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    Relatos orales y pizza con butiá

    Luna llena en el Palmar: encuentro para difundir el patrimonio natural e histórico

    Hay un relato que posiblemente no se encuentre en los libros de historia, pero que se ha transmitido en forma oral. Los protagonistas son Fructuoso Rivera y un monte de palmares. El 15 de junio de 1838, en la llamada Batalla del Palmar, Rivera aprovechó la geografía de elevaciones, quebradas y palmeras para esconder allí sus tropas. Así sorprendió y logró vencer al ejército blanco del gobierno de Ignacio Oribe, que venía tras sus pasos. Se podría decir, entonces, que las aliadas involuntarias de Rivera fueron las palmeras que lograron camuflar a los rebeldes.

    Desde ese pasado histórico, los palmares integran la memoria oral de Cañada Grande o Palmar Grande, en la zona de Guichón, bien en el límite entre los departamentos de Paysandú y Río Negro. Allí la palmera Butia yatay se impone en el paisaje y está tan integrada a la cultura de la región que le han cantado los poetas, la han retratado artistas y está dibujada en el centro del escudo de Guichón.

    En 2008 se inauguró una escultura abstracta de hierro, llamada Palma Sola, a la entrada de la ciudad. El diseño es del escultor Octavio Podestá, mide siete metros de alto y fue emplazada con la ayuda de los pobladores. Y el muralista Daymán Antúnez, discípulo directo de Torres García, integró la palma en un mural constructivista que se exhibe en la Liga de Trabajo de Guichón.

    Sin embargo, si bien esta palmera es una especie protegida, el paisaje de palmares en toda la zona de Guichón y Cañada Grande está desapareciendo debido —y sobre todo— al monocultivo de la soja y del eucalipto. Así lo afirman diversos actores locales que consideran algunos modelos productivos como “destructivos”.

    En defensa del valor cultural y turístico del lugar, el sábado 7 y domingo 8, cuando se festejaba el Día del Patrimonio en todo el país, se llevó a cabo en Cañada Grande un encuentro llamado Luna llena en el Palmar, con el fin de difundir un patrimonio que los lugareños ven en peligro. Es la segunda vez que unos 30 visitantes y locales se reúnen en un campamento con fogón, caminatas a la luz de la luna, canotaje, música, comidas criollas y platos que incluyen al butiá como ingrediente.

    “La primera experiencia fue el año pasado. Queremos conservar el paisaje que se está transformando, igual que conservamos los relatos de la región. Hay una relación entre cultura, historia y mística del lugar”, explica Carlos Urruty, integrante del grupo de guías de Guichón, que organizó el encuentro.

    Urruty fue el encargado de guiar la caminata cuando salió la luna, a eso de las diez de la noche. También fue quien relató, en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos, la historia de Rivera y su estrategia de esconderse en los palmares para vencer a Oribe. Habló además sobre otros valores históricos del lugar: sobre un camino milenario atribuido a los guaraníes, sobre la existencia de un petroglifo que marca el calendario lunar con sus 28 fases y sobre los menhires, piedras alargadas, a veces mínimamente talladas, que los indígenas enterraban en forma vertical y eran sus construcciones funerarias.

    En la ruta hacia Cañada Grande se ven esporádicamente otro tipo de cementerios que se conservan desde la época de las guerras civiles, cuando la gente no tenía donde enterrar a sus muertos y lo hacía en los fondos de sus casas. La familia De los Santos, dueña del predio donde se hace La luna llena del Palmar, tiene uno de tumbas blancas al costado de su casa.

    Toda esta región se encuentra integrada desde 2014 al área protegida Montes de Queguay, que incluye las Termas de Almirón, el museo de la estancia El ancla, donde vivió Artigas con Melchora Cuenca, y los menhires de Piñera, ciudad cercana a Guichón. De allí que los organizadores del encuentro vean el potencial turístico de la zona.

    “Las empresas forestales no cortan las palmeras, pero plantan eucaliptos que al crecer las tapan y les hacen sombra. Eso crea un microclima diferente, no crece pasto abajo y la palmera no se puede regenerar. Las más adultas empiezan a enfermarse con hongos y se mueren rápidamente”, explica Urruty sobre la desaparición paulatina de esta especie.

    Para el guía, la normativa vigente es ambigua. La palmera Butia yatay está protegida, pero según su opinión falta una mejor planificación para las áreas de forestación: “A las grandes empresas no les cambia nada. No son tanta cantidad de hectáreas donde están los palmares. Habría que delimitarla para preservar esa zona”.

    En el encuentro Luna llena en el Palmar se transmitió el video Amamos butiá, una realización brasilera que muestra los beneficios del fruto en la zona de Río Grande, donde crece una palmera similar a la de Rocha. La de Guichón es diferente, pero tiene las mismas propiedades. Por lo menos la pizza con butiá queda riquísima.

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