Escribe como si no hubiera mañana. Como si cada obra fuera la última. Como si se fuera a acabar el mundo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos en las entrañas de un estadio, más precisamente en el vestuario. Sentados en un banco, dos tipos (Diego Arbelo y Fernando Dianesi) conversan animadamente, enfundados en trajes de gato. Las cabezas felinas descansan a un lado. Son las mascotas oficiales del equipo. Odian lo que hacen, pero allí están, irritados y con sus manías a flor de piel esperando el entretiempo para salir a la cancha con la misión de entretener al público con sus macacadas. En eso, aparece uno de los futbolistas (Leandro Núñez), a quien no le sacaron tarjeta roja sino que abandonó el campo por propia voluntad. Ha decidido abandonar el fútbol, así, intempestivamente, en el medio del partido, dejando a su equipo con diez hombres. Ante el estupor de los hombres-gato, manifiesta que su verdadera pasión no es el fútbol sino… la física cuántica. De inmediato deberá explicárselo al entrenador (Juan Antonio Saraví) y a un alto dirigente del club (Levón, el a esta altura inefable Levón, quien por supuesto hace de Levón, de traje, camiseta celeste, gafas de sol y peluquín).
Néstor, el jugador desertor, enuncia principios y teorías físicas como “el gato de Schrödinger”, una tesis sobre los “multiversos” (universos paralelos) por la cual un objeto puede existir y no existir a la vez. “Ser y no ser”, declama nuestro crack retirado, alzando la voz.
A Santiago Sanguinetti (Montevideo, 1985) le bastan 15 minutos para mostrar su firma. A esta altura, luego de una década de trayectoria, está clarísimo que lo suyo es el teatro del caos, y del “voy a poner en esta obra todos los temas que me interesan y me obsesionan, no me voy a guardar nada, voy a cortar todo bien finito, lo voy a meter en la licuadora y voy a apretar el botón a la potencia máxima”. Fútbol, física cuántica y anarquismo son los que el autor jerarquiza, pero hay muchos más: hombres-peluches, choques de unidades espaciotemporales, Bakunin, Max Planck, zombis antropófagos desaforados en un estadio, barrabravas de Boston River, ataques de pánico, hipocondría.
¡Basta, Sanguinetti! ¡Ya entendí que sabés de todo un poco y que todo te interesa, especialmente cuando mezclás temas que requieren una erudición importante con las más pueriles y vulgares manifestaciones populares! Por momentos, el teatro de Sanguinetti satura de tanto palabrerío, tanta violencia, tanta superposición de gente gritando y revolcándose por el escenario. Pero sin embargo, hay algo en este tuco que funciona, y hace que todo cobre sentido. Quizá por aquella verdad que siempre repite Ariane Mnouchkine, de que el buen teatro siempre es el arte de su tiempo. Dice Sanguinetti en el programa de mano:“La ambigüedad y confusión de una época histérica y vertiginosa. La violencia y la verborragia desatadas frente a la inminencia de la muerte. La imposibilidad de tomar una decisión que oficie de faro hacia algún lugar. Palabras en lugar de acción”. Y en este tiro da en el blanco.
La Comedia Nacional había hecho una obra suya hace varios años: la críptica y poéticamente compleja Ararat, dirigida por Alberto Rivero. En el ruedo independiente hizo la notable Nuremberg, en la que él mismo interpreta a un skinhead en sus últimos minutos antes de inmolarse por su sueño de pureza aria, y la interesante pero muy entreverada Trilogía de la Revolución, en la que afianzó esta teatralidad barroca y atolondrada. Ahora, este muchacho calmo y amable que escribe con la furia adrenalínica con la que Zidane cabeceó el pecho de Materazzi, dirige por vez primera al elenco oficial. Y en esa tarea, acierta. La química de este texto con estos actores y esta dirección origina un teatro virtuoso, en un plano que bordea lo fantástico con el grotesco y el absurdo, tan demencial como entretenido, tan inverosímil como avasallante.
Arbelo, Núñez, Saraví y Levón arman un tándem arrollador, que tritura rivales y se come el escenario. Dianesi y Andrés Papaleo tampoco desafinan. Dentro de su traje, Enzo Vogrincic comple un rol meramente corporal. El elenco se comporta como un equipo bien compacto y eficiente en este juego delirante de la interpretación en clave rockera, exacerbada, con el pedal de distorsión en modo overdrive.
Sanguinetti escribió esta obra en plena fiebre mundialista, durante la Copa Brasil 2014. “La pasión irracional desatada en cada gol me hizo pensar en la ausencia de otros relatos que le dieran sentido a la existencia. Esa irracionalidad es tan teatral que bien valía dedicarle una obra”, explica. Por momentos, y a través de algunos personajes, el autor cae en el intento de intelectualizar y teatralizar el sentimiento futbolero, de comprenderlo y domesticarlo en clave lógica, científica y artística. El resultado es fallido, cuando menos dudoso.
En el medio están a la vista las virtudes de la puesta en escena que se nutre de dos diseñadores inspirados como Laura Leifert y Sebastián Marrero, dupla que explota muy bien el conjunto escenografía-decorados-utilería-iluminación. Está notablemente resuelta la duplicación de personajes, un desafío de extrema exigencia especialmente para Arbelo, a cargo durante un buen rato de los parlamentos de los dos felinos humanos. También hay que aplaudir el vestuario y los expresivos trajes de animales compuestos por Johana Bresque y Ricardo Rosa, protagonistas y catalizadores del humor en esta historia.
Pero lo mejor, sin dudas, ocurre cuando Sanguinetti-director y su elenco inclinan la cancha a su favor, se imponen sobre el despliegue intelectual de Sanguinetti-autor y logran futbolizar su teatro, y llenarlo de esa cosa que corre por las venas del hincha cuando explota en una puteada o un grito de gol.
El gato de Schrödinger. Texto y dirección: Santiago Sanguinetti. Ambientación sonora: Fernando Castro. Sala Zavala Muniz (hasta el 31 de julio). Viernes y sábado, 21 h; domingo, 19. Duración: 1 h 35. Entradas a $ 150 y $ 75 (viernes). Tickantel y boletería del Solís.