Esa interrogante subyace en su nuevo libro Del freno al impulso: una propuesta para el Uruguay del futuro, donde el economista reflexiona acerca del nivel de desarrollo del país, limitado según él, al haberse “salteado” las revoluciones tecnológicas que hoy son las que cinchan a las economías en el mundo. Al diagnosticar el problema aparecen, entre otras cuestiones, el “altísimo” porcentaje de aversión al riesgo del empresario uruguayo. En un país donde en los próximos 10 o 15 años “no pase nada radical, disruptivo, ni favorable ni desfavorable, persistirán las tendencias que vemos. Un crecimiento lento, un rezago relativo cada vez más pronunciado con respecto a las naciones más dinámicas y una divergencia creciente entre los niveles de bienestar de los uruguayos y de los países con los cuales debemos compararnos”, sentencia.
Pascale cita en el libro el estudio que realizó para su tesis doctoral, cuyo objetivo fue explorar, para el caso de las industrias uruguayas tomadas como “instrumento de observación”, cuáles son las variables explicativas del incremento de la productividad total de los factores y, por tanto, el crecimiento de las empresas, así como los determinantes de la innovación. Confirmó que las TIC —como una aproximación a la idea de “conocimiento”— son utilizadas predominantemente en Uruguay para actividades de contabilidad y administración, y que hacen un aporte positivo.
Otra mirada del estudio fue la “aversión al riesgo” que, a partir de sus cálculos, es “fuerte” entre las firmas manufactureras uruguayas, con la particularidad de que va disminuyendo de manera marginal a medida que aumenta la riqueza o el ingreso disponible. También constató una relación inversa entre el nivel de “intensidad tecnológica” y la aversión al riesgo.
Pascale enfatiza que el “porcentaje de aversión al riesgo que surgió del empresario uruguayo es altísimo”: entre el 97% de los encuestados fue “alta”, frente a 2% de “neutrales” y solo 1% de “buscadores de riesgo”. A partir de opiniones recogidas extrajo como explicación tres razones principales: la “inestabilidad de las políticas económicas”; la “inexistencia de una política de crecimiento económico”; y la “memoria y hábitos empresariales vinculados a un Estado proteccionista”. Señala que en el caso uruguayo aparece incluso una “paradoja” —que denomina de “extrema aversión al riesgo”— en la cual, buscando evitarlo, el empresario termina asumiendo un riesgo máximo.
“Es probable que la racionalidad perfecta funcione de alguna forma en ciertos mercados y países muy desarrollados, pero no es correcto pensar que opere en países subdesarrollados con altos grados de incertidumbre”, sostiene en el libro.
Revoluciones
Dentro de la segunda y tercera revolución tecnológica coexisten algunas etapas. Una, basada en el trabajo y los recursos naturales, donde la competitividad solo soporta salarios muy bajos. Luego, con frecuencia aparece otra etapa con base en las inversiones y en la que la competitividad se asienta más en la eficiencia de una producción masiva, estandarizada. Así se alcanzan salarios más altos, pero aumentan los riesgos frente a shocks externos: “Si suben los precios estamos mejor, si bajan los precios estamos peor”, resume Pascale.
Después sigue la etapa de la innovación, donde la habilidad de elaborar nuevos productos y procesos se hace mucho más importante; aquí el conocimiento y la innovación contribuyen significativamente a elevar la productividad. Pascale acota una reflexión: “Quizás, con humildad y convicción, sea un tiempo de comenzar a pensar cómo pasar de operar en productos con orientación masiva y costos relativamente bajos, a competir en valores únicos y de innovación” como el modo “más efectivo de responder a la globalización y sustentar un crecimiento con equidad en nuestro país”.
¿En qué revolución tecnológica está Uruguay? Con “escasas y remarcables excepciones” el país opera en la segunda, “es decir, en el de las cantidades, caracterizada por la producción en masa de commodities y de productos industriales de baja tecnología. Ella, por cierto, no debe abandonarse, pero hay que ser claro: si no se agrega conocimiento, si no se le suma ciencia para obtener productos de otro valor agregado, seguiremos sustantivamente en la segunda revolución”, sentencia el economista.
De hecho, según él, Uruguay “se salteó dos revoluciones tecnológicas”: la de la economía del conocimiento y la 4.0. Esta última “no es una revolución de robots y máquinas”, sino de “upsilling y reskilling, que serán la constante del futuro del trabajo”, apunta por su lado el ingeniero Juan Opertti.
Pascale sigue y señala que en un mundo que avanza a partir del empuje de estas revoluciones tecnológicas, no operar —o al menos no intentar hacerlo— es para el país “el camino del estancamiento, de quedar atados a inestables ciclos económicos y de observar una creciente divergencia con los países que sí han ingresado”.
“Tener en línea los fundamentos macro es una condición necesaria que está fuera de discusión, pero no es suficiente para el crecimiento económico en las actuales revoluciones tecnológicas”, sentencia el economista.
Dar “el salto”
También señala que la decisión de “marcar una estrategia consensuada que vaya más allá de mantener los equilibrios macroeconómicos en línea y efectuar algunas inversiones aisladas, o tener algún shock externo positivo, no la puede tomar con éxito cualquier país”. Uruguay, según el autor, tiene “condiciones excepcionales” en varios aspectos para “dar un salto en su economía” —es “confiable”, tiene una democracia plena, etc.—, aunque persisten “problemas importantes”, como la educación.
Afirma que “no existe país desarrollado en el mundo que no haya ingresado en la economía del conocimiento”, que abarca una amplia gama de activos intangibles como investigación, datos, software, habilidades de diseño y de destrezas que capturan o expresan el ingenio humano. Agrega que industrias enteras están siendo transformadas por el conocimiento, y en la automotriz, por ejemplo, se estima que el 90% de las características de los vehículos nuevos —como los sistemas de encendido, inyección de combustible mejorada y cámaras de seguridad— contienen un componente de software significativo.
Engarza, luego, con la idea de la innovación y su relación con la productividad y el desarrollo económico. Uruguay es “pobre” en innovación de nuevos productos o servicios, pero, en cambio, los estudios muestran que es más innovador en torno a los procesos para elaborar esos productos. Y “no ha habido un Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación que pueda llamarse como tal”, asegura. De todos modos, acota que el capital humano en el país en materia de ciencia, tecnología e innovación es “un activo muy rico”.
El “impulso” a que alude en el título del libro provendría, según Pascale, de una creciente incorporación de conocimiento e innovación, “aunque sea en etapas”, para lo cual se precisará “sólida voluntad política y un amplio consenso entre todos los actores”. Enrique Iglesias, expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo, apunta en el libro que esos “pactos” o “acuerdos” nacionales deberían referirse a la educación, la productividad, la equidad y a consolidar la “democracia interna”, incluyendo allí una modernización del Estado.
Pascale profundiza enunciando acciones de cambio en materia educativa, reclama superar la “extremadamente baja” inversión en investigación y desarrollo —y propone elevarla gradualmente, a 1% del Producto Bruto Interno primero y después a 1,5%—, a la vez que aboga por un Estado convertido en “catalizador para la innovación”.
El “lado oscuro”
Una transición hacia una economía basada en el conocimiento tiene algunos “lados oscuros” y, por ejemplo, desencadena la polarización de los mercados laborales —entre trabajadores creativos y aquellos estándar—, advierte el economista. Otro refiere al impacto en la salud mental derivado de la mayor exigencia de productividad y la incertidumbre, frente a lo cual sugiere otorgar más autonomía a los trabajadores.
También alude al carácter incierto que rodea la innovación. Para Pascale, desde el punto de vista financiero las mejores estrategias frecuentemente se encuentran en una combinación de fuentes de financiamiento privadas o públicas. Agrega que el desarrollo tecnológico de Israel sería difícil de explicar sin las start-up y a estas sin Yozma (“iniciativa”, en hebreo), un programa del gobierno israelí que comenzó en los años 90 y lo catapultó dando confianza a los privados para que pusieran fondos. Uruguay, por su lado, tiene una “necesidad imperiosa de aunar recursos escasos”, donde la clave del “éxito para el desarrollo de una economía del conocimiento es un enfoque sistémico, coordinado y atractivo para la educación y para la agenda de políticas de investigación e innovación”. Para su gobernanza, plantea conformar un órgano de alto nivel: el Consejo de Investigación e Innovación.
Aclara que “tampoco debe entenderse que los demás sectores de la producción quedarán desamparados”, sino que el conocimiento debería servir para que obtengan “más productividad y prosperen”.
Remata con optimismo: “Las sociedades evolucionadas (…) se destacan por comprender los desafíos que enfrentan ante cambios en el contexto y actuar en consecuencia. No tengo duda de que Uruguay tiene ese grado de madurez (...) y que estará, como decía Ortega y Gasset, a la altura de las ideas de los tiempos”.