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    Reconfortante descubrimiento

    Con la Sinfónica de Bucarest finalizó la temporada 2013 del CCM

    La presentación el lunes 11 en el Teatro Solís de la Orquesta Sinfónica de Bucarest, bajo la dirección de Benoît Fromanger, con Erik Schumann como solista, fue un doble y bienvenido descubrimiento para el cierre de la temporada 2013 del Centro Cultural de Música (CCM).

    La “Obertura Carnaval” opus 92 de Antonín Dvorak (1841-1904) ya anunció que estábamos frente a una orquesta y un director de gran profesionalismo. En lugar de oficiar de simple relleno del programa como en general se hace con estas obras de breve duración, aquí los nueve minutos de Dvorak fueron una verdadera fiesta, reveladora del fino trabajo de un director siempre en control y lleno de matices y un organismo muy sólido en todos sus sectores: bronces brillantes, maderas de gran textura y cuerdas homogéneas, capaces de lograr a la perfección dificilísimos súbito piano al comienzo y en la reexposición final del tema. Una percusión perfecta completó el cuadro para un Dvorak luminoso, matizado y enérgico, que hizo levitar a toda la concurrencia.

    El segundo gran descubrimiento de la velada fue el violinista Erik Schumann, un joven alemán de treinta años que hizo una versión del “Concierto en Re mayor opus 35” de Chaikovsky (1840-1893) que deberá quedar en los anales de los grandes momentos del año sinfónico. Es la antítesis de un divo; su expresión corporal indica una personalidad de bajo perfil: se para prácticamente dentro de la orquesta, y cuando no está tocando, sigue con la mirada y con movimientos de cabeza lo que hacen el director y los músicos. Su coordinación con Fromanger fue permanente y recíproca.

    Es cierto que puede haber violinistas con un sonido más generoso y expansivo. Quizás eso se deba a que Schumann no toca un instrumento que le haga los honores a lo que es él como músico. Porque técnica y musicalmente es notable: agudos limpios, afinación inmaculada, sonido redondo, armónicos perfectos, unos comienzos de frase en pianísimo que solo logran los elegidos. Si debiera resumir la impresión que me deja es que, sin desmedro de su calidad como violinista, estamos ante todo frente a un gran músico. Fue notorio el trabajo de equipo que hizo con Fromanger porque solista y orquesta frasearon y cantaron con gran complicidad en el enfoque de la obra. Surgió así un Chaikovsky sosegado, hecho sin apremio, más cantado y menos efectista, de fineza y musicalidad permanentes donde el violín y la orquesta actuaron como un solo cuerpo.

    La “Sinfonía Nº6 op.74” del mismo autor es una obra maestra indiscutible. Escrita al final de su vida y estrenada apenas nueve días antes de su muerte, respira en sus dos movimientos extremos ese patetismo que finalmente le dio el nombre a la obra. En cambio, los dos movimientos centrales —un vals amable en el segundo y una marcha obsesiva en el tercero— son un descanso y aflojamiento de la tensión.

    Fromanger confirmó sus bondades como director. Es un hombre que viene del otro lado del mostrador porque ha sido flautista principal de importantes orquestas, donde tocó con ilustres directores como Kleiber, Bernstein, Haitink, Mehta, Gergiev, Maazel, Giulini y Barenboim, y luego decidió dejar la flauta y tomar la batuta. El dato importa porque vivió la orquesta por dentro y fue dirigido por eximios maestros, de manera que cuando decide subir al podio para dirigir, si hay algo que justifica esa decisión es el haber vivido ese historial privilegiado. Su dirección siempre es precisa, exacta, limpia. Maneja una técnica consumada, que exhibe un dominio de alta suficiencia del complejo orquestal.

    No es un director metronómico; por el contrario, matiza en los tiempos, retarda y acelera con musicalidad. Su versión de la “Patética” supo extraer la tristeza infinita del principio y del final y graduar el crescendo en el tema marcial del tercer movimiento, hasta la explosión sonora final. Donde se le vio un trajinar menos matizado fue en el vals del segundo movimiento, hecho con elegancia pero en un casi constante mezzoforte que le dio algo de monotonía al discurso. En cambio, fue notable la parsimonia con que fraseó todo el cuarto movimiento, en particular el segundo tema, que se inicia en las cuerdas sobre un fondo de cornos y que se va apagando hasta literalmente morir.

    Cuando se vio en el papel las obras que formaban el programa, muchos nos preguntamos qué sentido tiene una y otra vez volver sobre piezas tan trilladas. Pero cuando se escuchan versiones como estas, reaparece la música con mayúscula, donde el trabajo de recreación ofrece al oyente nuevas e insospechadas revelaciones.