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    Recuerde: la “D” no se pronuncia

    “Django sin cadenas”, de Quentin Tarantino, con 5 nominaciones al Oscar: película, guión, actor de reparto, fotografía y edición de sonido

    Los primeros minutos tienen su buena dosis de sangre, pero son solo una muestra de lo que vendrá después, a lo largo de dos horas y media de película cargada de tinta roja. Django sin cadenas es una parodia y al mismo tiempo un homenaje al spaghetti-western, al que Quentin Tarantino le da su impronta de crueldad, violencia y humor. Y se toma su tiempo para hacerlo, demasiado tiempo.

    Todo recuerda las películas del Lejano Oeste, desde la tipografía grande y anticuada de los títulos hasta la banda sonora. De hecho, “Django” fue el título de un spaghetti-western de 1966 dirigido por Sergio Corbucci y protagonizado por Franco Nero, quien aparece brevemente en la película de Tarantino como una de sus tantas guiñadas a los conocedores del género.

    Pero Django sin cadenas no es una remake de aquel western, aunque sí tiene sus ecos. Ambientada en el sur de Estados Unidos en 1858, dos años antes de que comenzara la Guerra Civil, la película muestra la brutalidad del sistema esclavista y su trama vuelve al tema de la venganza personal ya tratado por el director en “Kill Bill” y en “Bastardos sin gloria”. Esta vez, su abordaje de los horrores de la esclavitud en clave de western provocó la furia, entre otros, de Spike Lee, cineasta que ha llevado como bandera de su filmografía la opresión histórica de los negros y sus luchas por los derechos civiles.

    En Django sin cadenas el doctor King Schultz (Christoph Waltz) anda por Texas conduciendo una carreta que en su techo luce una gran muela bamboleante. Eso indica que este alemán es dentista, pero en realidad no atraviesa esa tierra árida con el fin de sacar muelas. Su objetivo es encontrar a los hermanos Brittle para capturarlos vivos o muertos, porque Schultz es un cazador de recompensas que busca a gente de la peor calaña porque pagan más por ella. Y los hermanos Brittle son tres, y han hecho cosas muy malas.

    Como Schultz no conoce a los Brittle y no sabe dónde están, va primero en busca de alguien que los puede identificar. Y ese es Django (Jamie Foxx), un negro esclavo que había sido posesión de esos hermanos. Cuando el alemán encuentra a Django, lo libera de sus grilletes, le da un arma, un caballo y le ofrece parte de la recompensa. Y ahí sí comienza la acción.

    “¿Qué hace un negro montado a caballo?”, se preguntan en el pueblo cuando ven pasar a Django cabalgando junto a su elegante socio alemán. Es que esta pareja hace un contrapunto sorprendente. Schultz es un hombre exquisito en su forma de hablar y de vestir, y nunca pierde la calma ni la formalidad, incluso cuando atraviesa rápidamente de un balazo a quien se lo merece. Porque él no anda matando a cualquiera. Y Django, recién liberado, lleva las marcas de la esclavitud en su cuerpo y en su mirada.

    Waltz, quien había tenido un papel memorable como nazi en “Bastardos sin gloria”, ahora interpreta a un personaje muy diferente, el del hombre europeo que no puede entender el horror de la esclavitud y es el único blanco capaz de indignación. Y su interpretación (por la que está nominado al Oscar como mejor actor secundario) es estupenda y se gana la película. Por su parte, Foxx tiene un papel más taciturno y con menos matices, pero cuando su figura aparece, vestido con trajes ridículos o con su gran sombrero vaquero, tiene algo magnético y llena la pantalla.

    La película se divide en dos partes. En la primera, la pareja encuentra a los hermanos Brittle en la gran plantación de Spencer “Big Daddy” Benett (interpretado por un elegantísimo Don Johnson). Allí, Schultz se da cuenta de que su acompañante es tremendamente hábil con las armas; como prueba, tiene el tendal de sangre que deja. Entonces no solo le propone trabajar con él como cazarrecompensas, sino que se ofrece a ayudarlo en el rescate de su esposa Broomhilda (Kerry Washington), a quien separaron hace tiempo de Django.

    En su travesía por un paisaje plano y caluroso, y después helado y montañoso, el dúo Schultz-Django presencia escenas de salvajismo descarnado contra los negros, mientras se mezclan flashbacks que cuentan la terrible historia de Django y su esposa. Pero entre este realismo cruel y sin concesiones, que incluye el sonido de los huesos cuando se quiebran y la visión de un hombre vivo destrozado por dos perros, se cuelan diálogos irónicos, como en el que Django le deletrea su nombre a Franco Nero y le recuerda: “The ‘D’ is silent”, o algunas escenas que parecen salidas de una película de los Monty Python, en especial, la de un grupo de hombres vestidos como el Ku Klux Klan y dispuestos al ataque que deben detener sus actos por serios problemas en el diseño de sus capuchas.

    Además, Tarantino usa todos los clichés del western: el diálogo en el desierto silencioso, la sombra gigantesca del cowboy que se proyecta en el suelo, el beso de los enamorados recortados a la luz de la Luna. Y acompaña su película con una gran banda sonora en la que figura el tema de “Django”, compuesto para el filme de 1966 por el argentino Luis Enrique Bacalov, y la canción original “Ancora qui”, escrita y orquestada por Ennio Morricone, el gran referente musical del spaghetti-western.

    En la segunda parte de la película, más lenta y con mayores excesos en morbo y violencia, la pareja llega hasta Mississippi, al encuentro de Calvin Candie (Leonardo Di Caprio), el infame propietario de la plantación Candyland. Él tiene como hobby comprar esclavos para las luchas de mandingo, peleas brutales cuerpo a cuerpo y hasta morir, que son su gran diversión, sobre todo si el derrotado no muere. Para ese momento, tiene un martillo que se lo da al vencedor para que remate a su contrincante.

    Candie, uno de los villanos más repulsivos del cine, integra el otro dúo de la película con su sirviente Stephen (Samuel Jackson, avejentado y apenas reconocible), un negro que puede ser tan cruel como los blancos. Aunque algo caricaturizados, Di Caprio y Jackson son convincentes en sus papeles, pero sus actuaciones se desarrollan cuando la película ya comenzó a crear inquietud en las butacas porque el fin parece cada vez más lejos. Y cuando se piensa que se acaba porque ya ganaron los buenos, hay una vuelta de tuerca y todo continúa. Aún falta la aparición del propio Tarantino, en una fugaz escena, y el gran enfrentamiento final del héroe en una lucha con chorros (literalmente chorros) de sangre, cabezas destrozadas y gente que vuela por los aires cuando le disparan. Es una lucha desaforada, como la de Uma Thurman en “Kill Bill”, pero en lugar de espadas, hay escopetas como para matar búfalos y armas de diferente calibre.

    “Esta película es en esencia un western hecho y derecho, con aportes del género tomados en sus expresiones europeas o negras. Pero lo que hice en definitiva es escribir la historia tal como se desarrolla. Django sin cadenas es lo que es”, dijo el director en una conferencia. Y es eso, un western inclasificable, a lo Tarantino, con desbordes y varios minutos de más. La próxima, que sea más corta, Quentin.

    “Django sin cadenas”, de Quentin Tarantino, EEUU, 2012. Dirigida y escrita por Quentin Tarantino. Con Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Samuel L. Jackson, Kerry Washington, Don Johnson. Duración: 165 minutos.

    Vida Cultural
    2013-01-31T00:00:00

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