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    Roger te la abarata

    “Corman’s World”, un documental sobre el Rey del Cine Clase B

    Una montaña de matinés a sus espaldas. Una pila de historias cautivas en la televisión. No más de cinco minutos sin que haya un ataque sorpresa, una criatura amenazante, una balacera. Se lo conoce como el Rey del Cine Clase B. Tiene 87 años y a sus espaldas cifras que dan vértigo: dirigió más de 200 títulos, produjo entre 150 y 175 y en un solo año, en 1957, cuando era joven y no había quién lo parara, fue responsable de sacar adelante... ¡diez películas! Hoy está retirado, lo consultan por el estado actual del cine y de la industria, da entrevistas, observa en la repisa del living de su casa el Oscar honorífico que le dio la Academia de Hollywood en 2009 por su trayectoria y dice, con toda la razón, que podría bajar los costos de cualquier producción. Le parece obsceno que se gasten millones de dólares en una película. El hombre que filmaba una película por un puñado de billetes vivía en un mundo donde el imperio de George Lucas todavía no había llegado. Eran tiempos en que los vistosos afiches de bichos verdes, autos acelerando y chicas en minifalda con metralleta, ya vendían la entrada. No había muñequitos, no había merchandising, no había dinosaurios por computadora.

    Es que Roger Corman (Detroit, Michigan, 1926) se crió en una época en que un único decorado se usaba para varias producciones. Importaba cumplir con el calendario del rodaje. Los efectos especiales eran lo de menos y el bajo presupuesto y la eficacia lo eran todo. Por estos días Max emite el documental Corman’s World (2011), de Alex Stapleton, donde se repasa la vastísima carrera de Roger Corman y donde hablan figuras que aprendieron el ABC del cine con él, como Jack Nicholson, Ron Howard, David Carradine, Peter Bogdanovich, Jonathan Demme, Quentin Tarantino, Bruce Dern y Martin Scorsese, entre otros. Tarantino, por ejemplo, laburaba en un video club y seguramente se encajaba todo el día con las películas baratas del Rey de la Clase B.

    Corman había estudiado ingeniería, pero tiró todo a la mierda por el cine. Primero fue mensajero en la 20th Century Fox. Un día de 1953 escribió un guión y lo vendió. Y se hizo película, pero era tal la distancia que había entre el guión original y la película que Corman quedó horrorizado con lo que podía hacer —y en especial deshacer— el negocio cinematográfico. Aprendió rápidamente el oficio y montó con unos pocos mangos su propia productora. Ahora, él sería el hacedor de historias, a su manera, con sus condiciones.

    Es cierto, la mayoría de sus películas son malas. Abundan los monstruos de goma y los extraterrestres de pacotilla, los choques de autos, las motos que explotan (¡sí, con Corman las motos explotan!), las mujeres ligeras de ropa con armas automáticas, los estudiantes rebeldes, la sociedad violenta, el mundo como la punta de una mecha encendida. Corman es berreta, pero te divierte. Y lo que es mejor: te puede sorprender.

    En tres días rodaba la película, la montaba y la distribuía. Para que el lector derrame una lágrima si es que vio alguno de estos títulos: “La mujer apache” (1955), “El ataque de los monstruos” (1956), “Kelly el ametralladora” (1958), “La caída de la casa Usher” (1960), “La tiendita del horror” (1960), “El intruso” (1961, su película más seria, sobre el racismo en el sur de los Estados Unidos), “El terror” (1963, “tan delirante como incomprensible”, dijo Nicholson, que era el protagonista), “La invasión secreta” (1964), “Los ángeles salvajes” (1966, un prefacio a lo que sería “Busco mi destino”), “El viaje” (1967, las imágenes son de ácido, Corman estaba de ácido), “El clan Barker” (1970) y “Frankenstein perdido en el tiempo” (1990). Se mezclan los títulos y las secuencias y se obtiene una sopa muy entretenida. Le daba mucho a Poe, a la ciencia ficción, a la sangre saliendo a borbotones, a los ojos fuera de sus cuencas, a los autos chocando, a los filipinos cayendo de los árboles en plena selva ante el fuego de sensuales mujeres.

    Pero hay algo más extraño: los gustos de Corman como espectador no eran los gustos de Corman como realizador-productor. Amaba el cine de Bergman, de Fellini, de Antonioni y de Kurosawa. Es más: como distribuidor llegó a colocar “Gritos y susurros” en los... ¡autocines norteamericanos! Imaginen a los adolescentes besuqueándose en sus Chevrolet Impala descapotables, haciendo ruido con las bebidas cola y otras guarrerías, ese mundo tan pop y escandalosamente chirriante, mientras en la pantalla grande el espíritu de Harriet Andersson necesita que la acunen en una vieja casa sin luz donde todas las mujeres hablan sueco. Esta debería ser la película de Roger Corman: los jóvenes se fastidian con la película, corren bellas ninfas con los pechos al aire por el capó y el techo de los rodados, toman el autocine por asalto, linchan a los responsables, luego viene la Policía y cuando comienza la represión, fuerzas alienígenas activan el rayo de la muerte y todo termina con una gran explosión y sin otro sobreviviente que la propia pantalla de cine, que sigue proyectando a Ingrid Thulin y a Liv Ullmann recorriendo un jardín con sombrillas blancas para el sol...

    Vida Cultural
    2013-12-12T00:00:00