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Camina lento, pausado, con cuidado. Se mueve con la parsimonia lógica de un octogenario. Gesticula lo justo y necesario. Sonríe sin estridencias. Y conversa. Cuenta la historia de la canción, bromea y se ríe de sí mismo. Habla desde una cápsula del tiempo: “En el fondo, siempre hacemos lo que ellas quieren, ¿no?”. Para él siempre son los años 70: “El amor es lo más importante, recuerden”. Y lo hace con una banda de veteranos vestidos de traje y mocasines, que tocan en forma sobria, a un volumen moderado. Se tocan todo, por supuesto, pero nadie hace alardes de virtuosismo. Hay un solo rey en escena, y todos arriba y abajo del escenario lo saben.
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El jueves 2, ante unas 7.000 personas que colmaron el Antel Arena, Roberto Carlos dio un concierto excepcional. En el marco de su gira Yo ofrezco flores, cantó una veintena de sus clásicos (gran parte en castellano) y demostró que, a los 83 años, conserva inmaculadas sus virtudes: sigue siendo, como en los últimos 65 años, un intérprete fenomenal, refinado, exquisito. Y además conserva en perfectas condiciones su voz, su afinación y su expresividad. Para muestra, regaló una soberbia versión de El día que me quieras, y revalidó el poder de esa balada universal. Desde Amigo a Jesus Cristo, este ser mitológico de la canción entonó himnos como Nossa senhora, Cadillac bibi, Detalles, Cama y mesa, Lady Laura, Mujer de 40, El gato que está triste y azul, Cóncavo y convexo, Ese tipo soy yo y, por supuesto, en el podio de las baladas románticas de la historia, Amada amante. Roberto Carlos se despidió del público uruguayo de la mejor forma posible.