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    Rojo y blanco, el color del miedo

    El cuento de la criada, de Margaret Atwood: nueva edición y potente serie

    La escritora canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) comenzó a escribir esta historia en 1984, un año emblemático que remite a George Orwell y su novela 1984, ambientada en un mundo oscuro y distópico, sumido en una dictadura y dominado por las pantallas y por el ojo del Gran Hermano. Justo en ese año, Atwood vivía en Berlín occidental, y en ese contexto de Guerra Fría, represión y muro divisorio, creó una historia futurista que deja sin aire.

    Pero al contrario de Orwell, no pensó en la tecnología al servicio del poder, sino en el avance a través de métodos arcaicos de los sectores religiosos más retrógrados de la sociedad. Así, imaginó cómo en Estados Unidos un grupo de políticos teocráticos, con la excusa de los ataques terroristas, van ganando adeptos hasta llegar a instaurar una dictadura con leyes puritanas. Las más afectadas en este nuevo orden son las mujeres, quienes pierden todos sus derechos, son tratadas como esclavas y solo valen por su poder de procrear.

    La historia de Atwood se publicó en 1985 con el título El cuento de la criada, una novela que este año fue reeditada por la editorial Salamandra con un prólogo actualizado de la propia escritora. En breve, la reedición llegará a Uruguay.

    “En 1984, la premisa principal parecía —incluso a mí— más bien excesiva. ¿Iba a ser capaz de convencer a los lectores de que en Estados Unidos se había producido un golpe de Estado que había transformado la democracia liberal existente hasta entonces en una dictadura teocrática que se lo tomaba todo al pie de la letra?”, se pregunta Atwood en el nuevo prólogo.

    Y sí, fue capaz de convencer, porque la novela fue traducida a 40 idiomas y tuvo una versión cinematográfica en 1990, dirigida por el alemán Volker Schlöndorff, con las actuaciones de Fay Dunaway y Robert Duvall. También su historia inspiró una ópera y un ballet, y próximamente se publicará una novela gráfica.

    Pero lo que ha impactado más en Norteamérica, incluso lo que impulsó la reedición de la novela, es la serie televisiva The Handmaid’s Tale, que este año se estrenó en Estados Unidos por el canal de streaming Hulu, y en España por HBO. Dirigida por Bruce Miller e Ilene Chaiken, contó con el asesoramiento de la propia Atwood, que aparece en un cameo en una de las escenas.

    Es entendible la repercusión de la serie en Estados Unidos, donde miedos, odios y mordazas cobraron vigor a partir del gobierno de Donald Trump. Así lo dice Atwood en su prólogo: “Se da la percepción de que las libertades civiles básicas están en peligro, junto con muchos de los derechos conquistados por las mujeres a lo largo de las últimas décadas”. También explica el desprecio que están manifestando grupos extremistas hacia las instituciones democráticas.

    Pero The Handmaid’s Tale tiene un valor estético y narrativo que va más allá de su relación con el panorama actual estadounidense. Su primer hallazgo es tener en el papel protagónico a Elisabeth Moss, quien ya se había destacado como Peggy Olson en la serie Mad Men. Ahora Moss interpreta a Defred, una mujer que en otra vida tuvo otro nombre, un marido, una hija y un trabajo en una editorial. El rostro de Moss permanece todo el tiempo en la pantalla y es de una expresividad conmovedora para transmitir tristeza y miedo, a la vez que rebeldía contenida.

    Ahora Defred lo ha perdido todo y es una criada con largos vestidos y capas de color rojo intenso, además de una cofia blanca a modo de pantalla. “He de confesar que las tocas que esconden los rostros de las Criadas proceden no solo de los trajes de la época media victoriana y de los hábitos de las monjas, sino también del diseño de los detergentes de la marca Old Dutch Cleanser de los 40, en los que aparecía una mujer con el rostro oculto y que de niña me aterrorizaba”, explica Atwood.

    Defred es una mujer fértil y eso la salva de la muerte o de otros destinos peores, porque la mayoría de las mujeres han quedado estériles debido a la contaminación ambiental. Entonces va a servir a la casa de un alto jerarca de la nueva República cristiana y fundamentalista llamada Gilead. Y “servir” en este caso significa ser fecundada por el dueño de casa porque su esposa es estéril. El acto sexual es una ceremonia aberrante en la que participa la esposa infértil, quien mantiene todo el tiempo a la criada agarrada de las muñecas y entre sus piernas, mientras su marido la penetra.

    El otro hallazgo de la serie es la textura de sus imágenes que juegan con la luz y los contrastes. A veces el ambiente es gris; otras, de una falsa luminosidad. En ese mundo en el que se ha perdido la sensualidad y los matices, las criadas con sus capas rojo sangre forman una escenografía a la vez bella y espeluznante, y por momentos parecen figuras irreales, dibujadas en el espacio.

    Atwood ambientó su novela en Cambridge, Massachusetts, y en la serie la ciudad se ve transformada. Por ejemplo, de la prestigiosa Universidad de Harvard solo quedan los muros, de los que cuelgan cadáveres de traidores o miembros de la resistencia. Las criadas salen en parejas hacia el mercado, pasan frente al muro con su macabro espectáculo y miran sin mirar. El espectador ve sus trajes rojos y el muro salpicado de sangre, y no por visto deja de ser aterrador.

    Por otro lado, la narración de la serie es eficaz al reproducir la voz interna de Defred, angustiada y rabiosa, en oposición a la voz impuesta, que se limita a formulismos cargados de símbolos religiosos. Y los flashbacks ayudan a entender cómo era la vida, no hace tanto tiempo, en un mundo libre que, sin embargo, no supo cómo defender su libertad. “No se podía confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”, dice Atwood, y lo confirma su desgraciada protagonista.

    Novelista, poeta, crítica literaria, activista en defensa de los derechos humanos y del medioambiente, Atwood ha recibido varios premios, entre ellos el Príncipe de Asturias a las Letras en 2008. Se le ha puesto el rótulo de escritora feminista, por sus preocupaciones por los derechos de la mujer. Pero como toda buena literatura, la de Atwood escapa a los rótulos, y ella lo explica en el prólogo: “¿El cuento de la criada es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos. (…) Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son ‘feministas’”.

    Al contrario de otras distopías, en esta historia no hay ni computadoras ni televisores ni celulares que expliquen la enajenación o la represión. No hay máquinas, hay seres humanos. Y eso es aterrador.

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