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Sale a caminar con una libretita y anota conceptos. A veces simplemente escribe “hombre bajo la lluvia” y allí quedan esas palabras a la espera de que surjan ideas y después un boceto y otro y otro más. “Miro la hoja en blanco y le tengo miedo, pero también mucho respeto. Me imagino que es un escenario en el que van apareciendo los actores, que siempre son personas, porque casi no hay paisajes ni animales. Y como va más rápido mi mente que mi mano, tengo más bocetos en proceso que dibujos terminados. Me gusta esa etapa creativa, ver crecer los trabajos”, dice Gervasio Troche, dibujante de lápiz, goma y pincel.
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Producto de ese laboratorio de ideas y trazos surgieron dos libros con ilustraciones en un silencioso blanco y negro: Dibujos invisibles (Sudamericana, 2013) y Equipaje (Criatura Editora, 2015; Sudamericana, 2016). “Ninguno de los títulos es mío, porque se me hacen difíciles las palabras. Un día Kioskerman, un dibujante argentino muy amigo, me hizo un comentario en mi blog en el que decía que mis dibujos eran invisibles. Entonces pensé: ‘ese es el título’. A mi madre se le ocurrió Equipaje para el segundo, que tiene mucho de la historia familiar”, explica el autor.
En Dibujos invisibles hay pequeñas historias que hablan de la noche, la lluvia, la música y la soledad. Algunos tienen un humor surrealista y todos mucha ternura y una pizca de tristeza. Hay un astrónomo que exprime la noche, niños que salen volando con el globo que acaban de comprar, árboles que tocan instrumentos, hombres que surgen de adentro de su propia sombra, una invasión de sombreros sobre la ciudad dormida o una mujer que cuelga la ropa en los rayos del sol.
“No había hecho esos dibujos para un libro, por eso eran más independientes, más libres. Pero un día Sudamericana me propuso sacar un libro. Entonces los puse todos sobre la mesa y les fui dando cuerpo. Tenía tres años de trabajos”. La propuesta para publicar un nuevo título le llegó enseguida, y eso le jugó en contra. “Dibujaba pensando en el libro y ya no fui tan libre. No estaba haciendo las cosas bien, me estresaba porque soy bastante sensible con el trabajo. Entonces le pedí a la editora más tiempo y me lo dio. Así pude olvidarme del libro y empezar a crear”. De esta forma nació Equipaje, que reúne un conjunto de dibujos unidos por la idea del viaje, la separación o la unión, la distancia y el reencuentro. Un libro que tiene mucho de su propia biografía.
Troche es argentino y un poco francés y un poco uruguayo. Nació en Buenos Aires en 1976, donde sus padres, uruguayos y militantes de izquierda, se habían exiliado. Después del golpe de Estado en Argentina, huyeron a París con un pasaje también por México. Sus padres hacían teatro y poesía, y habían creado Las Ranas, un grupo de humoristas políticos.
Troche también tuvo una incursión en la caricatura política, pero fue pasajera. “En un momento me di cuenta de que me había acercado al dibujo porque necesitaba expresar lo que me pasaba. De otra forma, no lo iba a pasar muy bien en la vida. Cuando volví a Uruguay tenía diez años y fue muy difícil, un exilio para mí. Me costaba todo: la comunicación, el lenguaje. Era invisible, siempre estaba en un rincón. Pero cuando llegué a la historieta, logré llamar la atención. ‘Mirá lo que hace Troche’, decían mis compañeros. Si se miran bien mis dibujos, allí está el exilio, el desarraigo, la soledad, pero no es un mensaje político directo”.
En Montevideo, Troche fue al taller de Tunda y Ombú. Fue una idea de su madre porque a los 16 años andaba perdido. Allí descubrió a los historietistas del humor gráfico, al Quino de los dibujos mudos, a Fontanarrosa, al francés Sempé y al rumano Saul Steinberg, “el padre de la línea del dibujo sin palabras”. Pero una de sus principales influencias estuvo en el cine de Chaplin. “Cuando no tenés la posibilidad de la palabra, hay que usar otros recursos. Es lo que hicieron Quino o Leslie”, explica. También se fascinó con las historietas de Tunda y Ombú en la revista Guambia. “Siempre soñé con ser dibujante y publicar en revistas como Guambia”, recuerda.
Troche llegó a trabajar en varios medios de prensa, con un éxito relativo. En el diario La República estuvo un tiempo considerable, pero la paga y las condiciones de trabajo eran muy malas. “Fue una experiencia enriquecedora porque hacía un dibujo por día, pero el pago era una miseria. Estaba entusiasmado, olía las páginas del diario, tenía muchos deseos de dibujar. En un momento empecé a ilustrar el editorial y allí todo dejó de tener sentido. Decían que los lectores mandaban mensajes, que no los hacía reír, que mi humor se había vuelto muy poético. Ahí dije ‘basta’”.
Entonces se fue del diario y en 2009 abrió un blog con sus dibujos mudos (portroche.blogspot.com.uy). “Había algo que no me salía con la expresión escrita. Me propuse hacer un dibujo por semana sin palabras y en blanco y negro. Ahí me volví más personal, más autobiográfico”.
Al color le tiene “terror”, aunque está experimentando de a poco. “El blanco y negro es la forma más fiel de cómo veo y siento las cosas. Puede ser que aparezca un sepia o un verde, o algo como hizo Spielberg en La lista de Schindler, con una niña de tapado rojo en medio del blanco y negro, pero no voy a ir a buscar el color como una forma estética”.
Troche da talleres de dibujo particulares y ha trabajado en escuelas y en la cárcel de Mercedes, en Soriano. También da charlas en barrios marginales, como lo hizo en Bajo Flores en Buenos Aires, una villa frente a la cancha de San Lorenzo. “Nunca dibujé para niños, pero ahora pienso que mis dibujos son también para los niños. Ellos los entienden y han escrito poesías a partir de algunas de mis ilustraciones. Me parece que les atrapa el surrealismo, cómo una persona puede estar durmiendo suspendida en un cable, o cómo una escalera sale de la propia sombra de un personaje. Los niños tienen más facilidad para jugar”.
De su mochila saca un frasco de pintura negra. Es acuarela líquida que usa con agua y aplica con pincel fino. Después viene el negro puro para marcar las líneas. Y también está el lápiz y la goma, pero nunca el óleo ni el acrílico ni el dibujo digital. De esa materia prima nacen dibujos sobrios y en pocos trazos, pero de una gran profundidad poética y reflexiva.
En Equipaje salen largas lágrimas de los aviones, hay miradas por la ventana que se estiran hacia lo lejos, una luna que mira con nostalgia a otra luna y siluetas con el corazón en la mano. La serie más significativa, y la que dio título al libro, está al final. De una valija entran o salen un hombre o una mujer, a veces se abrazan, hasta que uno de ellos se va volando. “Somos mi madre y yo, o mi hermano y mi madre, o mis padres. El libro me agarró en otra etapa y me removió el exilio”, explica.
Los dibujos de Troche tienen mucho éxito en Brasil, donde sus dos libros se han vendido muy bien, y en julio hará una gira para presentar Equipaje. Pero a él no le gusta vender sus dibujos individuales. “Cuando vendí alguno me arrepentí por no tenerlos más. Me cuesta mucho dibujar y fue difícil para mí llegar a ser dibujante. Cada uno de mis trabajos es una búsqueda y es duro desprenderme de ellos. Tal vez si algún día pinto un lienzo pueda venderlo”.
Pedro Dalton, dibujante, poeta y cantante de la banda de rock Buenos Muchachos, escribió en la contratapa de Equipaje: “Esa es la magia del dibujo, cuando las palabras al fin sobran”. Sencillo, sobrio y emotivo. Como un dibujo de Troche.