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    Sangre propia

    La realidad y 1975, recitales de dos actrices de primera

    Los argumentos son muy diferentes, pero estas dos historias tienen algo en común: la pérdida de un hermano. Una adopta el formato de comedia dramática y la otra un drama con todas las letras, pero ambas  son obras unipersonales ambientadas en la intimidad del núcleo familiar, escritas, dirigidas y protagonizadas por mujeres; las dos puestas en escena explotan la cercanía con el público; las dos actrices representan varios personajes y logran trabajos convincentes y conmovedores. 

    La realidad (La Gringa, 18 de Julio 1236; sábados, 21.30; $ 250) es una obra de la uruguaya Denise Despeyroux, radicada en España, dirigida por Silvana Vernazza y protagonizada por Fabiana Charlo, una joven actriz que se destacó como Delmira Agustini en Delmira, de Luis Vidal, y que ya trabajó con la directora en la comedia Más fácil que llorar.

    Dos hermanas gemelas se comunican por Skype: una en escena y la otra en un video, ambos roles a cargo de Charlo. Andrómeda está en Uruguay y Luz en la India, donde ha ido a pasar sus últimos días, porque asegura que morirá pronto. Por eso encomienda a su hermana que tome su lugar cuando muera, y evitar así el sufrimiento de la madre, que siempre la tuvo como su preferida. Aunque suene raro, es el tour de force que habilita el relato.

    La conversación fluye con naturalidad gracias a un mecanismo de relojería muy bien aceitado. Colabora el texto, que presenta dos personajes contrapuestos, y por supuesto el notable desdoblamiento actoral de Charlo. 

    Luz transmite paz y serenidad, habla con tono calmo, deja largos silencios. Posee talento para ocultar sus problemas. Relax, relax, relaxxxx, oooommmmm. En las antípodas de su hermana, Andrómeda no puede esconder sus neurosis, se le caen de los bolsillos. Intenta cumplir su misión de asemejarse a Luz para suplantarla, pero carga el peso de un nombre asociado por el mito griego a la oscuridad. Sufre las dificultades para sosegar su carácter con terapias que no soporta. Hace lo que puede con sus traumas y su resentimiento.

    Con estas coordenadas, bien podríamos estar ante un bodrio, pero el texto de Despeyroux contiene las palabras perfectas para ilustrar eso tan difícil de asir como los personajes y las imposturas que construimos para seguir adelante. A través de “la realidad” (un juego lingüístico que practican las hermanas), la obra habla de lo que uno es y lo que uno muestra de su personalidad.

    Afortunadamente, la autora elige retratar este vínculo muy intrincado entre dos hermanas y su madre, con el humor como catalizador dramático. El mundo esotérico, la autoayuda, el yoga y las experiencias místicas con ayahuasca son trazos que dan forma a una caricatura inteligente, oportuna y graciosa. Son convocados también otros universos como la filosofía y la literatura, con una oportuna alusión a Mujercitas como arquetipo de la femineidad. 

    Un texto atractivo, una puesta inédita y una actuación redonda que bien merecen 70 minutos de su tiempo.

    Cartas sin abrir.

    Teatro El Umbral presenta 1975 en El Telón Rojo(Soriano 1274, sábados a las 21 y domingos a las 19.30; $ 200), escrita y dirigida por Sandra Massera y protagonizada por Laura Almirón, una actriz nacida en el mismo año que da título a la obra, y cuya carrera ha transcurrido en la compañía dirigida por Massera y Carlos Rehermann. Entre sus abundantes buenos trabajos se destaca su notable rol de costurera en La mujer copiada (2008), una obra que pintó con lucidez a los protagonistas de la secesión vienesa. 

    Esta puesta en escena intimista aborda el trauma de la pérdida de un ser querido, desde la óptica de la hermana de un joven desaparecido durante la dictadura, un asunto recurrente en los últimos 30 años de teatro uruguayo.

    Por suerte, la historia no va por el lado político, que ha inspirado múltiples puestas en escena, y se ubica en el extremo opuesto del panfleto ideológico. Aquí el foco está puesto en el vacío que deja su hermano en una niña, luego adolescente, luego adulta. Una niña que escribe cartas a su hermano, que nunca llegan y que luego deja de enviar, aunque no de escribir. Almirón la encarna en las tres edades, en un fino despliegue de sensibilidad, pleno de sutilezas.

    Fiel al estilo de El Umbral, la puesta aprovecha varios espacios de la casona céntrica donde funciona El Telón Rojo. Así, cada etapa de la vida de la protagonista se identifica con algún rincón de ese amplio hall, la escalera de madera y las galerías de los pisos superiores. 

    Massera y Almirón logran reflejar, sin caer en golpes bajos, cómo la ausencia del cuerpo impide procesar el duelo, lo deja en suspenso, con el alma en pena. Y logran un relato universal que trasciende las circunstancias locales y aporta a la cartelera una propuesta de gran calidad.

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