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Llegó a su décima película y Wes Anderson no tiene planes de detenerse. Su nueva película, La crónica francesa, se estrena un año después de lo planeado. La première mundial iba a ser en el Festival de Cannes de 2020, pero fue pospuesta debido a la pandemia. Desde entonces, Anderson ya terminó de filmar una película en España (se titula, por el momento, Asteroid City) y se rumorea que en diciembre viajará a Londres para comenzar a preparar otra. Liderando su propio circo ambulante, el cineasta es acompañado, una vez más, por su tropa fiel de actores y colaboradores.
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¿Y por qué Anderson debería parar ahora, si la vida le sonríe? Con la mitad de sus días ocupados viviendo en París y el resto viajando a donde las obligaciones de su profesión lo exijan, el director de 52 años ocupa un lugar de prestigio y confort en su métier. Es un orgullo para el cine estadounidense que los europeos adoran con devoción y sus películas se encuentran en un lugar envidiable al recaudar y superar sus presupuestos millonarios, sin excepción, desde 2017, cuando estrenó Viaje a Darjeeling.
El Gran Hotel Budapest llegó unos años después para cambiarlo todo. La última gran película del director (por debajo de su clásico Los excéntricos Tenenbaums) amplió los límites a los que estaría dispuesto a ir en la transformación de su cine en la obra de un esteta reconcentrado. Lo puso, también, en su búsqueda como realizador, en la que la cinefilia se manifiesta como un credo, la obsesión artística como un fundamento y Europa como su base inamovible de operaciones. Si hasta la animación Isla de Perros, su homenaje a la cultura japonesa, se filmó en Londres.
En La crónica francesa, las pasiones de Anderson se encuentran más a flor de piel que nunca. Se combinan en una narración fragmentada que se divide entre un tributo a la revista estadounidense The New Yorker y un homenaje a la francofonía desde la perspectiva migrante. Anderson nos trae su colección de historias bajo una idea sumamente contagiosa: la del encanto embriagante que significa narrar algo. Y contó con todo a su disposición para hacerlo a su manera.
La película parte de una tragedia que se podría calificar como literaria. Con la muerte del editor Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray), la revista La crónica francesa —una publicación radicada en la ciudad francesa ficticia Ennui-sur-Blasé y editada por un diario en Kansas— llega a su fin con su último número, elaborado con la publicación de artículos históricos de las décadas que lleva la revista y un obituario de su mandamás y creador. El fin de Arthur representa el fin de una clase de periodismo venerado e idealizado por Anderson en un perspicaz y grandilocuente tributo, que también se presenta como una oda a su hogar fuera de Estados Unidos.
Los recuerdos del trabajo de Howitzer se entremezclan entre las cuatro secciones de la película. Hay un diario de viaje en bicicleta sobre la ciudad liderado por Owen Wilson; el retrato de un pintor criminal y su guardia y musa de la mano de Benicio del Toro y Léa Seydoux; una crónica romántica sobre un mártir de las manifestaciones estudiantiles protagonizada por Frances McDormand y Timothée Chalamet; y, por último, un relato de suspenso y gastronomía liderado por Jeffrey Wright.
No hay que dar vueltas para decir que todo es despampanante y que Anderson continúa afianzando sus manierismos. Todo lo que uno espera que él haga, está aquí. Está la simetría en toda composición, el cambio de formatos de proyecciones, los paneos rápidos verticales y horizontales y el inolvidable diseño de arte. Son incontables, además, las referencias cinematográficas que el director pone en pantalla y solo mediante una segunda revisión los más avezados a la historia del cine pueden comenzar a rascar la superficie. Una mirada simplemente no es suficiente con las últimas películas de Anderson y mucho menos con esta, que está influenciada por Jacques Tati, Jean-Luc Godard y Jean Renoir, entre otros.
No es inusual que al abandonar la sala de cine la conversación en torno al arte de las películas de Wes Anderson prime por sobre los temas de sus historias. Es inevitable, pero también hay algo que ha hecho de su última etapa como cineasta una fase de estancamiento. Es cierto que La crónica francesa encontrará un lugar privilegiado en futuros libros y hasta es inevitable que tenga segunda vida online, con cada plano clamando por ser compartido en redes sociales con un hambre por lo decorativo y cada escena perfectamente convertida en un GIF. El costo a pagar por ello, sin embargo, es alto.
Es tanta la sofisticación impuesta sobre La crónica francesa en su diseño que la banalidad amaga con asentarse como la experiencia verdadera. Si todo es bello, el cine de Anderson corre el peligro de que nada lo sea. Ese exceso, además, se va cobrando otras víctimas. La crueldad tampoco existe en la Francia imaginaria del director y guionista y, por momentos y por defecto, parece que el conflicto tampoco. Es una película que presenta asesinatos, tiroteos y persecuciones siempre bajo una sola lógica de absorción: la de la contemplación pasiva.
La crónica francesa no está exenta, de todas formas, de ser celebrada por varios logros. Como comedia está repleta de chistes astutos, diálogos ingeniosos y humor. También es un entretenimiento garantizado. Además, fuera de sus interiores memorables, las escenas más llamativas son sus exteriores, en los que la ciudad de Angulema se transforma en postales vivas que recorren la historia de Ennui en una mezcla sobresaliente de efectos en diseño de producción y efectos digitales. También hay que destacar los cambios del blanco y negro al color, inicialmente un misterio que uno cree entender pero que luego se transforma en una herramienta más poderosa que la mirada de Léa Seydoux, presente, afortunadamente, casi siempre en primeros planos.
Seydoux, quien, junto con Del Toro, protagoniza el más memorable de los relatos de la revista, es uno de los tantos rostros estelares de la película, que confirma el poder de atracción insuperable que Anderson tiene a la hora de confeccionar sus repartos. Si los afiches y avances de la película ya sorprendían por la larga lista de nombres, resulta mucho más llamativo ver a figuras como Edward Norton o Saoirse Ronan aparecer tan solo en un manojo de escenas, como quien visita la casa de un viejo amigo “de pasada”.
Así como el apego del elenco estelar hacia Anderson y su obra se hace latente, también lo es el del director por llevar su capacidad como narrador hacia un lugar más complejo, aunque termine siendo solo apariencia. En La crónica francesa las historias son mostradas bajo otros niveles de narración (cada escritor le cuenta a otro personaje cómo fue componiendo su artículo y los hechos que los desencadenaron), y esa distancia se termina de traducir en una propia del espectador hacia la majestuosa, aunque finalmente inocua, representación de la Francia de Wes, que no logra cargar de emoción al artificio con el que suele maravillarnos. Una lástima pero c’est la vie.