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Contrabajista de los Hot Blowers y de la Camerata Punta del Este. Director fundador de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, continuadora de la Orquesta Sinfónica Municipal, que también dirigió. Designado director ad honorem de la institución capitalina, arreglador, docente de su instrumento y del complejo arte de la dirección orquestal. Compositor de una ópera —Il Duce— estrenada en el Solís en 2013. Más allá de su peripecia vital que lo llevó de la vanguardia a la música de cámara y a dirigir grandes orquestas del mundo, será recordado como el gran popularizador de la música sinfónica uruguaya. Con su melena cana al viento, como un león triunfante en mil y una noches de verano, en el lago del Parque Rodó o en una explanada de pasto ante decenas de miles de personas congregadas para un concierto de tango orquestal, Federico García Vigil fue el factótum de una inédita inserción popular de la orquesta y del repertorio clásico y del repertorio popular con arreglos sinfónicos, un proceso ocurrido entre 1993 y 2008, los tres lustros de su gestión en la Filarmónica de la ciudad.
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Tras superar un severo alcoholismo que lo sumergió en sus propias tinieblas, emergió a base de su poderoso carisma, su determinación y una sonrisa permanente que lo transformó en un ícono de la música sinfónica en el Uruguay. Miles de uruguayos que quizá nunca fueron a un concierto de música clásica en su vida saben muy bien quién fue García Vigil, el músico, el intérprete, el compositor, el divulgador, el siempre optimista promotor de la unión de las culturas clásica y popular. Y el tenista aficionado que, a los 79 años, tuvo una partida —dentro de lo triste de toda muerte— hasta envidiable: como si lo hubiera sorprendido en el podio con la batuta en la mano o en un sótano jazzero, abrazado a su obeso instrumento, dio su último paso jugando al tenis, una de las actividades que más disfrutó y que lo acompañó durante los últimos 20 años de su vida.
Ese alto perfil mediático fue a todas luces decisivo para que la Filarmónica agotara entradas tanto con conciertos de Mozart y Beethoven como con ciclos a cielo abierto como Galas de Tango, y se instalara con vigor en el mapa cultural montevideano. Esa exposición también le valió enconos y enfrentamientos con colegas y con ciertos sectores de la crítica musical que no compraron tan gustosamente su plataforma de mestizaje por la que La cumparsita podía ser perfectamente el bis de una gala, un minuto después de una sinfonía de Brahms o la Patética de Chaikovski.
Ese proceso que transformó a la Filarmónica en un fuerte instrumento de la política cultural de las primeras intendencias frenteamplistas le valió grandes elogios y también críticas de quienes discrepaban con que una orquesta saliera a dar conciertos gratuitos por la periferia urbana. También fueron señaladas ciertas desprolijidades, desafinaciones o mala calidad de ensamble en las formaciones que dirigió; y cierto criterio marketinero que lo llevó a priorizar los grandes clásicos taquilleros por sobre tópicos más áridos y exigentes, como el repertorio lírico alemán, por ejemplo.
Pero esas críticas fueron compensadas con un inédito reconocimiento popular para un conductor de un elenco estable, solo superado luego por el fenómeno Julio Bocca. Más allá de las críticas, nadie le quita a Federico haber sido el hombre en el podio en la reinauguración del Solís, en 2004, y haber dirigido las primeras grandes producciones de ópera en el nuevo teatro, como La Bohème, Tosca y La Traviata.
Siendo un músico fogueado en la mística bohemia del Hot Club, García Vigil tampoco sacó el cuerpo a la polémica, como cuando le tiró artillería pesada a la cumbia villera: “Lamentablemente el público más ignorante consume esa basura como pasta base”.
El guitarrista Sergio Fernández Cabrera fue el primer alumno de García Vigil egresado de la cátedra de dirección orquestal en la Escuela Municipal de Música. Entre las virtudes de su maestro destacó a Búsqueda “su personalidad, su gran sentido del humor y una especial fascinación por el absurdo, que contrastaron radicalmente con su seriedad y ese perfil autoritario”. Para Fernández, el gusto de García Vigil por la pintura lo llevó a “una mirada exacerbada del absurdo, del cual estaba enamorado”. El guitarrista rememoró: “Nos reímos y deliramos en un barco cruzando el lago Míchigan cuando tocamos en el festival Piazzolla en Chicago, y de la misma manera al observar las muñecas Barbie en la atmósfera surrealista del quiosco que estaba frente a la escuela, cuando cruzábamos a comprar cigarrillos al final de las clases”.
Fernández también evoca a Lamarque Pons para definir a García Vigil como “una bisagra entre lo popular y lo académico, un tipo que, a su manera, fue clave para ampliar el sentido identitario de la música culta en Uruguay y que abrió muchas puertas. Gracias a él entré al mundo sinfónico y hubo un lugar para lo que hice”. Y suelta el trazo final de su semblanza: “Federico también comparte una estirpe con Lamarque Pons, la estirpe de la sonrisa en el medio del drama”.