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    Soldado desconocido

    Frantz, de? François Ozon

    François Ozon se ganó el mote de enfant terrible del cine francés a partir de obras jugadas, frescas, desafiantes, que evaden cualquier tentativa de clasificación. La semilla del thriller psicológico está contenida en el melodrama (La piscina). El policial y el misterio fermentan en la farsa y el musical (8 mujeres), y a su vez el musical, en la prolífica obra de Ozon, se integra fácilmente en el drama (Gotas que caen sobre las rocas calientes). Ambiguo y a veces retorcido, el cine de Ozon está poblado por mujeres contradictorias, enigmáticas, fortalecidas en las dificultades. Para algunos se asemeja a Pedro Almodóvar, aunque vigorosamente más fecundo y menos extravagante y camp. Mientras para muchos es un profundo conocedor e indagador de la psicología femenina, otros sostienen que solo conoce a las mujeres desde el estereotipo cinéfilo. Lo cierto es que ha dirigido a estrellas consagradas y emergentes de la cinematografía europea. A Danielle Darrieux, Catherine Deneuve, Isabelle Huppert, Charlotte Rampling, Fanny Ardant y Emmanuelle Beart. A Ludivine Sagnier, Virginie Ledoyen y Marine Vacth, por nombrar solo a las francesas.

    Ya no es el director de moda, aunque sí un autor sobre el que se dice mucho. Que es un tramposo y ambicioso manipulador. Que es un técnico exquisito, un hábil creador de atmósferas. Que no llega a ahondar en los personajes, que, la mayoría de las veces, son unidimensionales. Que tiene una particular habilidad para internarse en las contradicciones y las fragilidades humanas. Que a veces, por hacerse el original, se manda algunas escenas medio bobas. Que es capaz de encontrar algo interesante en aquello que a primera vista no lo aparenta.

    Hay algo que prácticamente está fuera de discusión: el realizador puede tomar una narración ajena, sea una obra cinematográfica, una obra de teatro o una novela, y hacerla propia, convertir ese material en una película de Ozon antes que en una adaptación o una remake de tal o cual título. Con 11 nominaciones a Premios César (los Oscar de Francia), Frantz es una adaptación de la obra teatral L’homme que j’ai tué (El hombre que maté), del poeta, novelista y dramaturgo Maurice Rostand, hijo de Edmond Rostand, autor de Cyrano de Bergerac, la célebre pieza inspirada en la vida del escritor y pensador francés trasladada a la televisión y al cine en más de una ocasión (la más conocida es la de 1990, con Gérard Depardieu). Rostand era un reconocido antimilitarista, y, entre otras acciones, integró la organización pacifista La Voie de la Paix. L’homme que j’ai tué, primero novela, luego obra de teatro, es síntesis de esa postura y visión del mundo. La historia se desarrolla tras el fin de la Gran Guerra y es narrada por un soldado del ejército francés que mató en combate a un soldado alemán. Su conciencia le impide soportar la culpa de un acto que asume como criminal y que, sin embargo, dado el contexto, nadie cuestiona. El soldado decide suicidarse, pero antes marcha a Alemania para visitar a la familia del hombre que mató. En 1932, con el título Remordimiento, esta obra fue trasladada al cine por Ernst Lubitsch. Al momento de escribir el guion, basándose en la obra de teatro, Ozon desconocía la existencia de esta película, que no fue precisamente de las más exitosas del cineasta berlinés. Pero como su punto de vista iba a ser distinto, siguió adelante. Y aquí el director de Mujeres al poder y Vida en pareja realiza ese movimiento tan natural en él que consiste en darle un giro (o más de uno) al relato, en tomar desvíos inesperados y meterse allí donde a priori parece demasiado arriesgado o decididamente ridículo. Y como se trata de una película de Ozon, aquí la perspectiva emocional proviene principalmente de una figura femenina. El filme lleva el nombre del soldado muerto en la guerra, y aunque él no es precisamente el protagonista de la historia, sí lo es, en cambio, su memoria, la huella que dejó en quienes lo conocieron y lo recuerdan. Frantz está en su desconsolado padre y en el empuje que irradia su madre. Está en Anna, su prometida. Y en Adrien, un misterioso joven francés que deja flores en su tumba. Extraño y encantador, Adrien revela que fue amigo de Frantz, a quien conoció en París, antes de la guerra. Su llegada enciende distintas emociones, tanto en la pequeña ciudad alemana donde transcurre la historia (un espacio triste con pocos hombres jóvenes circulando por las calles y con muchos veteranos, padres de soldados muertos, bebiendo en los bares) como en la casa de los padres y la novia de Frantz. Primero viene el rechazo, la incomodidad, el desconcierto. Tras la guerra, la rabia, la frustración y el resentimiento envenenan la sangre de muchos alemanes, entre ellos el doctor Hans Hoffmeister, padre de Frantz, para quien cada francés es asesino de su hijo. Luego, la sensibilidad y la gracia de este hombre de bigote finito y talento para la música alcanzan a tocar el corazón de la familia. Aunque todo parezca conducir hacia lugares más o menos obvios o esperables, la narración se mueve hacia zonas —no solo del espacio, también del tiempo— que es mejor no describir. Y mientras eso sucede, el filme también ilustra las conexiones entre la I y la II Guerra Mundial, la idea de que en realidad se trata de un mismo conflicto separado por unos años de tensión.

    Puede parecer una película diferente en la filmografía de Ozon. Es una producción de época y hablada principalmente en alemán. El humor está ausente, así como el foco en la clase media francesa y sus excesos. Aunque aparecen otros elementos familiares. Como en Bajo la arena, aquí hay un muerto, pero no un cadáver. También hay misterio alrededor de una muerte, un mundo de fantasía que es a la vez celda y refugio, y relaciones surcadas por pequeñas mentiras y secretos que, por el peso de la acumulación, conforman una traición. La calidad técnica es exquisita. Buena parte del filme es en blanco y negro. Hay momentos breves, de color, que son justos, tenues y vitales. Puede parecer un capricho, pero tiene sentido.

    Pierre Niney se disuelve en Adrien, un francés prototípico y con un pasado poco claro, que se abre paso entre el odio de los alemanes y el creciente cariño de la familia, y especialmente de la prometida del soldado alemán que, según confiesa, es su única herida de guerra. Hay un par de escenas con Frantz que son verdaderamente conmovedoras, pero es la evolución de la relación con Anna, una mujer-Ozon, fortalecida en las dificultades, la que sostiene todo.

    Para su protagonista, otra vez el cineasta elige y dirige con acierto a una actriz que dota de alma a un personaje que atraviesa un momento complejo. Paula Beer le confiere emotividad a la viuda, suspendida en ese alterado estado de dolor, aturdimiento e incertidumbre. Por su trabajo, la intérprete alemana fue distinguida con el premio a la Mejor actriz en el Festival de Venecia. Anna perdió violentamente al amor de su vida, a la persona con la que proyectaba el resto de sus días, y siente que le faltan fuerza y deseo para empezar a construir una realidad en la que su pareja ya no está. Abandonó los estudios y vive con sus suegros. Y sus suegros la tratan como a una hija y están abiertos a la posibilidad de que pueda encontrar un pretendiente.

    –Conmigo olvidarás a Frantz –le dice Kreutz, un paciente de su suegro.

    –No quiero olvidarlo –le responde ella con tajante amabilidad.

    Nadie quiere. Frantz sigue ahí.

    Frantz. Francia-Alemania, 2016. Dirección: François Ozon. Guion: François Ozon y Philippe Piazzo a partir de L’homme que j’ai tué, de Maurice Rostand. Con Paula Beer, Pierre Niney, Johann von Bülow, Marie Gruber, Ernst Stötzner. Duración: 113 minutos.

    Vida Cultural
    2017-06-15T00:00:00