El vicepresidente usa documentos falsos para comprar autos robados. La presidenta aumenta en pocos años su fortuna oficial en 2000 (dos mil) por ciento. Patoteros profesionales (“líderes sociales”) negocian acuerdos con un Estado terrorista.
El vicepresidente usa documentos falsos para comprar autos robados. La presidenta aumenta en pocos años su fortuna oficial en 2000 (dos mil) por ciento. Patoteros profesionales (“líderes sociales”) negocian acuerdos con un Estado terrorista.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáArgentina.
La trágica muerte del fiscal Alberto Nisman, a pocas horas de poner sobre la mesa las pruebas del descomunal delito de Cristina Fernández de Kirchner, es un nuevo apoyo a mi teoría sobre el continente latinoamericano.
Se trata de una teoría que he venido desarrollando en los últimos 14 años, según la cual sostengo que el latinoamericano es un continente totalmente fracasado, con un pasado deplorable, un presente patético y un futuro negro.
Desde el punto de vista de la estructura económica, América Latina se encuentra en el mismo nivel en el que estaba en días de los Reyes Católicos: más de 500 años de vida no han servido de nada.
Desde el punto de vista social, sigue siendo la región del planeta con más desigualdades y mayor grado de violencia.
Desde el punto de vista político, ninguna experiencia ha sido positiva. Militares y civiles, liberales y autoritarios, izquierdistas y conservadores, librecambistas y proteccionistas: todos los proyectos llevados a la práctica han fracasado rotundamente.
Y sin embargo, la intelectualidad latinoamericana, con apoyo de algunos mareados colegas europeos (el escritor español Arturo Pérez Reverte es el último de la colección), continúa elogiando las potencialidades del mundo latinoamericano y previendo un brillante futuro.
Y aquí hay un elemento gravísimo: ni siquiera aquellos pensadores o intelectuales que por su capacidad mental, experiencia y postura ideológica deberían poder presentar una mirada crítica —escéptica, medianamente objetiva— logran superar el obstáculo del optimismo desenfrenado y renuevan vez tras otra sus planteos de un porvenir privilegiado para este sector del mundo.
Dos nombres significativos de esa intelectualidad son Marcos Aguinis y Mariano Grondona. Pero la lista es muy larga.
Basta con tomar las tres mayores economías del mundo latinoamericano para comprender el trazado principal de mi idea. México patalea impotentemente en una ciénaga de corrupción, violencia e ineficacia, de incapacidad para administrar mínimamente bien una sociedad y de impotencia para frenar la orgía de sangre que salpica a todo el mundo, presidente de la República incluido.
Nada nuevo en el horizonte: ya en tiempos de Felipe III, México era “una papa caliente” de complicado control.
Hoy, la alianza con Estados Unidos es el puntal que impide que el país se descuajeringue en docenas de estados narcos y cientos de zonas liberadas, como señalan los informes de diferentes instancias de las Naciones Unidas.
Brasil, hasta hace un año la estrella del mundo emergente, en pie de igualdad con la India y con China, es hoy un barco que hace agua por muchos lados, lastrado por la corrupción, la inflación, los bajos precios de los commodities y la ineptitud gubernamental.
Argentina, “uno de los cinco países más ricos del mundo a comienzos del siglo XX” (¿cuántas veces se ha repetido esa frase?), es hoy un circo de payasos más que una República. Si hay algo seguro en este país es que la justicia nunca podrá dictaminar una pena pues la policía nunca podrá encontrar a los culpables.
Y mientras el país sufre una condena mundial por el ataque político al aparato judicial, por el crecimiento de la violencia y la corrupción, por la falta de respuestas a los graves atentados ocurridos hace dos décadas, por su notoria incapacidad para cumplir con sus compromisos, diferentes miembros del gobierno ironizan sobre estos tópicos y fabrican respuestas que dejan bien en claro el desfonde ocurrido.
En palabras del ministro de Economía y hombre fuerte del gobierno argentino: “el mundo nos tiene envidia”. Su jefa ha sostenido públicamente que ni en Australia ni en Canadá se vive tan bien como en Argentina.
Hace pocos días, la misma Cristina Fernández declaró en un encuentro de la FAO, en Roma, que en Argentina hay menos pobres que en Dinamarca. Para no ser menos, su jefe de gabinete agregó esta perlita: en Argentina hay menos pobres que en Alemania.
Y el director del Instituto de Estadísticas nacional avaló ambos comentarios.
El tema de la envidia que despierta Argentina en el Universo no es nuevo en este espacio. Tampoco soy pionero en subrayar el hecho de que los argentinos se viven felicitando a sí mismos por ser como Maradona, como Messi, como el Papa y como Dios.
Es decir, argentinos.