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Juan Sartori se ha jactado públicamente de ser un tipo que aprende rápido. Dice que es de esas personas que se adaptan sin mayores problemas a un nuevo ambiente, no importa qué tan ajeno le sea. Cuando este millonario empresario desembarcó en la política uruguaya, hace poco menos de un año, tuvo que hacer cursos intensivos en varias materias.
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Primero, empaparse de la historia del Partido Nacional, empezar a conocer sus tradiciones, su liturgia, y hasta a sus dirigentes. Después tuvo que ir conociendo los vaivenes de la política. No solo las cuestiones formales, básicas, institucionales. También su lado B. Las espinas, los guadañazos por la espalda, las intrigas, el juego no tan limpio. De todo eso se fue nutriendo Sartori mientras recorría el Uruguay sin descanso, para aquí y para allá tres veces, durante una campaña intensa, sin respiro. Lo último que le quedó por aprender, después de unas elecciones internas en las que terminó en un sorpresivo segundo lugar y con el nada despreciable capital de 90.000 votos, fue el armado de las listas para competir por un lugar en el Parlamento.
Cuando su ambicioso objetivo era la presidencia, Sartori dijo más de una vez que no le interesaba calentar un sillón en el Senado, que él era alguien con un perfil más ejecutivo. Pero cuando los números empezaron a mostrar que no llegaba a ganar la interna de su partido, miró con más cariño la posibilidad de ser parlamentario. Fue cambiando su discurso. Y entonces comenzó la tarea de diseñar las listas para acceder al Palacio Legislativo. En ese proceso hubo varios problemas. “Siempre el armado de las listas es el momento más duro de la política. Hay que escuchar a las agrupaciones que están trabajando. Hay que ver quiénes votaron en la interna y cómo votaron. Y tratar de tener una coherencia política”, dijo Sartori en declaraciones a Telemundo hace unos días.
Uno de los conflictos que afrontó fue la salida forzada de su mano derecha, de su mentor político, el coronel retirado Óscar Costa, que se vio obligado a renunciar a cualquier aspiración partidaria luego de que El Observador divulgara audios en los que trataba de “monigote” a la candidata blanca a vicepresidenta, Beatriz Argimón. Sartori se quedó sin una persona de confianza en esta aventura política. Pero apeló a otras. Quien ocupa la segunda suplencia en la lista al Senado, detrás de Sartori y luego del veterano dirigente Alem García, es su propia madre: Rosina Piñeyro.
Fuentes allegadas al empresario dijeron a Búsqueda que aunque les llamó la atención a algunos dirigentes de la flamante agrupación, no es algo que pueda sorprender a quienes conocen íntimamente a Sartori. Piñeyro, que es socióloga, trabajó en la Organización de los Estados Americanos (OEA), militó durante su juventud en el Movimiento Por la Patria e integró el Centro de Estudios que fundó Wilson Ferreira, es una persona que ha estado fuera del radar político durante décadas. Pero su hijo quiere introducirla nuevamente en el ruedo. Ha participado en algunas reuniones políticas y lo acompaña seguido al interior del país. “No es una militante activa, pero se sabía que podía ocupar un lugar alto en la lista. Hay algunos proyectos de ley que quiere presentar”, señaló a Búsqueda un dirigente del sartorismo.
La soledad de Alonso.
Hubo dos episodios recientes que le movieron el piso a la senadora Verónica Alonso, que durante las internas abandonó su idea de ser precandidata para sumarse a las filas de Sartori. Uno de ellos fue un choque contra su compañero de sector, casi un lugarteniente, el diputado Álvaro Dastugue. Hubo una discusión sobre la posibilidad de que Alonso, que va como segunda en la lista al Senado, encabezara la lista a Diputados. Ese lugar había sido acordado para Dastugue. Y Sartori respetó ese pacto.
El choque fue contundente y terminó con la alianza política y electoral entre Alonso y Dastugue, que es lo mismo que decir que llegó a su fin el acuerdo entre la senadora y la fuerte estructura evangelista de la Iglesia Misión Vida que integra el diputado.
El otro episodio fue una presentación de listas “truchas” con una estética similar a las de tres grandes agrupaciones blancas bajo el sublema Esperanza Nacional (de Alonso) con la idea de sumar votos al Senado. Las listas, que buscaban engañar al elector, fueron impugnadas por el propio sartorismo. Y si bien Alonso se desentendió de esta operativa, quedó salpicada. Tanto que los dirigentes del movimiento de Sartori en Canelones le impidieron que integre las listas para Diputados en ese departamento. Un poco por este episodio y otro por cuestionamientos a su participación durante la campaña, dijeron fuentes políticas a Búsqueda.
Una reciente asamblea en el departamento canario consideró “inconveniente” la participación de Alonso en sus estructuras políticas. Con esta negativa, las posibilidades de la senadora para obtener una banca se reducen a que el movimiento de Sartori casi que duplique la votación que obtuvo durante las internas.