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    Senderos de gloria

    Insumió nueve meses de preparación y cuatro de rodaje. Su director Sam Mendes quería que fuese un solo plano secuencia, es decir, una toma ininterrumpida que siguiese a dos soldados en una misión suicida por las trincheras, por un arrasado campo de batalla de la I Guerra Mundial, por las líneas enemigas, por una casa abandonada, por un pueblo destruido, con un mensaje esencial que si no llegaba a destino le costaría la vida a 1.600 soldados británicos. Esta película, que con total autoridad ya se ha metido entre las mejores del género bélico de la historia del cine, es también una obra de ingeniería donde la exactitud tiene directa proporción con el asombro.

    Dos horas de cine que el espectador verá y sentirá como una sola toma, como un tiempo continuo sin descanso, sin pausas para los dos soldados y para el propio espectador. Pero esa única toma en realidad son varias de no más de 10 minutos. Gracias al zurcido invisible de los efectos digitales, gracias a la magia del cine y a meticulosos cálculos y ensayos, todas las tomas se convierten en una sola que no se desprende ni un segundo de las espaldas de los personajes, en campo abierto, en espacios minúsculos y cerrados, entre los escombros, dentro de un camión, en una noche fantasmal, debajo del agua, entre los árboles de un frondoso bosque. La cámara los sigue como si fuese un ánima omnipresente, que en definitiva es la visión del propio espectador. Eso de estar ahí mismo junto a los soldados, corriendo entre los cráteres, sorteando los cadáveres y evitando las explosiones de los obuses, es una de las consecuencias de esta narración envolvente y circular.

    Una de las principales locaciones fue en la meseta de Salisbury, al sur de Inglaterra, una zona de enorme riqueza arqueológica donde están esas piedras milenarias de la Edad del Bronce. Mendes y su equipo debieron esperar el visto bueno de los conservacionistas antes de comenzar a trabajar y remover la tierra con máquinas excavadoras para colocar las trincheras.

    Se construyeron maquetas como en arquitectura, se realizaron varios storyboards, se midió cada centímetro de cada escenario y se cronometró el tiempo que los actores pasarían por allí. La compañía Arriflex, conocida mundialmente gracias a lo que hizo Stanley Kubrick en Barry Lyndon, diseñó para Roger Deakins (el fotógrafo de los hermanos Coen) una cámara especial, la Alexa Mini LF, ultraligera y capaz de conseguir una inusitada profundidad de campo, que es la que seguiría incansablemente a esos dos muchachos que tienen menos de 10 horas para entregar el mensaje y evitar una masacre. Perdón, señores ingleses, pero Arriflex es tecnología alemana.

    La filmación se hizo mayoritariamente en exteriores. La luz necesaria exigía un cielo nuboso con el fin de evitar las sombras, que se vuelven incontrolables. Los días soleados hubo que emplearlos en ensayos. Esa eterna espera de la luz preciada fue la que casi enloquece al equipo de Ran, que debió permanecer días y días —en algunos casos con todos los soldados a caballo, maquillados y vestidos de samurais y dispuestos a la acción— sin actuar hasta que el emperador Akira Kurosawa encontrara el exacto dorado rojizo del cielo y dijera “¡Acción!”.

    1917

    Muchas veces se olvida la dimensión de equipo que insume una película, o porque creemos en la remanencia de los actores estrella en nuestra memoria o porque consideramos que el director resulta en definitiva el único responsable de todo. Mendes, Deakins (quien ya había colaborado con el cineasta británico en Soldado anónimo, Todo por un sueño y Operación Skyfall) y el montajista Lee Smith trabajaron conjuntamente antes, durante y después de la filmación, que se hizo en la misma progresión de la historia. Desde una camioneta y a la distancia, Deakins y el técnico de imagen digital monitoreaban al camarógrafo. El sonido de la película también rebosa expresividad desde lo micro a lo macro, porque no todo son explosiones.

    En el origen del guion, coescrito entre Mendes y la escocesa Krysty Wilson-Cairns, reposan las historias de un héroe verdadero, el abuelo de Sam Mendes, que fue mensajero en la I Guerra Mundial. Mendes lo recuerda como un hombre extravagante que casi siempre vestía pantalones cortos y chancletas y tenía la costumbre de lavarse las manos permanentemente, una tarea obsesiva de limpieza a lo Lady Macbeth. El hombre necesitaba quitarse la sangre, el barro de las trincheras y el horror de los recuerdos, como aquel soldado alemán cuya cabeza fue arrancada por un obús y siguió corriendo unos metros.

    Hasta aquí las posibilidades técnicas que actualmente hacen del cine el truco más hipnótico y asombroso de todos. Pero 1917, que ya ganó dos Globos de Oro (Mejor película dramática y Mejor dirección) y tiene diez nominaciones a los premios Oscar (incluida Mejor película, dirección, fotografía y montaje), va mucho más allá de la proeza científica y se transforma en una auténtica obra de arte.

    Para empezar, porque las gigantescas posibilidades están al servicio de una idea: que el espectador comparta palmo a palmo y espalda con espalda la suerte de estos muchachos en su misión suicida. Un árbol abre y cierra el ciclo. La tensión generada por las primeras corridas a contramano en trincheras claustrofóbicas, donde se puede originar un problema con un soldado del mismo bando solo por el hecho de pecharlo, es tan eficaz que uno padece la ansiedad y la locura de los protagonistas. Y cuando deben subir por la escalerilla y salir a campo abierto, el efecto es de un pánico y un vértigo que trascienden cualquier pericia técnica. Sencillamente es cine del mejor.

    Dosificar las sorpresas y los peligros durante una carrera contra el tiempo de dos horas, mantener el pulso narrativo a tope, generar belleza a pesar de los espantosos despojos de los cráteres, de los innumerables cadáveres y las ratas, componer las distintas figuras en el cuadro nada tiene que ver con la pericia técnica: sencillamente es cine del mejor. El horror, la valentía y las tragedias de la guerra, la permanente emoción a flor de piel, los momentos espectaculares, todo está en 1917. Pero lo valioso de esta película no reside en lo que dice, sino en cómo lo dice. Y ese cómo es inquebrantable, sin una sola fisura.

    Intercalar entre la acción y el peligro un instante de sublime lirismo con un bosque camuflado de humanos silenciosos, cuyos soldados sentados al pie de los árboles parecen también árboles, mientras suena la melancólica canción Wayfaring Stranger, trasciende cualquier pericia técnica: sencillamente es cine del mejor. Lo mismo puede decirse de la escena nocturnal, onírica, con sombras expresionistas que se mueven a una gran velocidad y resultan más amenazantes que los soldados alemanes.

    1917

    Hacer un alto en un drama que no da respiro y no caer en golpes bajos es otro acierto, lo mismo que haber elegido a dos actores poco conocidos como Dean-Charles Chapman y George MacKay para los roles centrales. Los nombres famosos tienen fugaces y muy cuidadas pinceladas: Colin Firth, Benedict Cumberbatch y Mark Strong, de este último primero sus botas, luego su voz, finalmente el hombre que no desentona con la voz.

    Sam Mendes (Inglaterra, 1965), que se fogueó en el teatro, tiene una diversa y sostenida filmografía en su haber. No son muchas películas, pero todas buenas. Si exceptuamos los dos títulos de James Bond que llevan su firma (Operación Skyfall y Spectre) y tal vez sean lo menos personal en su carrera (aunque también está bueno que un capo se anime con una saga tan popular), el hombre arrancó con Belleza americana (1999), que le dio una merecida estatuilla a la dirección y a la película, además de haber glorificado con otro Oscar al hoy sentenciado Kevin Spacey. Siguió con la inusual Camino a la perdición (2002), que revitalizaba con la ayuda de Tom Hanks, Paul Newman y un detestable Daniel Craig el cine de gángsters, hoy un género más olvidado que el western. En 2008 dio forma al poderoso drama Solo un sueño (Revolutionary Road, con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet), y al año siguiente filmó otro más asordinado, El mejor lugar del mundo (Away We Go, con John Krasinski). Y para demostrar su versatilidad en temas y tratamientos encaró Soldado anónimo (Jarehead, 2005, con Jake Gyllenhaal y Jamie Foxx), una apuesta al cine bélico desde el lado de la paranoia y la amenaza oculta al estilo de El desierto de los tártaros, la novela de Dino Buzzati que fue llevada a la pantalla con éxito en 1976 por Valerio Zurlini.

    Hay cantidad de películas de la II Guerra Mundial. En los últimos años hemos tenido grandes ejemplos como La caída (2004), del alemán Oliver Hirschbiegel, Rescatando al soldado Ryan (1998), de Steven Spielberg, que ya se pueden considerars dos clásicos, hasta la más reciente Dunkerque (2017), de Christopher Nolan. En cambio son bastante menos las visitas cinematográficas a la I Guerra Mundial. Sobresalen tres títulos sobre la Gran Guerra, que de un modo u otro están alejados del frente de batalla en un sentido épico: La gran ilusión (1937), de Jean Renoir, La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957), de Stanley Kubrick y Johnny cogió su fusil (1971), de Dalton Trumbo. No sé cuántas estatuillas podrá recibir 1917, pero eso no importa si hablamos exclusivamente de calidad. Siempre hay que recordarlo: ni Chaplin, ni Kubrick, ni Altman ni Welles fueron oscarizados, a no ser que contemos uno compartido para este último con Herman J. Mankiewicz al mejor guion por El ciudadano en 1942 o esas pedorreces honorarias que otorga la Academia para saldar su culpa. Decida lo que decida Hollywood el próximo domingo 9 de febrero, 1917 es una obra maestra. Y recomiendo verla en Cinemateca.

    Vida Cultural
    2020-01-30T00:00:00

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