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La economía uruguaya se está recuperando más lento que las de varios de los vecinos y ayudada por inversiones como la de la nueva planta de UPM o los buenos precios internacionales de las materias primas exportables. Ese panorama benigno durará un tiempo más. Pasado esos efectos, “si no se implementan políticas adecuadas, tanto en el ámbito macro como micro económico”, Uruguay tendrá una “década deslucida”, opina Gonzalo Zunino, director del Centro de Investigaciones Económicas (Cinve).
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Zunino contestó un cuestionario de Búsqueda adaptado a Uruguay, similar al que respondieron 16 economistas latinoamericanos para referirse a la pospandemia. En su caso, lo hizo habiendo intercambiado opiniones con otros dos integrantes del Cinve, Adrián Fernández y Silvia Rodríguez. Lo que sigue es una síntesis de sus contestaciones.
—¿Cuál diría que es el escenario de crecimiento más probable para Uruguay en la pospandemia?
—La recuperación de Uruguay no ha sido igual de rápida que en Argentina y Brasil o en los países desarrollados, y está muy lejos de lo observado en Chile o Paraguay, donde ya se superó ampliamente el nivel de actividad prepandemia. Sin embargo, el resultado del tercer trimestre (de 2021) está mostrando un cambio en la velocidad de crecimiento y alienta una mejora en las expectativas.
Hay que discriminar el corto, del mediano y largo plazo. Uruguay va a transitar bien hasta el 2023, con un contexto externo muy favorable a lo que se suman los impactos de UPM y otras obras de infraestructuras previamente aprobadas. Y el impulso que viene de la economía global con los altos precios de los productos de exportación y bajas tasas de interés internacionales favorece claramente que en los próximos años Uruguay pueda contar con niveles importantes de inversiones. En Cinve no pensamos que se revertirá rápidamente este viento de cola (es decir, que pasemos a tener “viento de frente”), aunque hay indicios de que se estaría por lo menos enlenteciendo esta trayectoria de los precios, sino directamente estabilizando.
Una vez culminado el efecto rebote, luego de la crisis de la pandemia, las perspectivas de crecimiento están muy ligadas a lo que ocurra con la inversión y el crecimiento de la productividad de la economía. Uruguay está culminando su etapa de bono demográfico, por lo que no es esperable que el crecimiento se sustente en una expansión de la fuerza de trabajo.
Desde la crisis de 2002 a la fecha Uruguay ha consolidado un comportamiento macroeconómico mucho menos volátil, lo que sumado a las fortalezas institucionales existentes, nos permite ser optimistas respecto a una aceleración de la inversión al menos mientras el contexto permanezca favorable. Pero el país tiene importantes desafíos para mantener altas tasas de crecimiento, de 3% anual o superiores después de ello, en un contexto donde además será necesaria una consolidación fiscal.
Si no se implementan políticas adecuadas, tanto en el ámbito macro como micro económico, se tendrá una década deslucida, con un crecimiento magro del PIB (menor al 3% anual). Todavía hay una agenda pendiente de reformas en materia de compras públicas, regulación de mercados, empresas públicas, y por supuesto en el sistema educativo, que son relevantes para fortalecer el crecimiento de mediano y largo plazo.
—¿El país está preparado para un escenario de tasas de interés más altas? ¿Es posible que ocurra una eventual retracción del flujo de capitales? ¿Cómo afectaría eso?
—No es el mejor escenario, sin duda. Con la información al día de hoy podemos asumir que los aumentos de las tasas internacionales probablemente sean moderados.
Puede haber un impacto negativo sobre los egresos fiscales, por las mayores tasas de interés. Pero deberían ser moderados, al menos en el corto plazo, considerando la estructura de tasas fijas y el calendario de vencimientos extendido de la deuda del sector público.
Por otro lado, es probable que se mantengan los flujos de capital, reales y financieros, a los países en desarrollo, aunque sí a mayores tasas de interés o de retorno de las inversiones. Los determinantes de la inversión extranjera directa van mucho más allá de los movimientos de corto plazo de las tasas. Mucho más importante es la estrategia de inserción internacional de Uruguay, con tantas noticias en los últimos tiempos. El atractivo para la inversión extranjera en Uruguay dependerá de si tenemos un TLC con China, si se mantiene el Mercosur, si el Mercosur sigue deteriorándose, etcétera. No todos estos resultados son de resorte exclusivo de Uruguay, pero nos debemos una discusión en profundidad sobre la estrategia de inserción internacional que vaya más allá de cuanto arancel vamos a dejar de pagar por las exportaciones existentes. Esta parece más una discusión de los gerentes generales de las empresas exportadoras antes que una reflexión tomando en cuenta el interés general del país.
—¿Cómo cree que deberían integrarse las políticas de innovación y del mercado laboral en la agenda de crecimiento pospandémica?
—El crecimiento de mediano plazo de Uruguay se juega mucho en la inversión de capital físico y en lo que pueda ocurrir con mejoras de la productividad. En este último campo, las políticas de innovación ocupan un lugar importante. Mantener y fortalecer presupuestalmente agencias como la ANII, resulta cada vez más relevante, de la misma forma que los estímulos a los procesos de innovación.
En lo que se refiere al mercado laboral, en un contexto creciente de innovación y penetración del cambio tecnológico, resulta fundamental la reducción de la informalidad y el incremento de la inclusión económica, financiera y social de todos los actores. Uruguay se debe una profunda discusión sobre innovación, automatización e impactos en el mercado de trabajo.
Vemos con preocupación los anuncios desde el gobierno de proyectos de reforma de las relaciones laborales. La impresión es que estos proyectos apuntan exclusivamente a modificaciones en el balance de fuerzas entre empresarios y sindicatos de trabajadores.
—El rol del Estado, fortalecido durante la pandemia por su intervención sanitaria y soporte económico y social a los afectados, ¿se mantendrá una vez que pase esta crisis?
—Debería mantenerse. Se necesita, no solamente para los momentos críticos, de un Estado fuerte, ágil y activo; puede parecer un cliché, pero eso se traduce en una mejor gobernanza de las instituciones públicas, especialmente las empresas públicas. El desafío es sentar las bases para que Uruguay pueda avanzar hacia una fase de crecimiento más vigoroso, socialmente inclusivo y ambientalmente sustentable. Y para ello el rol del Estado es fundamental. Actualmente estamos en un nivel de 10% de la población en situación de pobreza. Aunque volviéramos al 9% previo a la pandemia, este guarismo es todavía muy alto, si nuestro objetivo es lograr una sociedad más justa, más inclusiva, con menores tensiones sociales, con impactos positivos en seguridad ciudadana, etc.