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    Sonidos del silencio

    Juan Manuel Broto en la Ciudad Vieja

    Sus cuadros son coloridos. El rojo es protagonista, en tonos fuertes y en superficies planas, pintadas sin pinceladas, con una suavidad extrema, como una caricia. No es que todo sea rojo, pero llama la atención este rojo, desparramado por casi toda la obra. En la mayoría de los cuadros no quedan rastros desprolijos, ni entramado grueso o contundente. Son superficies lisas, como espejos, como si la pintura se deslizara sin ningún tipo de interferencia, ni siquiera la que no se ve. Lo interesante es que al mismo tiempo son movedizas, extremadamente dinámicas. Tienen algo de psicodélico, de aquellas viejas imágenes que representaban los estados mentales luego de consumir LSD, los círculos de colores chillones, la herencia pop aplicada a la imaginería alucinatoria.

    No es que Juan Manuel Broto (Zaragoza, 1949) se aplique a estos movimientos setentistas o pinte “colocado”; lo suyo no es juego de colores desordenados, ni siquiera caóticamente ordenados, ni se deja embrollar por el manierismo colorista del arte contemporáneo. Mantiene una serena construcción, que incluye la dinámica y el movimiento pero sin aturdir ni desajustar la percepción, ni repetir experiencias o simulacros anteriores. Tal vez porque el artista opta por cierto predominio en el color, por mantener un tono mandante, que genera la sensación de arraigo, de campo de visión donde se elevan livianas las formas y los circuitos de líneas movedizas. Pero un predominio que no espanta ni se excede. Puede ser el rojo como un cuadro en el que aparece una especie de danza inexplicable de formas redondeadas, unidas como un collar de guijarros. Son parte de esa especie tan particular de cantos rodados de las playas oceánicas, tan lisos y suaves, tan trabajados por el agua en forma y colores inéditos, casi imposibles de reproducir. Guijarros de otros mundos, otras memorias. O puede ser un naranja o un azul más suave, o tonos marinos imprecisos.

    Es así de simple y desconcertante la obra de Broto, al menos esta, que construyó en su residencia en Montevideo, cuadros sin títulos ni referencia alguna. Es pintura pura, extrema, signos disfrutables en su increíble fuerza de color y movimiento.

    Salvo pequeñas y juguetonas figuras que recuerdan a Miró, el artista logra una limpieza de imagen tan personal y actual que desconcierta. Estridente pero serena, luminosa, extrema y de un ruido que nunca ensordece, siempre permite la sintonía con el placer. Lo de Broto, artista aragonés que expone en el CCE y en la Galería Xippas en el proyecto Mundos, atrae por la fuerza de su textura, de la combinación de elementos básicos como las tramas de color, las formas y ese despliegue de materia tan especial que permite ver el sonido, en ondas pintadas con exacta sinuosidad, en paralelos o en trayectos esquivos, muchas veces en órbitas concéntricas, otras en fugas o rasgaduras. Ya lo ha dicho y es evidente, Broto busca el placer de la vida y transmitir la fuerza luminosa del arte. Nada de grisuras o angustias innecesarias. Nada mejor para esta Montevideo de agosto amarronado y grisáceo que un colorista ameno y optimista, un artista de larga y fecunda trayectoria, que ve y escucha el mundo como un todo arremolinado de imágenes en perpetuo movimiento.

    Las obras están en dos lugares, a pocos pasos unas de otras. Conviven con viejas edificaciones renovadas, espacios amables y una arquitectura muy disfrutable que propone un paseo diferente por la Ciudad Vieja. Los cuadros inciden en esos espacios con una sonoridad especial. Es raro hablar de sonoridad cuando se trata de pinturas. Pero bienvenido el término y la pintura que provoca la sensación de sentir movimientos eléctricos que permiten imaginar esa sonoridad, un extraño silencio ruidoso si la contradicción lo permite. Es la combinación de colores, puede ser la movilidad de las líneas o las formas que el artista imprimió a sus trabajos, pintura pura, obras de buen tamaño que se imponen sin título ni referencia alguna. Dicen que pinta y vive muy ligado a la música. Es un plus en cualquier vida, mucho más en la de un artista. Imprescindible en el espectáculo que brinda Broto, disfrutable para la vista y el oído de una Montevideo a veces apagada, burocrática, lamentablemente descolorida.

    Mundos, de Juan Manuel Broto en Galería Xippas (Bartolomé Mitre y Rincón, de martes a viernes de 11 a 18, sábados de 11 a 15) y CCE (Rincón y Bartolomé Mitre, lunes a viernes de 11 a 19, sábados de 11 a 17). Hasta octubre de 2016.

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