En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
No son pocos quienes descreían que Charly García, o lo que queda de él, fuera capaz de producir algo interesante. Sin embargo, con la ayuda de su amigo —y salvavidas— Palito Ortega, logró redondear un disco más que interesante, con unas cuantas muestras del talento que marcó la primera mitad de su obra. A diferencia del intrascendente Kill Gil (2010), su disco número 13 es una obra rica en ideas y en ese entramado de pequeños detalles que aflora en cada escucha.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Con todo el tiempo del mundo en el estudio Los Pájaros de Ortega, en Luján, García grabó gran parte de los instrumentos. En los primeros versos de La máquina de ser feliz, primer corte de Random, su voz parece algo senil cuando canta “pedimos perdón”. Parece un tema paródico de Riki Musso. Los arreglos de teclados presentan ciertos giros algo demodé, propios de quien ha pasado mucho tiempo recluido, desconectado del mundo de la música.
Pero la balada que abre el álbum se acomoda en el estribillo: prende y se apaga sola/ sale después de hora/ hay tanta gente sola. Un pop-rock clásico, al mejor estilo La sal no sala irrumpe con desparpajo y una buena dosis de swing en el auricular. Se llama Ella es tan Kubrick, habla de Lolita, Nicole Kidman y Full Metal Jacket, y arranca una sonrisa cuando dice que la protagonista le recuerda a Fabi Cantilo.
Aquella voz inmaculada de los años 80, que comenzó a carraspearse en los tempranos 90 y que conservó la garra rockera hasta Influencia (2002), ha desaparecido casi por completo. Queda una sombra que, entre algodones, en la calidez del estudio, y refugiada en colchones de arreglos corales rescata algo de aquella luminosidad, como en “cambiarme baby”, de Rivalidad, uno de los mejores momentos del disco.
Primavera, construida en torno a un banjo y recostada en la voz de Rosario Ortega, es otro de los pilares. La densa Otro, autorreferencial como casi todo lo de Charly en las últimas dos décadas, recrea con gracia la oscuridad de Yendo de la cama al living. Lluvia es una balada agridulce que se adhiere fácilmente al oído. La optimista Believe recuerda agradablemente a la noventosa Chiquilín y es otra de las que hace mover la patita, aunque ese solo de sintetizador parezca traído por Michael J. Fox en el DeLorean.
Es medianoche en la televisión/ cuando uno quiere algo de diversión/ con maquillaje y sin disfraz/ aparecen los amigos de Dios. El viejo conserva la estocada. Es bueno saberlo. Charly se tomó todo el tiempo que necesitó para entregar un disco que suena honesto y auténtico, con un más que digno final en Mundo B, que deja en segundo plano esa postal decadente de los últimos tiempos y da fe de que sigue corriendo música por esas venas.