Las bolsas se desploman en todos los continentes como quien tira equipaje al agua, menos las acciones en ladrillos y bloques, que se van a las nubes. Trump es felicitado por Putin, ambos ríen y miran hacia China, que reconstruye su muralla a velocidad china. En México declaran Día de los Muertos todos los días. Cuba moviliza soldados. En Corea del Norte reina la calma. Los granjeros de Texas, Ohio y Montana hacen muros. Les siguen otros granjeros y otros Estados. Hay un nuevo juego: piedra, papel, tijera y muro. Siempre sale muro. Israel hace muros para más y más lamentos. Hillary Clinton se tira de cabeza de un muro. Sus asesores se dan de cabeza contra los muros. La moda es irresistible, irrefrenable: muros de piedra, de concreto, de acero, de uranio enriquecido, de plástico, de vidrio (blindado y de caramelo, y la gente se tira de cabeza para comprobarlo). Prendedores que son muros titilantes, luminosos; llaveros de muros pequeñitos, diminutos; pitilleras que al abrirse y ofrecer cigarros, antes te levantan un muro con un mecanismo de relojería y te dan la hora. Los muros pagan, venden, cotizan, dan trabajo, son de colores, artísticos, góticos, neoliberales, leninistas, incluso hay quien habla del muro extraterrestre, para que ningún humano salga del planeta y contamine al resto de la galaxia. La gente comienza a ver muros donde los hay y también donde se intuyen o podría haberlos o nunca los hubo: el idílico muro de algas y corales, el secreto muro de Carloncho, el improbable muro de las ranas, el difuso muro de los fornicadores. Se habla del muro de los fusilados como de un lugar adonde vas a morir, a matar o a que te maten. Algunos volvieron de allí pero tienen prohibido contar lo que vieron. Se realiza un homenaje especial al Muro de Berlín; las camisetas dicen: Somos un ladrillo más. Se recorren más distancias por culpa de los muros. Para ir de un punto A hasta un punto B, una línea recta de apenas cien metros, es necesario realizar rodeos de hasta 25 kilómetros. La gente comienza a vivir en los muros, que se confeccionan cada vez más anchos y altos. Son los muros-edificios. Pero como todo, llega el cansancio, la fatiga de los elementos. Se cansa Trump, se cansa Putin, se cansan los vasallos, los intermediarios, los constructores y los albañiles. Un buen día, los muros se dejan de construir, se abandonan, la vegetación se apodera de ellos, caen las acciones de los ladrillos y los bloques y suben las acciones de los televisores y las papas fritas, viejos clásicos que vuelven, como dicen los españoles, a por lo suyo. Es el regreso de los celulares de última generación, de los concursos de canto, los autos eléctricos y los sorteos para los primeros viajes a Marte. Vuelven los shoppings y los festivales del maní y la cerveza. A esta etapa los teóricos le llaman, sin otro término mejor, vuelta a la vida. No se preocupen: Trump, como todos nosotros, está de paso.

