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Hace casi una década, el cineasta griego Yorgos Lanthimos generó revuelo con Canino, su tercera (y quizás mejor) obra. Canino llegó a competir por el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa (y no ganó). Es imposible sintetizar. Pero puede decirse que se trata de una trágica y divertida y aterradora y surrealista singularidad sobre las convenciones de un matrimonio poco convencional. El matrimonio vive al margen de la sociedad y somete a sus hijos (ya adultos) a una cruel y delirante serie de rutinas y normas a través de las cuales los mantiene aislados en una realidad paralela y sumidos en un particular estado de ignorancia acerca de lo que sucede más allá de los muros que separan su sobriamente refinada mansión del resto del mundo. También puede decirse que es una historia sobre el lenguaje y la opresión. O una película sobre la libertad. Es que, además de talentoso, Lanthimos (Atenas, 1973) es hábil e inteligente y sabe abrir puertas y ventanas para que ingresen distintas lecturas e interpretaciones.
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Luego rodó Alps, otra pieza brillante y genial, donde queda demostrado que su especialidad es la tragedia deformada por la comedia o, si se quiere, la comedia perversamente deformada por la tragedia. En Alps se cuenta la historia de un grupo de personas que ofrecen un particular servicio de compañía: suplantan a gente recientemente fallecida, por unos días, para hacer más llevadero el duelo.
Posteriormente filmó su primera película en inglés, Langosta, con Colin Farrell y Rachel Weisz, una fábula distópica igualmente sorprendente y demoledora (y también bastante cómica y cruel) ambientada en un mundo en el que la soltería está terminantemente prohibida. En este mundo existe incluso un tratamiento para emparejar a las personas. Si al cabo de un determinado tiempo las personas no logran emparejarse, entonces se convierten en un animal.
Luego fue el turno de El sacrificio del ciervo sagrado, nuevamente con Farrell, esta vez junto a Nicole Kidman, también retorcida y absurda, dramática y cómica, perturbadora y enigmática, sobre el resquebrajamiento de una familia en apariencia perfecta.
En el contexto de semejante filmografía, La favorita, su último trabajo, es una extrañeza: es la más convencional de todas sus películas. Se ambienta en el siglo XVIII, en Inglaterra, recrea libremente la historia de amor y odio y los juegos de seducción y las luchas de poder entre la reina Ana (Olivia Colman), su amiga y confidente Sarah Churchill (Rachel Weisz) y la nueva y ambiciosa criada del palacio, Abigail Masham (Emma Stone), y todo mientras el reino está en guerra con Francia.
La favorita es la primera película en la que Lanthimos no está involucrado directamente en el guion, que es obra de Tony McNamara, escritor y director de Ashby, y Deborah Davis, debutante en materia de guiones. Aunque se nota la particular grafía del griego: esa cuidada puesta en escena, con una fotografía vistosa, elegantes encuadres pensados para reforzar emociones y sensaciones como el aislamiento, la opresión, el absurdo o la locura. Aquí hay estrambóticos movimientos de cámara y un uso medido de objetivos ojos de pez enmarcando lo exagerado y distorsionado de esta realidad más allá de la realidad. Si en sus anteriores filmes podían notarse las huellas genéticas que comparte con otros cineastas de la misma especie, como Michel Haneke o Luis Buñuel, aquí es inevitable pensar en Stanley Kubrick filmando Barry Lyndon pasado de cafeína y anfetamina.
Lanthimos vuelve a poner el foco en los vínculos y las relaciones de poder, en las apariencias, en el simulacro y la manipulación, en las buenas intenciones detrás de pésimas acciones. Es extremadamente bueno construyendo universos cerrados, ambientes aislados que tienen sus propias reglas, y la corte de la reina Ana le viene como anillo al dedo. También es un excelente director de intérpretes. Aunque hasta ahora la única que recibió un premio mayor fue Colman, que ganó el Globo de Oro, las tres están notables. Los personajes masculinos, otra vez (y muy especialmente), se llevan la peor parte, siendo criaturas un tanto precarias.
Como es parte de su estilo, la violencia irrumpe de una forma abrupta y es presentada con rudeza. Y nuevamente hay animales (conejos, patos, langostas), que pueden ser tanto mascotas como presas de caza, objetos destinados al entretenimiento o la descarga de la ira y la frustración de los seres ubicados en una escala superior, un correlato de las formas de relacionamiento humano. Como en sus anteriores obras, también hay música y bailes y coreografías ridículas, de las que maravillan y dan vergüenza ajena. Y está presente esa inquietante idea que subyace en sus películas: que cada ser o cosa lleva consigo el potencial de convertirse en su contrario.
La favorita (The Favourite). Reino Unido, Irlanda, EE.UU., 2018. Dirección: Yorgos Lanthimos. Guion: Tony McNamara y Deborah Davis. Con Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone. Duración: 119 minutos.