Luego de hablar con el encargado del hotel, este sí de carne y hueso, Yuichi se dirige hacia una pecera donde hay peces… mecánicos. La cámara se detiene en un primer plano del pez androide, lo sigue en su elegante nado para un lado y para el otro. La belleza, los colores, el movimiento bien balanceado de sus piezas, es igual o aún más sorprendente que si fuese el de un espécimen auténtico. Esto recuerda a Blade Runner cuando una lechuza vuela por el interior de una habitación y alguien pregunta si es real:
—Por supuesto que no, costaría muchísimo dinero —contesta Rachel, la replicante. Una lechuza de verdad que en la película hace de lechuza de mentira. La ilusión insuperable del cine.
Entonces Yuichi Ishii, quien en la vida real (“real”, otra palabra que se diluye) ofrece sus servicios de acompañante como si fuese marido, padre, amigo o hermano, en Family Romance, LLC hace de él mismo, pero a su vez en una ficción: quienes lo contratan terminan sucumbiendo al engaño y le toman afecto o se enamoran de él. Esto causa un problema en la vida del propio Ishii: ¿cuál de ellas es real?, ¿qué sucede cuando vuelve a su casa con sus auténticos familiares?
Herzog narra en esta película como si fuese mostrando una serie de delicados papiros. Imperan la amabilidad japonesa y la suavidad de maneras, del mismo modo que desfilan imágenes de cerezos en flor, ordenadas aglomeraciones en los semáforos y en un parque de diversiones o el despojamiento y el silencio en una funeraria donde los clientes pueden probar los ataúdes y escenificar su propio velorio. Rinden los actores, la fotografía, la música. En todo momento está presente ese Japón de ciencia ficción para nosotros, los occidentales. Pero antes que nada está la visión de Herzog, vibrante y remanente, que ha vuelto a los 77 años con la eficacia de sus mejores y primeras películas.
La vida es una novela.
Nació en Munich en 1942, pero se crio en el campo, en la zona montañosa de Sachrang, en Baviera, cercana a Austria. De niño jugaba feliz —y recalca su niñez feliz y plena de aventuras, a pesar de la guerra— entre los escombros de las casas bombardeadas. Un día encontró una ametralladora y la llevó a su casa. La madre le dijo que las armas eran peligrosas, pero primero le mostró cómo se usan. Empuñó la ametralladora y le disparó a un tronco. Herzog no olvida las enormes astillas saltando por todas partes. De muy joven hizo trabajos de soldador en una planta siderúrgica en Alemania, fue contrabandista de televisores en la frontera entre Estados Unidos y México y jinete de rodeo con toros; se presentaba como El Alamein y terminaba hecho pomada. También practicó deportes y ama especialmente jugar al fútbol.
Realizó grandes caminatas, para él una actividad comparable al cine. El ojo humano es el primer movimiento de cámara, el primer travelling. Viajó por gran parte del mundo en un Volkswagen desvencijado, donde dormía. Y, cuando decidió hacer películas, no paró nunca más. Siempre fue un cineasta independiente, con su propia productora, que al principio contaba con un teléfono, una máquina de escribir y un auto, las tres piezas esenciales —manejadas por un único operario, el señor Herzog— para iniciar el negocio cinematográfico. Una de sus máximas es que para filmar, antes que intelecto, se necesita una buena musculatura. “El cine no nace del pensamiento académico abstracto: nace de tus rodillas y tus muslos”, declaró en el libro de entrevistas de Paul Cronin Herzog por Herzog (El Cuenco de Plata, 318 páginas), un fenomenal compendio de la vida y el pensamiento de este cineasta cuyos rodajes son una aventura garantizada, algunos de ellos tan demenciales como sus películas, en particular Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982), ambas con Klaus Kinski, el capo de todos los actores desquiciados.
Los héroes de Herzog, ya sea en el plano de la ficción o en documentales —a veces son un cruce entre los dos géneros— no tienen pasado, emergen de la oscuridad. El enigma de Kaspar Hauser (1974), la película que lo dio a conocer mundialmente (Premio Fipresci y Gran Premio del Jurado en Cannes), está basada en el caso real de un hombre que apareció un día de 1828 en la plaza de un pueblo como surgido de la nada, sin saber hablar, sin socialización alguna. Para encarnar a este personaje, Herzog eligió a Bruno Schleinstein (Bruno S.), el hijo maltratado de una prostituta que pasó 23 años de su vida en instituciones mentales. A pesar de su retraso, y gracias a la paciencia del director y guionista en los ensayos, este actor no profesional hizo un Kaspar notable, y también fue el protagonista de La balada de Bruno S. (1977), otra de las grandes realizaciones de Herzog, cuyo final con una gallina bailarina, un pato que toca un tambor y un conejo que salta sobre un carro de bomberos de juguete —números de feria bizarros en una desolada reserva india— resulta absolutamente memorable.
Otro de sus grandes títulos es También los enanos empezaron desde pequeños (1969), muy al estilo de Freaks, la obra maestra de Tod Browning de 1932. Filmada en blanco y negro en un correccional de Lanzarote y con la presencia exclusiva de un grupo dislocado de enanos que se han rebelado contra su director, al que mantienen sitiado en su despacho, es un ensayo sobre lo grotesco y el horror que podría haber salido de la mente de Goya. Uno de los actores se accidentó al ser atropellado por un auto sin conductor que daba vueltas en círculo. Herzog le prometió al elenco que si todo salía bien al final del rodaje se tiraría sobre un cactus. Cumplió con su palabra y se clavó unas cuantas espinas. La escena final, con un enano que ríe nerviosamente, tose, mueve los bracitos, ríe y vuelve a toser, es siniestra, un adelanto de lo que después perseguiría David Lynch en su mundo de pesadillas. Se puede ver en la plataforma Qubit junto con otras películas del mejor Herzog, como Aguirre…, Kaspar Hauser, Corazón de cristal (1975), Woyzeck (1979) y La balada de Bruno S.
No toda su obra es pareja. En su etapa estadounidense —actualmente vive en Los Ángeles— tiene ejemplos olvidables como Rescate al amanecer (2006), con Christian Bale, y Un maldito policía en Nueva Orleans (2009), con Nicolas Cage. Incluso lleva su nombre como director y guionista una superproducción comandada por Nicole Kidman, La reina del desierto (2015), que nada parece tener que ver con él y que ni siquiera se estrenó en nuestro país en salas comerciales.
Nunca ha dejado de hacer documentales en distintas geografías y con los temas más variados. Uno de los más conocidos es La cueva de los sueños olvidados (2010). Al retratar las pinturas rupestres, Herzog fue de los pocos cineastas que aprovecharon con acierto —y no como un fenómeno de feria o de impacto barato— el recurso de la tercera dimensión. En Netflix se encuentra Hacia el infierno (2016), sobre los volcanes y los volcanólogos, con el infaltable acompañamiento de la grave y singular voz en off de Herzog.
En la selva se escuchan tiros.
Kinski y Herzog trabajaron juntos en cinco películas: Aguirre…, Nosferatu (1978), Woyzeck, Fitzcarraldo y Cobra verde (1988), además de un documental dirigido por el propio Herzog con sus discusiones y peleas durante los rodajes: Mi enemigo más querido (1999). Kinski, despectivamente, le llamaba “el director de enanos”. Se volvieron enemigos en la selva amazónica peruana, durante los accidentados rodajes de Aguirre… y Fitzcarraldo. Kinski, que se llevó un tercio de los aproximadamente 300.000 dólares que costó Aguirre…, venía de montar una “Jesus Tour” en la que encarnaba a un Cristo incomprendido y rabioso y cargaba entre sus cosas con un rifle Winchester. En una oportunidad, completamente sacado, lo empleó y disparó porque le molestaba el bullicio de algunos extras que habían bebido de más. Dicen que llegó incluso a herir a uno de ellos en un pie. Pero Herzog, que sabía con el buey demente con el que araba, también estaba armado, y en cierto momento en que el actor quiso abandonar el rodaje, lo amenazó con matarlo. De esto dan cuenta tanto el director como el actor, y si fue exactamente así, poco importa. La leyenda es lo que se imprime, como dijo un personaje en Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford. “Trabajar con Brando era como ir al jardín de infantes comparado con Kinski”, puntualiza Herzog.
La infructuosa expedición en busca de El Dorado, esa nave de los locos que poco a poco va siendo tragada por el Amazonas, por el calor, el hambre, las flechas de los indios y las alucinaciones, quedó estampada en la mente de Francis Ford Coppola y fue el punto de partida de Apocalypse Now.
Para la antológica escena final, en la que el conquistador español es el único que se mantiene en pie en la balsa rodeado de una cantidad de monos, habían contratado los servicios de un traficante de animales que a último momento se los vendió a un coleccionista. Cuando Herzog se enteró fue disparado al aeropuerto y encaró al coleccionista, que estaba a punto de tomarse el avión. Le dijo que era un veterinario y que no podía subir a bordo con semejante cantidad de monos sin antes administrarles la vacuna para evitar contagios. El tipo le creyó y entregó los monos, que recuperaron su función de actores.
Herzog y los animales de sus películas también son un capítulo aparte. Para Nosferatu consiguieron 10.000 ratas blancas de un laboratorio de Hungría que tuvieron que teñir de negro para dar la idea de la peste que llega con el vampiro. Sumergieron las jaulas con las ratas en tintura durante un segundo y luego, a través de una cinta transportadora, las secaron con secadores de cabello, de lo contrario se habrían muerto de neumonía. A todo esto, Kinski estaba más tranquilo. Durante las sesiones de maquillaje, mientras le colocaban los dientes, las uñas y las orejas postizas, escuchaba música japonesa.
Fitzcarraldo (Mejor director en Cannes) fue otra aventura insensata que terminó en una gran película, pero a un costo altísimo. Entre otros delirios, había que cargar con un barco por tierra entre dos ríos, que fue lo que hizo el empresario del caucho José Fermín Fitzcarrald, que realmente existió, y que Herzog dio forma como un amante de la ópera que desea construir un teatro en el medio de la selva.
“Era inevitable que empujar un barco de esas dimensiones montaña arriba creara dificultades y situaciones que nadie había previsto y que, por eso mismo, dieron más vitalidad a la película. Por ejemplo, ojalá hubiéramos filmado en estéreo Dolby, porque el ruido del barco era tan asombroso y atronador que ningún técnico de sonido podría haber inventado lo que oímos in situ”, recuerda el director.
Debido a los retrasos en el rodaje, Mick Jagger, que hacía de secretario de Fitzcarraldo, debió abandonar el set para cumplir con los compromisos de los Rolling Stones y su papel fue suprimido, algo que Herzog siempre lamentaría. Por su parte, Jason Robards cayó enfermo. Quedó Claudia Cardinale. Y Kinski, que ya no podía mantenerse sedado con la música japonesa, volvió a sus rabietas. Pero eso no fue todo: un técnico preso de un ataque de nervios incendió la choza de paja en la que dormía Herzog. A su vez, tres indígenas que trabajaban de extras y se encontraban pescando en el campamento de la producción fueron atacados a flechazos por otros indios. A uno le atravesaron la garganta y a su esposa el vientre. “Como era demasiado riesgoso transportarlos a otro lugar, realizamos una cirugía de emergencia que duró ocho horas sobre la mesa de la cocina. Yo ayudé iluminando la cavidad abdominal de la mujer con una linterna, mientras con la otra mano rociaba con repelente las nubes de mosquitos atraídos por la sangre”, dice Herzog. Parte de esto quedó registrado en el documental Burden of Dreams (1982), de Les Blank, que fue presentado por el mismo Blank en Montevideo en 1983.
Es muy difícil encontrar la historia de una película que sea igual o más apasionante que la propia película, pero en Herzog se da el caso.
—Buenas tardes, ¿cómo está usted hoy— preguntaría otra vez el robot del hotel.
Y Herzog contestaría:
—Muy bien, gracias. Con ganas de seguir filmando.