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    Refinamiento extremo

    Philippe Jaroussky y el Ensemble Artaserse en el Teatro Solís

    La Temporada 2014 del Centro Cultural de Música (CCM) ha mostrado un sostenido nivel de calidad. El cierre de este ciclo, el viernes 7 en el Teatro Solís, fue la culminación de una gráfica que no ha dejado de subir en forma acelerada en los tres últimos conciertos. En el lapso de un mes, esta estimable institución nos hizo descubrir un Beethoven único con la Orquesta de Cámara de Basilea, bajo la batuta de Giovanni Antonini, luego un Schubert removedor por Los solistas de Moscú, con el viola Yuri Bashmet al frente, y ahora nos trae al prestigioso contratenor francés Philippe Jaroussky con el Ensemble Artaserse.

    El programa, aunque dedicado en forma exclusiva a Antonio Vivaldi (1678-1741), estaba bien estructurado con la alternancia de obras sacras, arias de ópera y obras instrumentales, compuestas todas entre 1711 y 1734. Por la altísima calidad del solista y sus acompañantes, el concierto de Jaroussky y el Ensemble Artaserse se constituyó en una doble hazaña: primero, por lidiar con la posible saturación que en un auditorio puede provocar la tesitura de contratenor a lo largo de toda una velada; segundo, por jugar con el riesgo de que también esa saturación apareciera al tratarse de un programa centrado en un solo compositor. Los dos riesgos se corrieron y el triunfo fue absoluto porque no hubo empacho ni de Jaroussky ni de Vivaldi. Es más: hubo dos Vivaldi más fuera de programa y el público seguía aplaudiendo sin ninguna intención de abandonar el teatro.

    Philippe Jaroussky tiene 36 años y una aclamada carrera internacional. Su registro fluctúa entre el de soprano y el de mezzo, quizás más cercano al primero. No es claramente un contratenor del tipo contralto, como lo son René Jacobs o Michael Chance, por nombrar solo a dos famosos en ese registro. El bagaje técnico que despliega es admirable: matización infinita, control respiratorio que le permite transitar por las fiorituras y demás acrobacias sin forzar nunca la emisión ni perder volumen, unos pianísimos increíbles que si uno no los hubiera escuchado en vivo podría sospechar que fueron logrados con la ayuda de algún ingeniero de sonido.

    Es un intérprete refinado y recatado. Su despliegue técnico es notable pero lo aplica con sobria naturalidad en función de la música, eludiendo siempre la espectacularidad. Tiene un timbre de gran dulzura, sin duda un invalorable aliado para que el oyente no se canse nunca de escucharlo. Tuvo varios momentos que llevaron al auditorio al asombro: el Eja mater del Stabat mater (R 621) y el Descende, o coeli vox, del motete Longe mala, umbrae, terrores (R 629), en la primera parte, y en el cierre la belleza sin palabras del aria Vedrò con mio diletto, de la ópera Il Giustino, hecha de manera celestial por Jaroussky y el Ensemble. Y un final de bravura con el aria Con questo ferro indegno, de la ópera L’Olimpiade.

    En pie de igualdad —y es mucho decir— se agregó a la maestría del solista la impecabilidad del Ensemble Artaserse. Simbiosis absoluta con la voz, sutileza extrema en el fraseo, picos de vigor bajo control, siempre al servicio de la musicalidad y no del efecto fácil. También pianísimos sobrenaturales, a tal punto que cuando el conjunto ataca un acorde en pianísimo, el sonido comienza a aparecer gradualmente con una delicadeza y una redondez tales que el oyente no podría señalar con el dedo el lugar exacto desde donde brota. Toda la labor acompañante fue un deleite aparte, pero su hora más gloriosa llegó cuando en la segunda parte hicieron el Concierto en la menor para 2 violines opus 3 Nº8 en una versión de antología, con dos Allegros de júbilo y vigor irresistibles, enmarcando al Larghetto e spirituoso en que los dos violines solistas se alternaban entre ellos, el ripieno y el tutti, entrando y saliendo de las combinaciones con una expresividad sin pausa.

    Nunca ha sido fácil describir en palabras el mundo de los sonidos y de las sutilezas en música. Cuando ese mundo alcanza estas alturas inusuales, la literatura parece aún más limitada como vehículo transmisor de esa experiencia estética. Hay que estar allí para percibir la magia de la música, el milagro de una interpretación. Que estas pobres palabras con que intento comunicar al lector estas cuestiones sirvan para acercar cada vez más gente a estas temporadas del CCM que tanto nos enriquecen.

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