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“A mí siempre me interesó lo popular. Para pensar solo en lo masivo como meta, tenés que ser un cínico y manipular tus virtudes como creador. Sé que se puede pero no sé cómo hacerlo y no quiero. Me interesa mucho la cultura popular, del género que sea, y la respeto muchísimo, pero no una cultura oficial que toma algunas expresiones populares y crea una cultura de subvención para que se desarrollen más rápido, compitan y se instalen por sobre otras manifestaciones”. Así define Garo Arakelián su lugar dentro de la música y el espectro cultural. Sin vueltas, el muchacho que creció entre los discos fundacionales de Jaime Roos, rarezas como Montresvideo y Lazaroff, el canto popular y el rock afilado y lúgubre de Los Estómagos, habla con una extraña convicción, sin lugar para las dudas.
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Luego de 18 años de campaña rockera con La Trampa, desde el boliche Juntacadáveres para 25 punkies trasnochados hasta una noche de Pilsen Rock frente a 150.000 almas, Garo se bajó de un carro que estaba yendo a un lugar que no le gustaba. Sin despedidas ni anuncios de “separación” o “disolución”, La Trampa simplemente dejó de tocar. Y él se tomó un tiempo para decidir. Tres años después, una crónica periodística le encendió la mecha de cantor cronista. Escribió, compuso, arregló y llamó a un puñado de amigos para grabar Un mundo sin gloria, disco producido por Ernesto Tábárez —líder de Eté & Los Problems— donde narra historias uruguayas ajenas: la de un loco en el hospital, la de un asesino pasional, la de Delmira Agustini, un viaje en la Onda o la de Gloria Cor, la mujer, policía y madre que se suicidó por una sucesión de calamidades, una letra que es la propia carta suicida.
“Son solo historias de amor”, resume, y cuenta que lo más difícil del disco fue vencer a sus demonios para, a los 47 años, dejar atrás aquel pogo salvaje y animarse a cantar frente a un micrófono estas diez canciones —nueve propias y “Guardo tantos recuerdos”, de Dino— construidas sobre suaves cuerdas de acero, desasosiego hecho verso, medidos punteos eléctricos y una onírica voz de mujer al fondo.
Luego de tres meses de fogueo en varias ciudades del interior, el viernes 14 Garo presentará su primer disco como cantautor en La Trastienda, con su banda integrada por Santiago Peralta en guitarras, Ernesto Tabárez en bajo, Francisco Etchenique en batería y Laura Gutman en teclados, percusión y voz. Arakelián conversó con Búsqueda sobre su público, los intelectuales, la carnavalización de la canción uruguaya, el conservadurismo del rock y la singular implosión que atraviesa su trayectoria.
—¿Cómo fue recibido el disco?
—La reacción ha sido muy buena de parte de la prensa. No sé si es por contraste con lo que hacía antes o por el valor artístico. Me he encontrado con un público que no está definido por edad sino por su origen. Me escribe mucha gente del interior, especialmente de la zona metropolitana y del santoral. En su mayoría de perfil trabajador. Y con gente de la cultura más intelectual, que está en la vereda de enfrente de lo que hacía con La Trampa, con quienes siempre hubo una enemistad bastante formalizada. Se han mostrado sorprendidos. Hay un sector bastante grande, más que nada en Montevideo, que odia todo lo que sea popular y masivo. Lo considera una porquería, y eso ha provocado que la cultura popular en Uruguay la maneje el Estado. Ahora tomamos copas todos juntos, pero el daño ya está hecho.
—Luego de La Trampa estuvo un buen tiempo alejado de la música, sin ganas, quemado...
—La generación que conoció el Pilsen Rock se había apropiado de los artistas. Era público de rock en tanto vos eras ese artista que estuvo ahí y vos eras ese artista en tanto ese público existía. Muchos no nos permitimos cambiar para ser lo que nos demandaban y el público se transformó en una máquina bastante perversa que no permitía desviarse de lo de aquella vez. Fue un evento enorme pero no existía una estructura detrás ni una cultura de rock. Empecé a sentirme muy incómodo con la imposibilidad de moverme, cuando la historia de La Trampa fue un cambio notorio de disco a disco.
—¿Cómo recuerda aquella noche de 2005 con ese monstruo de gente en Durazno?
—Aprendí muchísimo en esos años. Algunas cosas en una sola noche y otras como las charlas con Cabrera (productor artístico del disco “Laberinto”, de 2004) y las fichas te caen años después. Hay un productor, Claudio Picerno, que es brillante y tiene una capacidad de generar cosas que no estaban hechas. Él es responsable de que por primera vez algo dentro del mundo del rock en Uruguay sucediera para todo el país. El auge no fue por quienes tocaron sino para quienes tocaron. Pero el músico uruguayo no estuvo a la altura para hacer de esto algo trazable, perdurable, que esta industria se transformara en algo virtuoso. Generalizo, lo sé, pero el músico uruguayo es como la canción de “Mandrake” Wolf: es Cocochito (“nada quería con el laburito”), es muy torpe, quiere que le solucionen las cosas, que se las hagan. No está para construir, no está para pensar cómo armar la cosa, no está. Toda esa secuencia de Pilsen fue porque, nos gustaran o no, había canciones. Pero las bandas que siguieron haciendo canciones son contadas. Se terminó la canción en muchísimas bandas.
—¿Cómo surgió lo de contar historias ajenas?
—Empecé a buscar sobre qué escribir. No quería hacer lo mismo que hacía para La Trampa. Me gustan mucho los cantautores, los songwriters, pero en el Río de la Plata hay mucha gente que habla de sí misma. Me di cuenta de que no quería hablar de mí. Ya lo había hecho bastante y sentía que mis historias y anécdotas no eran tan interesantes como para hacer letras de canciones. A veces lo que te pasa a vos no está tan bueno... El primer paso fue observar historias de otros que fueran atractivas y pudieran trascender el ego. Me metí en el mundo de las murder ballads de Nick Cave y otros. Empecé a leer y di con el libro “Crónicas de sangre, sudor y lágrimas”, de Leonardo Haberkorn, en el que estaba “Un mundo sin Gloria”, sobre el suicidio de una policía llamada Gloria Cor. Es tremenda. Me di cuenta de que tenía un vértigo hacia ese tipo de historias que me barría, me sacaba de todo lo que no tuviera que ver con eso. Hice un relevamiento de la música popular que sonaba en las radios en ese tiempo y noté que se había instaurado un cancionero nuevo que en general solo celebra lo bueno que somos los uruguayos, habla de nuestras virtudes, de los permisos que nos damos de celebrar durante doce meses como si fuera siempre febrero. Está bueno festejar después de once meses de laburo, de esfuerzo, de militancia, de tratar de cambiar el mundo. Y no estoy hablando mal del Carnaval...
—¿Sí de la carnavalización del resto del año?
—De la carnavalización de la música uruguaya que elige qué no mirar. No me importa lo que elige mirar: prefiere no revisar cómo estamos construyendo esta sociedad. Y para mí allí está la esperanza y lo que puede salvar al mundo. Al gobierno le encanta esta movida musical y a mí me rompe las pelotas.
—¿La injusticia es un rasgo común en esas historias?
—Son historias de amor. Todas. Desde la supuesta promesa original o intención con que nace una historia de amor, de pareja, de familia o de un colectivo, a lo que devienen: a veces terminan en una persona sin esperanzas o que ya no quiere vivir. El relato de Gloria no es el de una policía, es el de una madre.
—¿Qué tenía que tener una historia para estar en el disco?
—Tenía que ser suficiente razón contarla para que la canción existiera. No debía existir un corolario o un juicio moral para cerrarla, porque ahí sería yo el que habla. Si la historia es clara y tiene la fuerza suficiente sobran los juicios. No hay nada que explicar. Si no, sería un panfleto y no quiero transmitir eso. No lo necesito. No es mi rol.