Punta del Este año 0. Esta es la denominación que cabe hacer para el balneario luego de la seguidilla de hechos protagonizados por grupos de jóvenes desmadrados, vecinos secuestrados y autoridades infectadas por el virus del pobrismo.
Punta del Este año 0. Esta es la denominación que cabe hacer para el balneario luego de la seguidilla de hechos protagonizados por grupos de jóvenes desmadrados, vecinos secuestrados y autoridades infectadas por el virus del pobrismo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl epicentro del drama es la rambla de circunvalación de la península, a la altura de la calle 27. Allí, centenares de jóvenes entre los cuales abundan los menores de edad abusan de todo lo que pueden abusar: alcohol, drogas, sexo y también hospitalidad involuntaria, pues los jardines públicos y privados son usados para defecar, vomitar, aparearse, drogarse y dormir la mona.
En vano, los damnificados han intentado obtener una respuesta por parte de las autoridades locales y nacionales. Para el proyecto pobrista que impulsa el gobierno, los jóvenes son como las vacas sagradas de los hindúes: intocables. Especialmente este tipo de jóvenes, siempre dispuestos al alboroto y al desorden.
“Ser joven no es delito”, rezan las pintadas en muchas fachadas montevideanas. Es la respuesta tonta y simplista a la iniciativa de los partidos tradicionales para revisar la edad mínima de imputabilidad. Es verdad: ser joven no es delito. Pero delinquir sí es delito, y lo que se busca es limitar la delincuencia juvenil, no castigar a los jóvenes por jóvenes.
Ahora bien, el desbarajuste armado por la marea humana en el balneario no molesta a la masa de los llamados ciudadanos de a pie, sempiterna carne de cañón y víctimas de cuanto desmán hay en la República, sino que a prominentes turistas y gente de alto poder adquisitivo, no acostumbrados a ese tipo de maltratos y no dispuestos a aceptar cualquier cosa. En consecuencia, y ante la falta de acción por parte de la Policía, varios de los vecinos damnificados comenzaron a buscar vías legales para poner punto final al circo juvenil.
El Estado uruguayo, cuya incapacidad para defenderse de las acciones legales por parte de individuos y organizaciones es proverbial, se enfrentará a una catarata de juicios y demandas millonarias. Un ciudadano alemán, por ejemplo, exige que se le indemnice con dos millones de dólares. Otros vecinos han iniciado medidas similares. Muchos más les seguirán.
Sin embargo, lo que asusta es la reacción de las autoridades nacionales. A una reunión reciente, cuyo objetivo era encontrar una salida a este problema, concurrieron, entre otros representantes oficiales, el alcalde del balneario, el jefe de Policía y el prefecto del Puerto.
Y aquí aparece la radiografía de un vivo ya muerto. Ninguno de los presentes creyó conveniente ponerle punto final a la pesadilla de los jóvenes “sacados”. No hay que provocar reacciones, dijo uno. La Policía tiene la situación bajo control (sic), sostuvo una fuente policial.
Pero quien puso la guinda más grande sobre la torta fue el alcalde de Punta de Este, al sostener que este problema “se irá diluyendo a medida que vaya pasando la temporada y se retiren tanto los propietarios como los jóvenes”. Es como decir que no hay ningún problema con la rabia del perro, pues basta con esperar a que el perro se muera para que se termine la rabia.
Y si bien estas declaraciones son mitad insólitas y mitad estúpidas, lo expresado por el representante municipal va aún más lejos. Hay que permitirles a los jóvenes que se expresen con libertad, dijo este señor, y agregó, para que nadie cultive una luz de esperanza sobre el futuro de la vida nocturna en Punta del Este y sobre la vida cotidiana en el resto del país: “Gracias a los jóvenes Punta del Este tendrá su futuro”.
Son varias las dimensiones generadas por estos hechos delictivos. Se podría cuestionar si las autoridades son conscientes de las consecuencias negativas que cosas así tendrán, inevitablemente, para el futuro de Punta del Este. Es posible sospechar que el socialismo populista imperante en el partido de gobierno alienta este “ataque” a los “enemigos de clase”.
Pero también hay que quebrar una lanza por los más necesitados: aquellos uruguayos y uruguayas que gracias a la fuerza de atracción que Punta del Este ejerce dentro de los sectores pudientes en la temporada turística tienen asegurados sus ingresos mínimos para subsistir hasta el próximo año. Por ende, las peores víctimas del sabotaje que la izquierda le está haciendo al balneario son los trabajadores zafrales.
Elevando un poco la perspectiva, podemos sacar una conclusión más devastadora aún. Los desmanes protagonizados por adultos, jóvenes y menores de edad en varios puntos de la costa son solamente la punta del iceberg. Debajo de la línea del mar arrecian las tendencias destinadas a darle el golpe de gracia a una sociedad, a una forma de vida y a una esperanza de futuro que sin llegar jamás a ser brillante (ese futuro sucumbió hace más de medio siglo) aún puede parecer más o menos alentador, por lo menos para los más obstinados optimistas.
Mientras tanto, la cantidad de personas que comprenden que el Uruguay que conocieron está liquidado, muerto y enterrado aumenta sin cesar.