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Hija de una prostituta. Vivía en el prostíbulo junto a su madre, sus tías y el abuelo que lo regenteaba. El gallego Ferreyro vendía a sus hijas y todo lo que se le cruzara. Las ofrecía en el fondo de una pulpería en el barrio del Cordón, a pocas cuadras del Ejido, fuera de las murallas. Venían hombres de buen pasar y cierto nivel social. Algunos de la propia ciudad sitiada, otros del corazón del Cerrito, donde se instaló el cuartel general de Manuel Oribe. En plena Guerra Grande (1839-1852), el Cordón crece a medio camino, cerca y lejos de todo. En lo de Ferreyro pasan los hombres, incluso un tal Juan Manuel Blanes (1830-1901), joven pintor que vive en la vecindad y busca con cierta insistencia a una tal Mercedes, una morocha seductora que lo dejó atormentado. Nunca volvió a verla, pero sí a su hija, una niña que jugaba en el patio del prostíbulo con un tal Nicanor, negro liberto.
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Fue a la hora de la siesta, cuando el gallego dormía. No era hora de ir al prostíbulo. La niña se convirtió en una mujer de la alta sociedad montevideana gracias a varios casamientos convenientes y muchos amantes. Esa mujer entró un día en el taller del maestro. No salió más de la vida de Blanes ni de la historia del arte nacional. Un retrato a cuerpo entero de una mujer gordita y sensual que luce en el Museo Nacional de Artes Visuales del Parque Rodó se convirtió en un ícono del país oculto, de la picardía nacional, de la cultura medianamente hipócrita que ayudó a fundar la nación oriental. Entre asesinos y malandras, entre gauchos y doctores, entre señoras y prostitutas.
Esta historia, envuelta en misterios y armada a retazos, acaba de reconstruirla el periodista y escritor Diego Fischer en su libro Carlota Ferreira: retrato de una mujer que se inventó (Editorial Sudamericana). Hombre destinado a escribir biografías de personajes conocidos, de experiencias ricas y complejas, de relevancia histórica, Fischer construye ahora la vida de una mujer apasionante, cruda, eje de varios cruces en la vida de la nación que crece a fuerza de golpes en la segunda mitad del siglo XIX. Una tierra purpúrea, colmada de infidelidades, de dolorosas y reiteradas traiciones. Entre ellas, la vida del propio Blanes, reconocido enamoradizo.
Entre Carlota y Blanes navega el libro de Fischer de doscientas y pocas páginas, de escritura prolija, de entrelíneas sugestivas. Un libro que se lee de un tirón, amable, seductor, interesante. El título juega con el trayecto más evidente de una mujer muy particular, de una época violenta, de una sociedad hipócrita. Pero la evidencia se completa con una investigación muy seria y detallada de Fischer, ya entrenado en este tipo de trabajo que bordea lo periodístico y el relato novelado.
“Doña Carlota”, la del retrato de Blanes. La mano derecha se apoya suavemente sobre un pequeño mueble cubierto por una tela oscura. La tela parece de seda y la mano apoyada se rodea de flores pintadas en azul y rosa. La mano está enfundada en un guante blanco, tan suave como la piel que recubre y que deja verse ya avanzado el brazo. El guante está trabajado con sutileza, bien apretado a la piel, los dedos casi al descubierto, finos, delicados. A mitad del largo guante hay una alhaja, una pulsera dorada, ancha, que corta abruptamente el deslizamiento de la mirada. Brilla, se impone con cierta dureza. En el otro brazo, la misma sensación de ruptura, con dos pulseras que ponen contrapeso a la culminación de la mano, a la sensación afinada y liviana que el artista puso en las extremidades enguantadas. Choca el brillo de las alhajas, se siente el peso y la ostentación, la fuerza de lo material, la falta de pudor. Es la misma sensación que recorre todo el cuadro. En el ancho de las caderas ocultas en los pliegues de la pollera, sutilmente trabajados en un bordado blanquecino. En los brazos suculentos, en el ramillete de flores que ocupa el pecho, el busto pleno, firme, senos de matrona, de mujer apetecible.
Es el detalle de los brazos desnudos que la hace más mujer y deseable. Suaves, muy suaves pero gorditos, un poco demasiado para el gusto actual. En la época, Carlota Ferreira (1845-1912) rondaba los cuarenta, tal vez un poco menos a seguir por los datos más criteriosos.
El retrato surge de la visita que Carlota le hizo al pintor en su taller en 1883 para encargarle la obra. Se inicia allí una relación supuestamente tan sensual como Blanes la pintó en su cuadro, emblemático retrato que figura entre los más famosos del arte nacional. La joven prostituta era ya una mujer hecha y derecha. Se había casado con Don Emérito Regunaga, político destacado que llegó a ministro de Hacienda en el gobierno de Lorenzo Batlle. La conoció cuando frecuentaba a su madre en el lupanar. Se la llevó, se casó, la escondió un tiempo hasta que la tuvo pronta para mostrarla a la sociedad. Le puso joyas, le compró lindos vestidos, le organizó una casa con sirvientes y le cambió el nombre. Pasó de Petrona Mercedes (o Merceditas) Ferreyro al de Carlota Ferreira, nombre que le dio triste fama en la sociedad y esa imagen eterna en la mirada tan particular del artista.
La historia tiene múltiples entretelones que vale la pena descubrir. El más insólito es el que involucra precisamente al Blanes más viejo y a su hijo menor, curiosamente llamado Nicanor. El resto hay que leerlo. La historia y el relato valen la pena.