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Lo primero que llama la atención de Supongamos que Nueva York es una ciudad es cuánto se ríe Martin Scorsese de las cosas que dice Fran Lebowitz. Casi cada vez que están juntos, en algún momento el director termina retorciéndose de risa ante alguna frase punzante o antipática de su entrevistada, dejando en claro que esta miniserie es, antes que nada, el trabajo de un admirador frente a su admirada. Quizá por eso se tarda un poco en sintonizar con las intenciones de estos siete capítulos: hay algo un poco arbitrario, un poco personal en el método elegido para contar. Ahora, cuando se logra esa sintonía, el material resulta muy disfrutable.
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A todo esto, ¿quién es Fran Lebowitz? Para quienes no somos insiders de la ciudad de Nueva York, Lebowitz es una escritora, ocasional actriz y frecuente comentarista de la vida de esa ciudad. Trasplantada a la “Gran Manzana” a mediados de los 70, Lebowitz saltó a la fama tras publicar una serie de columnas en la revista Interview, propiedad de Andy Warhol, y, sobre todo, luego de la publicación de su libro satírico Vida metropolitana, en 1978.
Quizá por ser una habitué de la noche neoyorquina (supo ser regular en la discoteca Studio 54), ya desde entonces su mirada sobre la ciudad y sus personajes se caracterizó por su acidez y su humor seco. Lebowitz publicó su último libro en 1994 y desde entonces ha estado escribiendo la novela Exterior Signs of Wealth, que aún permanece sin terminar. Debido a su “bloqueo de escritora”, Lebowitz se gana la vida sobre todo como comentarista y entrevistada: “Es lo que siempre quise hacer toda mi vida. Que la gente me pregunte y opinar. Y que no puedan interrumpirme”. Como actriz es recordada por su participación en varias temporadas de la serie Law And Order, en donde interpretó a la áspera jueza Janice Goldberg.
No es la primera vez que Scorsese se reúne con Lebowitz para esta clase de material. En 2010 el director realizó el documental Public Speaking también con Lebowitz como protagonista, solo que hablando de actualidad general. Esta serie de Netflix recupera el formato de aquella película, con Scorsese como ocasional entrevistador, editor y director de las opiniones de Fran. En los siete capítulos de Supongamos que Nueva York es una ciudad (en inglés, Pretend it’s a City) la escritora se extiende sobre distintos aspectos de la vida en esa urbe, mostrando la dualidad de su vínculo: de la misma forma que adora ciertas cosas de la ciudad, aborrece otras con idéntica y simétrica intensidad.
La ciudad de Nueva York es la coartada para hablar del mundo y de la gente, del estado de las cosas en áreas tan diversas como los hábitos de lectura, la cooperación ciudadana, las políticas públicas, etc. Es decir, la ciudad es a un tiempo resumen, suerte de microcosmos y también disparador de reflexiones más amplias. El metro, los ciclistas, la gente que no mira por dónde camina, la desaparición de la prensa en papel, la fobia a la tecnología, todo es tema para Fran, quien a partir de ese puñado de cosas que ama o la indignan construye diatribas que son tan cómicas como profundas. Las dice en su estilo parco, con frases casi telegráficas, de una lucidez implacable. “Uno de los beneficios de envejecer es: ¿entonces no estás de acuerdo conmigo? ¿A quién le importa?”, dice la bloqueada escritora en cierto momento, logrando una vez más que Scorsese se muera de risa.
Entonces, ¿quién es el protagonista de la miniserie? ¿Lebowitz o la ciudad? Se podría decir que ambas, la clase de unión que la escritora tiene con su entorno es definitivo (declara que jamás se va a ir de allí) y a la vez descriptivo: Fran comienza hablando de las veces que usa el metro, de ahí salta a la calidad del transporte público y de ahí a la calidad de los servicios en la ciudad en general. Luego vuelve al origen, termina contando cómo ha sido su vínculo con esos servicios a lo largo de las décadas. La Nueva York que conocemos en la serie es entonces el destilado que Lebowitz ha venido preparando durante los últimos 50 años, el de su mirada única y a veces feroz.
Quizá por eso la serie no es tampoco nostálgica: de la misma forma que la Nueva York de los 70 era más divertida, señala Lebowitz, también era más peligrosa y violenta. Es evidente en el realizador y en la entrevistada lo peculiar de su vínculo con esa ciudad que muestran y que, de distintas formas, ambos han venido narrando a lo largo de sus respectivas carreras. Además de las entrevistas que le hace Scorsese, en la serie aparecen fragmentos de encuentros de Lebowitz con gente como David Letterman, Spike Lee, Olivia Wilde y Alec Baldwin, entre otros. La constante en todas ellas es la cómica parquedad con que responde casi siempre la entrevistada.
Conversando sobre temas que van desde el placer de fumar, la perspectiva de cambio que parece ofrecer el movimiento MeToo, lo delirante de los precios de la vivienda en la ciudad, cuánto odia Fran el dinero pero cuánto le gustan las cosas que el dinero compra, y su rechazo hacia la tecnología (no usa computadora ni celular), Supongamos que Nueva York es una ciudad termina siendo una suerte de fresco pintado por una sola persona que, como dice la propia Fran, no tiene poder, pero está “llena de opiniones”. La única debilidad visible de la serie es que a veces las respuestas de Fran se vuelven predecibles: llegamos a conocer tan bien las mañas de la entrevistada y sabemos tan bien qué es lo que el director quiere arrancarle en sus respuestas, que a veces es posible adelantar lo que va a decir. Dicho eso, en general no es un problema, ya que las respuestas suelen ir entre lo interesante y lo brillante.
Puede parecer curioso que en un documental sobre una ciudad (o con esa coartada) no aparezcan demasiadas imágenes de esa ciudad en la pantalla. La elección de Scorsese parece ser la de reforzar la idea de que la Nueva York que se muestra es solo aquella que vemos a través de los ojos y los pasos de Lebowitz. Por eso abundan las tomas de la escritora cruzando avenidas y cruzándose con otros neoyorquinos. O caminando sobre una inmensa maqueta de la ciudad. Esa mirada a pie de calle y estrictamente personal es la que le interesa al director. Seca, áspera, ingeniosa y a veces malhumorada, la mirada de Lebowitz es efectivamente una interesante puerta de entrada a una ciudad de por sí interesante.