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    Rimas y leyendas

    Colaborador en la sección de Cultura

    Sí: el triunfo de La La Land en la 74ª edición de los Globo de Oro, que el pasado domingo 8 de enero se llevó los siete premios a los que estaba nominada (ver nota en página 36), fue la gran noticia. Pero el casillero reservado a las sorpresas lo conquistó Atlanta, la ficción creada, escrita, producida y protagonizada por Donald Glover. La serie desbancó a Veep y Mozart in the Jungle, entre las favoritas para llevarse el premio a la Mejor comedia o musical, y Glover, de 33 años, fue distinguido como mejor actor, galardón al que aspiraba y tenía altas chances el mexicano Gael García Bernal.

    Glover, para muchos conocido por su interpretación de Troy Barnes, el inseparable secuaz de Abed en la grandiosa comedia de culto Commu­nity, empezó a trabajar en televisión a los 21 años como guionista de 30 Rock, donde también participó como actor. En paralelo a Community pasó por Girls, la serie de Lena Dunham, e inició su carrera en el mundo del rap bajo el alias Childish Gambino. Ha editado cuatro discos y fue nominado al Grammy en dos oportunidades. En breve estará en otra nueva película de Spider-Man, encarnado en un personaje del que poco se sabe, y en 2018 se lo verá personificando a Lando Calrissian en el spin off de Star Wars sobre la juventud de Han Solo.

    Atlanta se compone de una primera temporada de 10 episodios de poco más de 22 minutos cada uno. La primera temporada completa puede verse en Fox Play. Y sí: ya está confirmada la segunda.

    Glover es Earnest “Earn” Marks, a quien no le fue muy bien en la universidad y tiene un trabajo insípido, mal pago y poco estimulante. Earn vive con su ex mujer, Van (Zazie Beetz), la madre de su hija, que además a veces tiene que hacerse cargo de él, porque prácticamente nunca tiene plata. Un buen día decide retomar el contacto con su primo Alfred “Paper Boi” Miles (Brian Tyree Henry), rapero de —por ahora— un solo hit que, mientras intenta alcanzar el éxito en la industria del hip hop, todavía mantiene su trabajo como narcotraficante de baja categoría. Juntos, y en compañía de Darius (Lakefield Stanfield), un inclasificable buscavidas, uno de esos secundarios vitales de toda buena serie, intentan abrirse paso en el negocio del rap y el hip hop.

    Earn necesita dinero, un trabajo estable, y no tiene mejor idea que acercarse a Paper Boi ofreciéndose como manager. Earn, al parecer, sabe cómo hacer para que su pequeño hito se vuelva grande (A propósito: el hit de Paper Boi se llama “Paper Boi”, y fue escrito por Glover junto con su hermano Stephen, también guionista de la ficción, y quien en realidad interpreta la canción). Paper Boi está entre fascinado y asqueado con el asunto de la fama, y la cabeza y los razonamientos de Darius, así como sus déjà vu, son un misterio; él es el portador de varias líneas de diálogo brillantes e insólitas y afirmaciones categóricas, como: “El sida fue creado para evitar que Wilt Chamberlain venciera el récord sexual de Steve McQueen” o “La mayoría de los negros no saben quién es Steve McQueen”. La transcripción no le hace justicia: hay que verlo.

    Atlanta contiene personajes, historias y escenarios fácilmente reconocibles en series que abordan la criminalidad. Hay pobreza, familias desmembradas, calles desiertas, marginalidad, hip hop, rap, cadenas de oro, drogas, traficantes, armas ruidosas y negros que hablan en nigga. Esta es una historia de supervivientes, un relato sobre las diferentes maneras de vivir la fama desde adentro y desde afuera. La canción de Paper Boi abre puertas para que en su vida entren emociones y situaciones deseadas y agradables y también de aquellas que preferiría evitar. Nada es gratis, todo es prestado. Apenas uno se adentra en la ficción puede hacerse una idea de por qué dejó a una buena parte de la crítica (especialmente la extranjera) derramando litros de saliva por cada episodio: todos los tópicos están, pero corridos de lugar, haciendo equilibrio entre el drama realista, la sátira sutil y la comedia delirante o por momentos surreal. En cada episodio se introducen pequeños actos terroristas contra los clichés y las ideas preconcebidas de la cultura del rap. La fortaleza de Atlanta radica, en buena medida, en la forma de eludir lo obvio y los lugares comunes que pueden esperarse de una serie sobre el rap. También elude algunos esquemas bien conocidos: por ejemplo, Earn es el protagonista, pero no está presente en todos los episodios.

    Del mismo modo que las canciones que aparecen perfectamente implantadas en la carne de algunas secuencias, Atlanta no engancha de primera. Una de las razones es la ausencia de límites precisos, fácil y rápidamente identificables. Earn vive con su ex que a veces no es tanto su ex; Paper Boi es un rapero que trafica drogas o un traficante que rapea; los padres de Earn lo quieren pero no parece (y si lo odian, tampoco es tan obvio); el blanco que habla como negro y que da consejos sobre cómo moverse en el agitado negocio del hip hop parece truchazo, pero tal vez haya algo genuino en él.

    Se llevó el Globo de Oro en la categoría Musical o Comedia, pero Atlan­ta se mueve dentro de los porosos contornos de la dramedia, esa contenida fusión de dualidades que se inclinan y se siguen una a la otra: el drama realista desprende chispas de comedia, mientras que el humor a veces parte de las situaciones menos divertidas. Por eso al principio puede generar un leve desconcierto. Pero a medida que avanza, uno se acostumbra —y de hecho, aguarda— a respirar ese aire. Lo más complejo y difícil nace de lo más sencillo. Y viceversa. Queda ilustrado en el primer episodio, que se inicia con una secuencia que conduce a preguntarse cómo se llegó hasta ahí. Las respuestas aparecerán. A su tiempo, a su modo. Atlanta tiene elementos que requieren cierto tiempo de cocción. Por eso conviene no rechazarla si la seducción no es inmediata. Es el tipo de relato que exige atención y conocer a los personajes. El policía patéticamente cholulo; el mozo del restaurante, fascinado con el hecho de que un rapero haya sido acusado de matar a alguien; la vecina que se transforma cuando descubre que ese señor suena en la radio.

    Y ahora, lo obvio: la creación de Glover (sí, esta es otra ficción televisiva “de autor”) también es un apetitoso y profundamente diverso muestrario de música rap estadounidense. Casi todos los músicos presentes en la banda sonora —que también ingresan a la historia por medio de cameos— provienen, justamente, de la ciudad que da nombre a la serie, cuna del mejor hip hip. Hay casos excepcionales, jugadores extracomunitarios como Yo Gotti, de Memphis, o Keith Ape, un volcán de Corea del Sur que ya se instaló en Los Ángeles y que, dice la gente que sabe de esto, va camino a ser el más grande de todos. Quienes estén familiarizados con este mundo reconocerán a algunos de los músicos cuyas canciones forman parte del show. Migos, el trío de raperos, tiene una breve, intensa y ominosa aparición como un siniestro cuartero criminal con aspiraciones de convertirse en un grupo de rap.

    A pesar de que el primer capítulo quizás resulte engañoso al respecto, Atlanta no tiene una secuencia de apertura fija, aunque sí identificable. Tampoco viene con un tema de apertura, una canción, una resonancia, lo que sea, que la identifique. Todas y cada una de las canciones dispensadas en la banda sonora pueden ser el tema de Atlanta. No es un capricho o una forma de hacerse los raros. Es la manera que Glover y sus socios encontraron para generar la ilusión de continuidad y cambio constante: el tiempo pasa; ni siquiera el sol, que parece inalterable, es siempre el mismo. Ellos tampoco.

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