Porque soy enfermo”, contesta, y se ríe. Pero también agrega: “Sobre todo me atrae la forma, rotunda, contundente, la arquitectura de los cuerpos. La geometría”.

    Fuera de estos frikis de circo, aparecen otros “raros”, como Felisberto Hernández. En la muestra hay dos dípticos que lo tienen como personaje. En uno, Felisberto después de África, el escritor está parado de traje negro en medio de una casa inundada. La imagen de al lado es de África de las Heras, una de las esposas que tuvo Felisberto y que resultó ser espía soviética. Las imágenes están separadas, como partidas por una barrera, pero tienen una continuidad. África mira para el lado contrario al de Felisberto.

    El otro escritor uruguayo es Juan Carlos Onetti. Amengual lo dibujó en medio de un paisaje desagradable. “Es la calle Veracierto, cercana a donde yo vivía en La Curva de Maroñas. Una calle muy triste, muy desolada, rodeada de fábricas. Me parecía que iba bien con el espíritu de Onetti, y me gustó juntar esa fealdad con su elegancia, con su presencia”.

    En sus obras siempre hay bichos, gatos, palomas, conejos, algún cuervo, porque a Amengual le encantan los animales. En una de sus pinturas a pastel, La niña del erizo, el absurdo es total: la niña se mira al espejo mientras acaricia en su falda un erizo grande y gordo, como si fuera un gato. En Autorretrato con la dama del armadillo, se dibujó a sí mismo mientras retrata a una de las modelos de Toulouse-Lautrec. “No me digas que no es una ternura ese armadillo”, dice Amengual señalando el animalito al costado de la modelo.

    A Pilar Barradas, esposa del artista Rafael Barradas, la dibujó también a partir de una foto. Hay algo que no coincide en la imagen: su cuerpo es grande como una heladera, pero tiene un vestido de niña y una expresión aniñada. “Siempre me gustó cómo la pintaba Barradas, como si fuera una mole, una masa. Encontré esta foto con esa cara tan ingenua y me dije: ‘Esto es un postre’”.

    No me toques es el título de otro de sus pasteles de la serie Los fenómenos (ver foto). El título tiene reminiscencias bíblicas: recuerda la frase que le dijo Jesús a María Magdalena luego de su resurrección. Pero el dibujo de Amengual no es bíblico. Allí hay un hombre muy poco agraciado y una muchacha que quiere tocarlo. Él levanta las manos, ella tiene una falsa inocencia. Irreverencia y genialidad en una sola imagen.

    Amengual está asombrado porque desde que se inauguró la muestra el 13 de noviembre ha vendido dos de sus cuadros con imágenes poco benévolas. Uno es Malicia, una niña cuya foto le recordó a la Alicia de Lewis Carroll, pero él la convirtió en una chiquilina de ojos diabólicos, igual que la cara del gato que acaricia. La otra obra se llama Los muertos, y es una familia que da miedo. “Yo tuve una familia así. Eran todos monstruos, pero los disfruté mucho”, dice, y parece convencido de que ellos fueron también su inspiración.

    “Hay en sus obras una atmósfera de encierro, de olor a humedad, de foto vieja… Huelen a tristeza, a derrota, a orina... Él, su creador, como un gato, pareciera deleitarse en esos polvos añejos, en esos libros de hojas carcomidas por ratones, en lugares cuyos verdaderos dueños son los animales nocturnos”, escribió para el catálogo Marcelo Melluso, curador de la muestra, en un texto de título certero: El clasicismo lisérgico de Álvaro Amengual.

    A pesar de que no se considera un caricaturista, Amengual conserva la técnica que practicó después de trabajar diez años en medios de prensa. De allí que en sus obras lo macabro se mezcle con lo risueño. Para comprobarlo, hay que visitar El dibujo al alcance de todos. Su mundo de frikis es adorable.

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